La iglesia de Haza Grande en un domingo de los años 50. Foto cedida por Antonio Sánchez Garrido

Don Pedro Jiménez Olmedo, una deuda de gratitud (3/4)

La transformación de don Pedro no pasó desapercibida. La parroquia de San Francisco Javier comenzó a ser conocida en toda Granada por una forma distinta de entender la Iglesia: más cercana a las personas, más comprometida con los problemas reales del barrio y mucho más abierta al diálogo.

En distintas etapas contó con la ayuda de jóvenes diáconos, entre ellos Manolo Velázquez y Jesús Peregrín. Para ellos, Haza Grande fue una auténtica escuela de formación humana y pastoral. Allí aprendieron que el sacerdocio no consistía únicamente en celebrar la misa, sino también en compartir la vida de la gente, escucharla y acompañarla en sus dificultades. También ellos dejaron un magnífico recuerdo entre los vecinos, del mismo modo que el barrio dejó una huella imborrable en sus propias vidas.

Aquellos eran años de una férrea censura y de un estricto control de la información por parte del régimen franquista. En los barrios obreros se vivía bajo una vigilancia constante y sucesos que hoy abrirían los informativos rara vez llegaban a los periódicos. Cuando lo hacían, aparecían desfigurados o, sencillamente, nunca se publicaban.

Morir por un puñado de habas

Nunca olvidaré un hecho que conmocionó profundamente a Haza Grande. Una madrugada, un grupo de muchachos regresaba al barrio desde la Venta del Loro, donde habían estado cogiendo unas habas en una finca de propiedad privada. Cada uno llevaba un pequeño manojo (puñado) entre las manos cuando, al llegar a las inmediaciones de la parroquia, una patrulla de la Guardia Civil, que vigilaba habitualmente el barrio, les dio el alto. Los chicos, presos del miedo, echaron a correr. Entonces sonaron varios disparos.

Allí encontró a uno de aquellos muchachos mortalmente herido

El estruendo despertó a don Pedro, que salió inmediatamente a la calle. Allí encontró a uno de aquellos muchachos mortalmente herido. Se arrodilló junto a él, trató de auxiliarlo y le administró la extremaunción mientras acudían los vecinos. Después, profundamente indignado, se enfrentó a los guardias, recriminándoles la ligereza con la que habían abierto fuego contra unos jóvenes cuyo único delito había sido dejarse llevar por el miedo. A la mañana siguiente, la familia recogía del suelo con la ayuda de un almocafre la sangre y los pequeños restos del cuerpo del muchacho en el suelo de tierra, una imagen que quedó grabada para siempre en la memoria del barrio.

Fiel a su manera de entender la justicia, don Pedro no permitió que aquel drama quedara sepultado por el silencio. Presentó la correspondiente denuncia y acompañó a la familia en su búsqueda de justicia. Pasaron los años y, cuando muchos pensaban que el caso había caído en el olvido, llegó la noticia de que el guardia civil que había efectuado los disparos había sido juzgado y expulsado del cuerpo.

Aquel episodio retrata mejor que ningún otro el carácter de don Pedro. Nunca fue un hombre de enfrentamientos estériles, pero tampoco conocía el miedo cuando se trataba de defender la vida, la dignidad de las personas o la verdad. En una época en la que muchos optaban por callar, él eligió ponerse del lado de su conciencia. Por eso el barrio no solo lo respetaba como sacerdote; lo quería como a uno de los suyos.

Aquel 1º de Mayo

Ese mismo compromiso volvió a ponerse de manifiesto poco tiempo después, con motivo de la celebración del Primero de Mayo organizada por los grupos de la JOC de la parroquia. Eran años en los que hablar de derechos laborales o de libertad sindical seguía despertando las sospechas del régimen. Los carteles que anunciaban el acto no contenían consignas políticas: reproducían únicamente textos del Concilio Vaticano II y palabras de Juan XXIII sobre la dignidad del trabajo, la justicia social y el derecho de los trabajadores a organizarse libremente. Bastaba con eso para inquietar a las autoridades.

Una de las misas después de una reunión de la JOC

Durante los días previos, la Guardia Civil y la Policía patrullaron el barrio con inusual frecuencia. Todo hacía pensar que la celebración sería suspendida. Pero don Pedro volvió a demostrar su inteligencia. Invitó al arzobispo de Granada, monseñor Rafael García y García de Castro, a presidir los actos. Su presencia hizo imposible cualquier intento de prohibición y la jornada se desarrolló con absoluta normalidad.

Con el paso de los años comprendí que aquella celebración significó mucho más de lo que entonces alcanzábamos a entender. En parroquias como la de Haza Grande comenzó a forjarse una generación de jóvenes comprometidos con la justicia social y con los valores democráticos. Algunos llegarían a desempeñar responsabilidades en el movimiento obrero; otros, sencillamente, aprendimos que la libertad, la solidaridad y el compromiso con los demás no eran palabras vacías, sino una forma de vivir.

Ana y Pepe, en la Alfaguara

Fue también en aquella época de luchas y esperanzas cuando conocí a Ana. Ella, como yo, formaba parte de la JOC y compartíamos no solo inquietudes y sueños, sino también aquellos mismos deseos de cambiar las cosas y de construir un mundo más justo. Poco a poco, entre reuniones, conversaciones y aquellos momentos difíciles que nos tocó vivir, fuimos estrechando nuestra amistad y, casi sin darnos cuenta, aquella amistad se convirtió en amor.

Desde entonces han pasado ya sesenta años de vida compartida, sesenta años caminando juntos, afrontando las dificultades, celebrando las alegrías, formando una familia y aprendiendo el uno del otro. Y lo hermoso es que, después de tanto tiempo, seguimos conservando aquellos mismos sentimientos y aquellas mismas ideas que nos unieron en los duros y oscuros años de nuestra juventud: la solidaridad, la justicia, la dignidad y la esperanza en un mundo mejor. Ana no fue solamente la persona con la que compartí aquellas luchas; fue, y sigue siendo, mi compañera de camino, mi apoyo y mi refugio. Juntos hemos recorrido una larga parte de nuestras vidas, con sus luces y sus sombras, y hoy puedo decir que aquellos ideales que un día nos acercaron terminaron regalándome algo todavía más valioso: una vida entera a su lado.

El autor y su mujer Ana, por Prado Negro

Han pasado sesenta años y, al mirar atrás, siento que aquella joven que conocí en la JOC no solo se convirtió en el amor de mi vida, sino también en mi mejor compañera de viaje. Desde entonces, y a pesar del paso del tiempo, Ana sigue siendo la luz que ilumina mi existencia.

Don Pedro nunca nos habló de odio ni de revancha. Nos enseñó algo mucho más difícil: a defender la verdad sin dejar de respetar a las personas. Quizá por eso ejerció tanta influencia sobre varias generaciones de jóvenes de Haza Grande.

Ana y Pepe, en Jesús del Valle (Coloreada con IA)

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Pepe R. Sánchez

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