Homenaje al sacerdote que ayudó a transformar Haza Grande y la vida de toda una generación. No quiero que el lector empiece leyendo la historia de un sacerdote; quiero que empiece leyendo la historia de un niño que encontró un maestro
Primera parte: Cuando un cura llegó para construir una comunidad
Hay personas que pasan por nuestra vida y otras que permanecen en ella para siempre. Han transcurrido más de setenta años desde que conocí a don Pedro Jiménez Olmedo y, sin embargo, todavía hoy sigo descubriendo cuánto le debo. Él despertó en mí el amor por la música, por la lectura y por el conocimiento; me enseñó el valor de compartir, el compromiso con los demás y esa curiosidad insaciable que, a mis ochenta y un años, continúa acompañándome.
Escribo estas líneas movido por la gratitud. No pretendo contar únicamente la historia de un sacerdote, sino rendir homenaje a uno de esos hombres discretos que nunca ocuparon las portadas de los periódicos y, sin embargo, cambiaron la vida de cientos de personas. Si hoy Haza Grande tiene una historia de la que sentirse orgulloso, buena parte de ella lleva también el nombre de don Pedro.

Cuando llegó a la recién creada parroquia de San Francisco Javier, a comienzos de los años cincuenta, el barrio apenas acababa de nacer. Había sido construido para albergar a familias procedentes de distintos asentamientos marginales de Granada: el Barranco de la Zorra, el Barranco del Abogado, los Covarrones de San Miguel y otros lugares donde la pobreza era una forma de vida.
Más que un barrio, Haza Grande era entonces un puñado de casas alineadas intentando convertirse en comunidad. Las calles eran de tierra, no había alumbrado público ni zonas verdes, el agua potable era un lujo desconocido y el transporte público era un sueño. Las viviendas disponían de una pila de lavar y un grifo del que partía un tubo de plomo de poco más de un metro, del que nunca salía agua. Los vecinos tenían que acudir a la fuente de la plaza o a uno de los dos grifos públicos repartidos por el barrio, mientras el lavadero alimentado por la acequia de Aynadamar se convertía cada día en un punto de encuentro para las mujeres.
La inauguración oficial del barrio había sido todo un ejercicio de propaganda. Para la visita de Franco se acondicionaron un par de viviendas con muebles y agua corriente gracias a un depósito provisional. Terminados los discursos, desaparecieron los muebles, desapareció el agua y las familias regresaron a la realidad de unas casas vacías y sin los servicios prometidos. Aquella imagen resumía bastante bien la España de aquellos años.

Fue en ese escenario donde apareció don Pedro, acompañado únicamente de Cloti, la mujer que lo había criado desde niño y que permanecería a su lado durante toda su vida. Y comenzaron una tarea que parecía imposible: convertir una simple parroquia en el corazón de un barrio.
Como tantos sacerdotes formados en la España de la posguerra, don Pedro llegó impregnado del nacionalcatolicismo de su tiempo. Era un hombre disciplinado, exigente consigo mismo y con los demás. Trataba de usted incluso a los niños; en la iglesia hombres y mujeres ocupaban bancos separados y las niñas debían vestir con el recato que imponían las costumbres de la época. Aquella era la Iglesia que había aprendido.
Pero don Pedro tenía una virtud que no todos poseen: sabía escuchar la realidad. Y la realidad de Haza Grande terminó cambiándolo.
Mientras conocía los problemas de las familias, comprendió que el Evangelio no podía quedarse únicamente en el altar. Había que llevarlo a las calles, a las casas y a la vida cotidiana. Poco a poco comenzó una transformación silenciosa que acabaría cambiando también la parroquia.

La iglesia, tres aulas y la casa parroquial eran todo su patrimonio. Pero don Pedro entendió desde el primer momento que antes de levantar una comunidad había que conocer a las personas. Recorrió una a una las calles del barrio, llamó a todas las puertas y terminó aprendiendo el nombre y los apellidos de casi todos los vecinos. Tenía una memoria extraordinaria. Bastaba que algún muchacho intentara escabullirse para no ir a la escuela o a la catequesis para que, al doblar una esquina, se oyera su voz: ¡José! ¿Dónde vas tú a estas horas?
Era inútil buscar excusas. De algún modo siempre sabía dónde encontrarnos.
La parroquia donde aprendimos a soñar
Con el paso de los meses, la parroquia dejó de ser únicamente el lugar donde se celebraba la misa. Se convirtió en una segunda casa para los niños del barrio, en un espacio donde descubrimos que existía un mundo mucho más amplio que aquellas calles polvorientas en las que transcurría nuestra vida. Allí descubrimos que existía la cultura, -libros, canciones, teatro- y el placer de las excursiones por la sierra, que para muchos eran la primera oportunidad de salir de nuestro pequeño universo cotidiano.
Don Pedro entendía que educar también era despertar la sensibilidad. Nos enseñó a cantar canciones populares de distintos países que entonábamos, casi como un himno de nuestra infancia, durante aquellas caminatas interminables. Todavía hoy, más de medio siglo después, siguen resonando en mi memoria melodías como Santa Lucía, En el condado de Lincoln, Sobre el Kasanka o Rosas de mi rosal. Resulta asombroso comprobar cómo unas canciones aprendidas siendo niños pueden permanecer intactas toda una vida, como si la memoria quisiera conservar para siempre los días felices.

Para muchos de nosotros, aquella parroquia fue la primera ventana abierta a la cultura. Allí aprendimos que la belleza también podía encontrarse en un libro, en una obra de teatro, en una canción o en un paisaje contemplado desde la cima de una montaña.
Las celebraciones dominicales eran el mejor reflejo de esa manera de entender la educación. No existía un coro parroquial. Don Pedro se había propuesto una meta mucho más ambiciosa: que toda la asamblea cantara. Con paciencia y constancia fue enseñando el canto gregoriano hasta conseguir que hombres, mujeres y niños participaran al unísono en la liturgia. Aquellas misas, en las que la iglesia entera se convertía en un gran coro, trascendieron pronto los límites del barrio. Cada domingo acudían personas de distintos puntos de Granada, atraídas por la solemnidad y la belleza de unas celebraciones que resultaban insólitas en un barrio donde parecía faltar casi todo. Don Pedro había demostrado, una vez más, que la cultura y la belleza no depende de la riqueza de un lugar, sino de la ilusión y la entrega de quienes las hacen posibles.

Una de sus grandes preocupaciones fue conseguir la construcción de un nuevo colegio. Las tres aulas adosadas al templo se habían quedado pequeñas para atender al creciente número de niños y niñas del barrio. Don Pedro no se resignó a que la falta de medios limitara sus oportunidades de aprender. Recurrió a las autoridades, llamó a las puertas de instituciones y de familias acomodadas de Granada y, sobre todo, implicó a los propios vecinos. Puso en marcha una campaña que resumía perfectamente su manera de hacer las cosas: «una peseta por persona». Cada familia, cada vecino, aportaba lo que podía, convirtiendo aquella pequeña contribución en un esfuerzo colectivo. Fueron necesarios varios años de gestiones, peticiones y mucha perseverancia, pero finalmente el sueño se hizo realidad: Haza Grande tuvo unas nuevas escuelas, con aulas amplias y luminosas y un patio de recreo. No fueron solo unas escuelas nuevas; fueron la demostración de que un barrio humilde, cuando se une, también puede construir su propio futuro.
Siempre al lado de su gente
Pronto comprendimos que don Pedro no era un cura de despacho. Vivía pendiente de cuanto ocurría a su alrededor. El único teléfono del barrio estaba en la parroquia y permanecía siempre a disposición de quien pudiera necesitarlo. Más tarde apareció con un pequeño Isetta que provocó no pocas sonrisas entre los vecinos. Parecía imposible que en aquel diminuto coche cupieran un sacerdote y un enfermo al mismo tiempo. Sin embargo, terminó haciendo de improvisada ambulancia en innumerables ocasiones, subiendo y bajando las empinadas cuestas por las que se accedía a Haza Grande con una eficacia que muchos vehículos oficiales jamás llegaron a tener.

El compromiso de don Pedro con su gente alcanzó uno de sus momentos más difíciles durante las inundaciones de 1963. Las lluvias provocaron el derrumbe o el desalojo de numerosas chabolas de Haza Grande y de las cuevas de San Miguel Alto. De un día para otro, decenas de familias se quedaron sin hogar.
Sin esperar órdenes de nadie, abrió las puertas del nuevo colegio parroquial y lo convirtió en un refugio improvisado. Durante meses, aquellas aulas acogieron a quienes lo habían perdido todo. Pero un techo no bastaba. Había que conseguir mantas, ropa, alimentos y devolver la esperanza a personas que habían visto desaparecer, bajo el barro, los pocos bienes que poseían. Gracias a la solidaridad de muchas personas, la parroquia volvió a demostrar que era mucho más que una iglesia: era el hogar de todo un barrio cuando más lo necesitaba.

Siempre a su lado estaba Cloti. Para nosotros era casi tan conocida como el propio don Pedro. Tenía un carácter firme y no soportaba ver a la pandilla de muchachos correteando continuamente por la casa parroquial. Bastaba que apareciéramos por la cocina para escuchar alguna regañina. Sin embargo, aquella mujer escondía una ternura inmensa. De vez en cuando nos llamaba y nos sorprendía con unos pestiños, unas rosquillas o cualquier dulce salido de sus manos. Para unos niños acostumbrados a tantas estrecheces, aquello era un auténtico festín. Todavía hoy sonrío al recordar una de aquellas tardes.
Estábamos un grupo de amigos saboreando unas magníficas rosquillas de Cloti cuando apareció don Pedro. Nos observó durante unos segundos y, con esa mezcla de autoridad y cariño que solo él sabía expresar, sentenció: ¡No os las merecéis!

No hizo falta ninguna explicación. Apenas unos días antes habíamos viajado a Córdoba y, durante la visita a un convento, habíamos decidido entrar en el huerto para dar buena cuenta de las famosas «fresas del obispo». La travesura terminó con una sonora reprimenda y todavía la teníamos muy reciente. Aquella tarde seguimos comiendo rosquillas, pero con la cabeza baja y procurando no cruzar la mirada con el cura. Hoy, tantos años después, aquella escena me hace sonreír. Entonces nos pareció un castigo; ahora la recuerdo como una lección de cariño.
ÍNDICE DE LA SERIE
Primera parte: Cuando un cura llegó para construir una comunidad
Segunda parte: La revolución silenciosa de don Pedro
Tercera parte: El valor de ponerse siempre al lado de la gente
Cuarta parte: El mismo compromiso, otro destino






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