Para dar a conocer al pintor Manuel Gómez-Moreno González en un artículo como este podía haber recurrido a alguna de sus obras exhibidas en los museos granadinos, como las historicistas Salida de la familia de Boabdil de la Alhambra (en el de Bellas Artes) y Salida de los moriscos de Granada (en la Colección CajaGranada) o a la gran pintura religiosa de San Juan de Dios salvando a los enfermos del incendio del Hospital Real (también en el de Bellas Artes). Sin embargo, cuando en la oficina de Cultura y Educación de la Diputación Provincial de Granada me propusieron tratar La lectura de la carta, que no conocía y de la que me enviaron una foto, le vi varias ventajas; la primera el tema: una escena de costumbres, que no había tocado hasta el momento; pero, mejor aún: la obra, un lienzo de 70 x 90 cm pintado al óleo, está en sus almacenes, es decir, no en exhibición, y me facilitarían que la viera para escribir sobre ella.
¿Cómo desperdiciar una oportunidad así de darla a conocer? No lo dudé, sobre todo cuando logré contemplarla in situ, muy de cerca, y comprobé que, más aún que el costumbrismo, Gómez-Moreno planteaba, al igual que habían hecho Velázquez y Goya en los siglos anteriores, la cuestión más profunda de las desigualdades sociales. El primero, por ejemplo, en El aguador de Sevilla, de su primera etapa —aunque Gómez-Moreno nunca pudo verlo por hallarse en Londres—, o en Las hilanderas, entre sus pinturas finales, y Goya en El cacharrero, uno de los cartones para tapices de su juventud. Ambos habían mostrado las diferencias de clase, no solo en el vestuario, sino en los objetos e instrumentos a disposición de uno u otro estrato social.

En La lectura de la carta está representado el más bajo, puesto que el espacio parece ser el taller improvisado de un viejo zapatero que ha interrumpido su faena para atender a lo que lee un caballero sentado frente a él. Este es joven y elegante: desde sus brillantes botines y su traje negro a la chistera, que contrasta con el humilde sombrero del artesano. Incluso su cruce de piernas parece indicar una posición social más elevada.
Alrededor están cuatro mujeres y dos niños, todos vestidos con ropas gruesas y populares —como los mantones—, todos de la clase del zapatero. Dos escuchan la lectura, una de pie en la escalera, otra sentada y con rostro apenado mientras un crío intenta llamar su atención. Mientras, el chico algo mayor juega con un gato —bien podría ser un aprendiz del oficio que aprovecha el momento de distracción— y las dos mujeres de la derecha van a lo suyo, un tanto ajenas a lo que se dice en la carta. Lo que tienen entre manos es el pequeño retrato de un hombre, quizás el novio o marido de una de ellas. Es posible, además, que la más morena esté embarazada, por lo abultado de su falda.


La pobreza del mobiliario es evidente: silla y taburete de enea, una pequeña mesa de trabajo y un estante colgado en la pared que contiene varias vasijas de cerámica —todo un bodegón—. Sin embargo, la silla del caballero no es igual a la del zapatero, sino algo mejor —al menos el respaldo, más elevado y cómodo—, ni es tan humilde la decoración, porque la imagen de la Virgen que hay bajo el estante, sin enmarcar, así como las vasijas de barro, son objetos baratos al alcance de cualquiera, pero al otro lado de la escalera no ocurre igual: el farol que cuelga —su larga cuerda parece descender desde una polea que no vemos hasta la baranda de la escalera a la que está atada— es plateado y el cuadro presenta un lujoso marco. Son elementos propios de un hogar acomodado y entran en contradicción con la modestia del taller. De hecho, el tipo de marco está en otras obras de Gómez-Moreno de ambiente burgués, como en Visita inesperada y en Visita inoportuna, ambas pintadas poco antes que La lectura de la carta (y en colecciones particulares).

El tema de este “cuadro dentro del cuadro” es religioso: San Juan Evangelista en Patmos, pero el destierro del santo podría tener su paralelismo en el del soldado que envía la carta.
Como un aspecto más de esas diferencias sociales emerge en la pintura de Gómez-Moreno la cuestión del analfabetismo. Es el rico el que lee la carta a los demás, todos de la clase inferior, completamente iletrada. Se trata de uno de los males de la sociedad española de la época, pero no sé si puede inferirse crítica en esta pintura o solo constatación de una realidad vista con naturalidad y, a lo sumo, con espíritu caritativo: de ahí también que sea un individuo aburguesado quien lea la misiva a la desafortunada familia.
Por último, La lectura de la carta fue conocida más bien como La carta del soldado o La lectura de la carta del soldado*. Se trataría, por tanto, de las noticias que, desde su destino, que podría estar en algún punto de la guerra de África (o primera guerra de Marruecos), envía a su pobre familia un militar —posiblemente el del pequeño retrato en manos de las dos mujeres—. Y también este asunto merece una reflexión, porque los reclutamientos afectaban a los jóvenes de las familias más humildes, mientras que los de mejor posición económica podían librarse pagando al estado una redención en metálico para quedar exentos. Un elemento más de diferenciación, de desigualdad y de injusticia que está presente en el lienzo de Gómez-Moreno.
Era el año 1876 —como se ve bajo la firma— y los afanes revolucionarios habían quedado atrás con el fracaso del Sexenio Democrático (1868–1874), cuando incluso se había llegado a la proclamación de una república. La Restauración, como nueva etapa monárquica, se abría paso con Alfonso XII y una clara moderación se imponía en lo político y en lo social. El mismo año entraba en vigor su constitución, que aseguraría un régimen estable, conservador y hostil a los cambios sociales. Es decir, las desigualdades y el analfabetismo que muestra la pintura llegarían hasta muy avanzado el siglo XX.

En la Exposición granadina de Bellas Artes de ese año el lienzo de Gómez-Moreno ganó la medalla de oro, la diputación se lo compró y los críticos, que veían por primera vez una escena costumbrista suya, aplaudieron el estilo realista del pintor, achacándolo incluso a la influencia de Mariano Fortuny, que había realizado una larga estancia en la ciudad y al que el propio Gómez-Moreno había conocido. Pero lo cierto es que algunos rasgos nos llevan directamente a los mejores maestros españoles del siglo XVII o al Goya joven, de fuerte impronta velazqueña —sus obras pudo admirarlas en el Prado durante los dos cursos de aprendizaje en Madrid—: no solo las desigualdades sociales antes comentadas, sino también la importancia de una serie de objetos de barro, como los de la pequeña repisa o las ánforas de la escalera, así como el “cuadro dentro del cuadro”, nos evocan a Velázquez y a Zurbarán, grandes bodegonistas, además de cultivadores de ese recurso pictórico tan barroco, que emplearon con asiduidad para explicar el tema de sus propios lienzos. Es más, ¿no recuerda el viejo zapatero de Gómez-Moreno, por su dignidad, a personajes velazqueños como el aguador de Sevilla o alguno de los acompañantes de Baco en Los borrachos? Su realismo estaba inspirado en los grandes pintores del Siglo de Oro.
(*) J. MOYA MORALES, Manuel Gómez-Moreno González Pintor, Granada, 2015, pp. 86-93.
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‘Desnudo tendido’, de José María Rodríguez-Acosta, en el Museo de Bellas Artes de Granada
‘El rapto de Europa’, de Rubens, en el Museo Nacional del Prado
‘Fortaleza de la Alhambra en Granada, de David Roberts, en la Colección CajaGranada
Bodegón’ de Ismael González de la Serna, en el Museo de Bellas Artes de Granada
La Oración en el Huerto, de Botticelli, en la Capilla Real de Granada
El Embovedado, de J.M. López Mezquita, en el Museo Carmen Thyssen de Málaga
‘Vista de Granada’, de Manuel Ángeles Ortiz, en la colección de la Diputación de Granada
El Tríptico de la Adoración de los Magos, de El Bosco, en el Museo Nacional del Prado
La Anunciación del Maestro de la Leyenda de Santa Magdalena, en la Capilla Real
‘El espejo psiqué’, en el Museo Thyssen de Madrid
El interior de la catedral de Amberes del Museo de Bellas Artes de Granada





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