En este recorrido que empecé en septiembre, avanzando mes a mes por pinturas poco conocidas de nuestros museos, no quería que faltara un desnudo que el pintor granadino José María Rodríguez-Acosta realizó en el año 1939, cuando ni España ni Europa vivían su mejor momento.
Recluido en el ecléctico carmen que él mismo había hecho construir en la colina de la Alhambra, sobre el barrio del Realejo y con vistas a Sierra Nevada y a la Vega —gracias a la enorme fortuna de su familia banquera—, abandonó, no solo su anterior vida de viajes por diferentes países europeos, Egipto, India, Estados Unidos o Canadá, sino sus temas preferidos hasta entonces, que eran las escenas costumbristas, los retratos y los paisajes granadinos. El resultado fueron tres enigmáticos desnudos realizados en esos años finales de su trayectoria: el Desnudo tendido que protagoniza este artículo —un óleo sobre lienzo de dimensiones considerables (95 x 189 cm.)—, el Desnudo de la bola de cristal que se exhibe junto a él y el desnudo inacabado que se encuentra en el carmen de la Fundación Rodríguez Acosta, conocido como La Noche por su similitud a la célebre figura de mármol tallada en pleno Renacimiento por Miguel Ángel para la tumba florentina de Giuliano de Médicis.

Con ellos Rodríguez-Acosta se presenta como continuador de un género de escaso éxito entre los pintores hispanos: solo Velázquez con la Venus del espejo (en la National Gallery de Londres) y Goya con su Maja desnuda (en el Museo Nacional del Prado) destacan en la vigilada España de los Austrias y los Borbones —por un tribunal como el de la Santa Inquisición—. Será a partir del siglo XIX y ya en el XX, sobre todo, cuando encontremos más artistas que cultivan este género y que nos han dejado obras de innegable calidad: Mariano Fortuny, Joaquín Sorolla, Ignacio Zuloaga, José Gutiérrez-Solana, Aurelia Navarro —cuyo Desnudo de mujer puede verse en el Museo de la Casa de los Tiros—, Rafael Zabaleta —del que se muestra un Desnudo dibujado a tinta china en la colección CajaGranada—, Julio Romero de Torres,…
José María Rodríguez-Acosta, al igual que Aurelia Navarro y su amigo José María López Mezquita, había comenzado el aprendizaje artístico en Granada con el maestro Larrocha, así como en la Escuela de Artes y Oficios de la ciudad. Tras esto, pero antes de acabar el siglo XIX, se instala en Madrid para continuar su formación en las clases de la Escuela Superior de Bellas Artes de San Fernando. Desde aquí empezará a viajar a París y a otros lugares de Europa y del mundo hasta que comienza la Primera Guerra Mundial, que es cuando regresa a Granada y se dedica a la construcción del carmen, a su decoración y al coleccionismo de exóticas obras de arte, abandonando incluso los pinceles, que retomará, a la vez que reinicia los viajes, en la década de los treinta.
La Guerra Civil vuelve a recluirlo en Granada. En esos momentos, y hasta su muerte en 1941, será cuando realice los tres desnudos citados, en los que la figura femenina es la única protagonista pero que, a la vez, oculta un mensaje subyacente que no es fácil de adivinar. El artista ha quedado vinculado a las corrientes simbolistas, que desde finales del XIX claman por un arte subjetivo que exprese los estados de ánimo, las emociones o las ideas del individuo a través de personajes y objetos que actúan como símbolos, metáforas o alegorías. Cada obra tendrá para el que la contempla un significado oculto, un misterio, un enigma. Gustav Klim, autor de El beso, fue uno de los artistas más representativos de esta tendencia, mientras que en España podemos destacar a Julio Romero de Torres, ya citado, con obras como Lectura (en el Centro de Arte Reina Sofía) y El pecado (en el museo dedicado en Córdoba al pintor).

En el Desnudo tendido una mujer joven descansa sobre una dura superficie cubierta con una tela suave y muy plegada de color verde. Su pie izquierdo la rebasa por el lateral, mientras que la pierna derecha se halla flexionada, lo que le permite ocultar al espectador, de manera sensual, su zona más íntima. Incluso la cabeza se sale de la rígida cama y cae violenta por el lado izquierdo. Sin embargo, no hay en sus facciones expresión de dolor o incomodidad, sino que parece dirigir la mirada con atención a algo que no vemos, a la vez que su mano derecha, debido a una difícil posición del brazo, cae con languidez sobre el rostro y con uno de los dedos roza levemente la barbilla, lo que puede interpretarse como un sutil gesto de interés o curiosidad. Los labios, maquillados con un vivo carmín, aumentan su atractivo, pese a la extraña postura, y el erotismo del desnudo. También los uñas de la mano lucen cuidadas y seductoras.
Por encima, unos grises nubarrones y un fondo casi negro contrastan con la luminosidad del cuerpo voluptuoso y de la brillante tela verde. Hay como un misterio, algo que se nos escapa porque no lo vemos. El pintor va más allá de su arrebatadora belleza. Con este desnudo de una mujer que resplandece en la soledad y oscuridad que la rodea ha querido transmitirnos un mensaje. Quizás que solo ella es sublime en unos tiempos tan sombríos.


OTROS ARTÍCULOS DE ESTA SERIE:
‘El rapto de Europa’, de Rubens, en el Museo Nacional del Prado
‘Fortaleza de la Alhambra en Granada, de David Roberts, en la Colección CajaGranada
Bodegón’ de Ismael González de la Serna, en el Museo de Bellas Artes de Granada
La Oración en el Huerto, de Botticelli, en la Capilla Real de Granada
El Embovedado, de J.M. López Mezquita, en el Museo Carmen Thyssen de Málaga
‘Vista de Granada’, de Manuel Ángeles Ortiz, en la colección de la Diputación de Granada
El Tríptico de la Adoración de los Magos, de El Bosco, en el Museo Nacional del Prado
La Anunciación del Maestro de la Leyenda de Santa Magdalena, en la Capilla Real
‘El espejo psiqué’, en el Museo Thyssen de Madrid
El interior de la catedral de Amberes del Museo de Bellas Artes de Granada





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