‘El rapto de Europa’, de Rubens, en el Museo Nacional del Prado

El presente artículo es fruto de las palabras que dije en el IES Padre Manjón en el acto de entrega de premios y de clausura del I Certamen de Poesía organizado en el instituto granadino, que tuvo por tema ‘El alma de Europa: versos que unen’.

Desde el mismo día que me invitaron a participar mi reto fue qué podía yo aportar en una breve conferencia de Historia o de Arte —que son mis campos de conocimiento, no la Literatura— para concluir un concurso poético en torno a ese ideal europeísta. Y entonces me acordé de esta gran obra mitológica de Rubens, un lienzo de 182,5 x 201,5 cm. que había visto varias veces en El Prado y que, conforme lo pensaba, más convencido estaba de que era el idóneo para lo que quería transmitir.

Podríamos situar el punto de partida en el siglo I de nuestra era, cuando el escritor romano Ovidio creó el gran poema de las Metamorfosis, en el que nos cuenta las transformaciones que llevan a cabo los dioses para ir consiguiendo sus propósitos, éticamente reprobables en muchas ocasiones. En concreto, en los versos finales del Libro II*, Júpiter se transmuta en un blanco y hermoso toro para engañar a la joven princesa Europa, raptarla y llevarla, a través del mar, a donde pueda demostrarle cuán enamorado de ella está. Las Metamorfosis son, sin duda, una de las más grandes obras literarias latinas y, posiblemente, la que más ha influido en el arte, tanto en la pintura como la escultura, que la han tomado con frecuencia como fuente de la mitología clásica.

Esto es lo que hizo Tiziano en el siglo XVI. Pintor veneciano y uno de los más grandes del Renacimiento, había realizado ya diversos retratos para el emperador Carlos V cuando acordó con su hijo, el rey Felipe II, la creación de una serie de pinturas mitológicas a las que llamaron “poesías”, porque su fin era solo el deleite de los sentidos. Entre ellas estuvo El rapto de Europa, en la que Tiziano logró un intenso colorido y que envió a España para disfrute del poderoso monarca.

‘El rapto de Europa’, de Tiziano, en el Museo Isabella Stewart Gardner, de Boston (USA).

En las primeras décadas del siglo siguiente, ya el XVII, El rapto… de Tizianoseguía en Madrid, probablemente en el viejo alcázar —con los Borbones, una centuria más tarde, fue sustituido por el Palacio Real que hoy conocemos—. Y en Madrid lo encontró Pedro Pablo Rubens, cuando ya era un afamado pintor de la escuela flamenca, en el segundo viaje que realizó a España, entre los años 1628 y 29. Rubens lo copió, al igual que otras obras del veneciano, como un ejercicio pictórico y, quizás, como prueba de admiración al maestro veneciano. Incluso las dimensiones son muy parecidas a las del original. Solo los colores varían, porque si Tiziano había sido el gran pintor renacentista del color, Rubens no se queda atrás: será uno de los más brillantes coloristas del barroco. Pero mientras que en la obra del primero destacan los nítidos contrastes, pese a lo cual resulta algo apagada, la del segundo es más luminosa y de contrastes más suaves de color.

Al acabar su viaje a España, Rubens se llevó con él a Amberes la copia realizada. Pero a su muerte pudo comprarla, a un precio extremadamente alto, el rey Felipe IV, otro gran coleccionista de arte, y volvió a Madrid. Durante unas décadas ambas obras, la de Tiziano y la de Rubens, tan parecidas, ornamentaron espacios reales de la capital y, al final, la que salió para no volver fue la del primero, que hoy se encuentra en un museo de Boston.

Pero en las décadas en las que ambas estuvieron en la corte de Felipe IV trabajaba para el rey el sevillano Diego Rodríguez de Silva y Velázquez —simplemente Velázquez— que había conocido a Rubens y que, cómo no, admiraba sus obras y las de Tiziano que había en las colecciones reales. Incluso, quizás por consejo de Rubens, había viajado a Italia por primera vez y había empezado a cultivar la pintura mitológica: La fragua de Vulcano, Marte, La Venus del espejo,…

Las hilanderas,’ de Velázquez, en el Museo Nacional del Prado
Las hilanderas’ (detalle), de Velázquez, en el Museo Nacional del Prado.

En sus últimos años de vida acometió otro gran lienzo de mitología, La fábula de Aracne —o Las hilanderas—, basado asimismo en unos versos de las Metamorfosis. Es un episodio distinto al que nos interesa en este artículo. Sin embargo, Las hilanderas encierra una sorpresa: en la habitación posterior creada por Velázquez, más luminosa y pasados dos escalones, tres damas contemplan los tapices que cuelgan de las paredes. Están con ellas, además, Minerva —con casco, como diosa de la guerra— y la mortal Aracne, a la que va a convertir en araña por haberla desafiado tejiendo el tapiz que hay detrás, en el que ha osado representar el momento en el que su padre, Júpiter, engaña a Europa para satisfacer violentamente su enamoramiento. Es decir, en la obra de Velázquez volvemos a encontrar El rapto de Europaque Tiziano había pintado y Rubens copiado. Se ven la mancha blanca del toro y, encima, la rosada de las ropas de Europa. También los dos amorcillos (o cupidos) que los siguen volando algo por detrás.

Los versos de Ovidio habían unido a un veneciano, un flamenco y un sevillano para crear tres obras maestras del arte europeo y universal. ¡Qué lástima que no estén las tres juntas en la misma sala del Prado y tengamos que conformarnos solo con las de Rubens y Velázquez!

Daniel Morales Escobar

*Ovidio, Metamorfosis. Libro II: Júpiter y Europa (versos 846 a 875):

No casan bien ni habitan en la misma morada la majestad

y el amor: abandonando la gravedad de su cetro, el ilustre

padre y soberano de los dioses, cuya diestra está armada por

fuegos de tres puntas, que con una cabezada sacude el mundo,

toma la apariencia de un toro, y mezclado con los novillos

muge y deambula por la tierna hierba, hermoso. En efecto,

su color es el de la nieve que no han pisoteado las plantas

de un duro pie ni fundido el hermoso Austro. Su cuello está

hinchado de músculos, la papada le cuelga sobre las manos;

los cuernos en verdad cortos, pero tales que podrías afirmar

que son obra de artesanía, y más brillantes que una perla de buen oriente.

En su testuz no hay amenaza alguna ni su mirada infunde terror.

Su semblante respira paz. Se maravilla la hija de Agénor de que

sea tan hermoso, de que no amenace con alguna embestida;

pero, por muy manso que era, al principio temió tocarlo.

Luego se acerca y le alarga flores ante su blanco hocico.

Se alegra el enamorado y, en tanto llega el placer esperado,

le da besos en las manos; y apenas, apenas puede ya aplazar

lo demás. Y ora retoza y brinca por la verde hierba, ora echa

su costado de nieve sobre la rojiza arena; y, quitándole

poco a poco el miedo, ya le ofrece el pecho para que le dé

palmaditas con su mano doncellil, ya los cuernos para que

los ciña con guirnaldas frescas. Se atrevió también la princesa,

sin saber a quien montaba, a sentarse sobre el lomo del toro;

entonces el dios, apartándose poco a poco de la tierra y de la arena seca,

pone primero las falsas plantas de sus patas en la rompiente,

luego se adentra aún más y por las aguas del mar abierto se lleva su presa.

Se asusta Europa y vuelve su mirada a la costa que, raptada,

va dejando atrás, y con la diestra agarra un cuerno, apoya la otra

sobre el lomo; tremolantes, sus ropas se ondulan con el viento.

OTROS ARTÍCULOS DE ESTA SERIE:

Daniel Morales Escobar

Ver todos los artículos de


Comentarios

Deja una respuesta

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *


El periodo de verificación de reCAPTCHA ha caducado. Por favor, recarga la página.

IDEAL En Clase

© CMA Comunicación. Responsable Legal: Corporación de Medios de Andalucía S.A.. C.I.F.: A78865458. Dirección: C/ Huelva 2, Polígono de ASEGRA 18210 Peligros (Granada). Contacto: idealdigital@ideal.es . Tlf: +34 958 809 809. Datos Registrales: Registro Mercantil de Granada, folio 117, tomo 304 general, libro 204, sección 3ª sociedades, inscripción 4