Hubo un tiempo en que conocer el mar era casi una expedición. Para muchos niños de Granada, el mar era poco más que una palabra en los libros de geografía, una postal descolorida o un lugar del que hablaban los mayores con la misma solemnidad con la que se hablaba de América. Verlo con nuestros propios ojos era un acontecimiento extraordinario. Yo tuve esa suerte cuando tenía nueve años.
Entre 1953 y 1955, mi hermano y yo estudiábamos en el colegio Alcazaba Cadima, en el Albayzín (hoy Gómez Moreno). Durante aquellos tres veranos asistimos a las Colonias del Magisterio de Motril, una experiencia que, sin saberlo entonces, acabaría ocupando un rincón privilegiado de mi memoria.
Los preparativos empezaban semanas antes. En casa aparecía la ropa «de colonias»: la inseparable sahariana azul con las letras rojas bordadas en el bolsillo —«Colonias del Magisterio»—, que iba pasando de hermano en hermano y de primo en primo como si tuviera más años de servicio que un funcionario del Estado. También preparábamos la talega con nuestras iniciales, donde cabía todo nuestro equipaje… y, milagrosamente, siempre sobraba sitio para algún tesoro encontrado por el camino.
Días antes acudíamos a la parte trasera de la Escuela Normal para los trámites previos. Entonces aquello era un gran descampado presidido por el monumento a la Inmaculada y la humilde cruz que recordaba el lugar donde fue ejecutada Mariana de Pineda. Donde hoy están los Jardines del Triunfo seguía levantándose la vieja plaza de toros, ya bastante maltrecha, mientras que el descampado acabaría convirtiéndose en la actual plaza de la Libertad. Las ciudades también crecen, aunque uno solo se dé cuenta cuando han pasado setenta años.

El día de la partida mezclaba emoción y un pellizco de miedo. Muchos viajábamos por primera vez sin nuestros padres. Nos despedíamos con un beso, alguna madre disimulaba una lágrima y algún padre soltaba el inevitable: «Pórtate bien». Nosotros asentíamos muy serios… con la firme intención de olvidarlo en cuanto arrancara el autobús.
El viaje hasta la costa nos parecía eterno. La carretera pasaba por Armilla, Alhendín, el puerto del Suspiro del Moro, El Padul, Dúrcal y el Valle de Lecrín, serpenteando entre curvas. Al llegar al puente de Tablate ya había más de un niño con un color entre verdoso y transparente. Continuando la ruta descubrí lo que para mí era una maravilla: el túnel de Ízbor. Era el primero que veía en mi vida. En cuanto el autobús quedó a oscuras, todos empezamos a gritar como si aquello fuera una atracción de feria. Hoy atravesamos túneles sin levantar la vista del móvil; entonces bastaban unos segundos de oscuridad para sentir que habíamos entrado en otro mundo.
Después llegaron Vélez de Benaudalla, y sus famosos Caracolillos, auténtico examen final para estómagos infantiles. Más de un bocadillo decidió independizarse allí para siempre, las últimas curvas y, por fin, el túnel de la Gorgoracha. Y entonces ocurrió. Al salir del túnel apareció, de golpe, el mar. Inmenso. Azul. Brillante bajo el sol.

Una lámina infinita ocupaba todo el horizonte. El agua resplandecía como si alguien hubiera derramado plata líquida sobre la Tierra. Nadie tuvo que explicar nada. Bastaba mirar las caras de los niños pegadas a las ventanillas. Allí iban decenas de granadinos descubriendo que el mundo no terminaba en Sierra Nevada.
Mi hermano y yo nunca habíamos visto el mar. Creo que la mayoría de los chaveas del autobús tampoco. Nos quedamos embobados, sin apartar la vista. Aquello parecía no tener fin. Y quizá ese fue el primer día en que comprendimos que el mundo era muchísimo más grande que nuestro barrio. Naturalmente, la solemnidad duró poco. Alguien empezó a cantar: «¡Para ser conductor de primera… acelera, acelera!»
Y en menos de un minuto el descubrimiento del Mediterráneo quedó acompañado por un coro desafinado que seguramente todavía debe de resonar por algún rincón de la costa granadina.

En Motril nos alojábamos en el colegio Virgen de la Cabeza, junto al cuartel de la Guardia Civil, donde hoy hay un jardín. Nuestra rutina era sencilla: levantarse temprano, hacer la cama —con resultados muy discutibles—, desayunar y caminar hasta la playa de Poniente.
Fue allí donde me bañé por primera vez en el mar. Nunca olvidaré el agua salada, el vaivén de las olas ni esa mezcla de respeto y felicidad que siente un niño cuando descubre algo completamente nuevo. Entré convencido de que el Mediterráneo me llegaría al cuello en cualquier momento… y salí creyéndome casi un marinero.
La playa tampoco se parecía a la de hoy. Había sencillas construcciones de cañas donde muchas familias pasaban el verano. Y había algo que ahora cuesta explicar a los más jóvenes: el alquitrán. Flotaban manchas negras en el agua y aparecían también entre la arena. Se pegaban a los pies con una fidelidad digna de mejor causa y había que quitarlas con aceite. Era bastante desagradable, pero a los nueve años uno tiene una extraordinaria capacidad para ser feliz incluso con los pies embreados.
Pasábamos horas jugando y aprendiendo a nadar. Y, para qué negarlo, el mar nos parecía infinitamente más emocionante que la albaicinera alberca de los Cármenes de Gadeo.
Al mediodía regresábamos al colegio en camiones. La chapa ardía tanto que parecía recién salida de una fragua. Después venían la ducha y la comida: sopa de estrellitas, lentejas, gazpacho o tortilla de patatas. Pero si cierro los ojos todavía puedo ver aquellas enormes fuentes de morralla de Motril —cuando aún podía pescarse— y la inolvidable pipirrana.
Las tardes transcurrían entre la siesta, la merienda y los paseos por las Explanadas. Algunas veces nos llevaban a la iglesia de la Encarnación para rezar el rosario o asistir a misa. Eran otros tiempos, con otras costumbres, que aceptábamos con la misma naturalidad con la que aceptábamos las lentejas.
Y las noches tenían una magia especial. Después de cenar nos reuníamos en el patio para contar chistes, cantar canciones y escuchar historias antes de acostarnos. No había pantallas, ni videojuegos, ni teléfonos. Y, curiosamente, nunca nos aburríamos.

Siento no recordar los nombres de aquellos maestros. Ellos hicieron posible unas colonias que fueron mucho más que unas vacaciones. Nos enseñaron a convivir, a compartir, a arreglárnoslas lejos de casa y a descubrir un mundo que hasta entonces apenas intuíamos.
De todos aquellos recuerdos, ninguno permanece tan vivo como el instante en que vi el mar por primera vez. Han pasado muchas décadas y todavía puedo cerrar los ojos y volver a ser aquel niño de nueve años que contemplaba, boquiabierto, un horizonte que parecía no terminar nunca.
Los niños de hoy viajan desde muy pequeños. Conocen playas, montañas, ciudades e incluso otros países antes de aprender las tablas de multiplicar. Me alegro por ellos. Tienen oportunidades que nosotros ni soñábamos.
Pero también pienso que nuestra generación tuvo un privilegio distinto: el de descubrir las cosas despacio. Cada viaje era una aventura, cada novedad un acontecimiento y cada primera vez quedaba grabada para siempre.
No fueron años mejores; fueron años más difíciles. Sin embargo, quizá precisamente por eso aprendimos a valorar lo que hoy parece cotidiano. Porque hay recuerdos que no envejecen.
Y el mío sigue empezando igual: un autobús saliendo de un túnel, un puñado de niños pegados a las ventanillas… y un mar infinito que, por primera vez, dejaba de ser un sueño.






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