La visita que, a primeros de junio, León XIV realizó a España sorprendió no tanto por la asistencia multitudinaria a los actos programados -más o menos, previsible- como por la inesperada acogida de los principales dirigentes del país, fueran de los que convencionalmente consideramos cercanos a la Iglesia católica o de los que parecen no querer tener nada con ella. Incluso la televisión pública siguió al pontífice como si de una cadena confesional se tratase. Pero lo más curioso es que ha habido coincidencia en la atribución de altura moral al Papa, siendo que él ha mantenido con claridad la doctrina católica en asuntos como el aborto o la eutanasia, cuya aceptación legal ha sido y es promovida por la izquierda y que cuenta con el apoyo de la mayoría o de una parte muy extensa de los españoles.

¿Quiere decir esto que los españoles estemos cambiando de ideas o que se aproxime un tiempo en el que no sólo en nuestro país, sino en todo Occidente, la Iglesia recuperará el esplendor de sus mejores días, con templos desbordados de fieles y con los seminarios de nuevo llenos de vida? Quizá haya algo de esto -algunas encuestas, algunos fenómenos culturales, parecen atestiguarlo-, pero no creo que, hoy por hoy, sea lo fundamental. Desde mi punto de vista, hay que explicar el éxito de los papas desde la confluencia de dos carencias de las sociedades actuales, la una política, la otra de índole espiritual.

La vuelta del prestigio y de la influencia política del papado debe remontarse al papel jugado por Juan Pablo II en la caída del totalitarismo comunista del este de Europa, al final del pasado siglo. Pero, si en los años 90 las democracias occidentales constituían una alternativa atractiva para quienes luchaban por librarse del yugo de aquellas dictaduras, en los últimos quince años son ellas mismas las que han sido puestas en entredicho y fue en este nuevo contexto en el que el Papa Francisco introdujo una línea doctrinal y práctica que conjugaba la tradición eclesial con la atención a los problemas ecológicos y sociales. Incluso cuando los problemas se hallaban en el seno de la propia Iglesia. Desde esa posición abierta por su predecesor, León XIV puede mantenerse como la cabeza visible de un poder integrador, completamente distinto del ejercido desde los partidos, bloques y movimientos políticos, instalados en la polarización y la lucha para la exclusión de los otros.

Puesto que ni la doctrina moral católica, ni la liturgia han sido modificadas, se mantiene la conexión de los más conservadores, que tampoco pueden rechazar abiertamente las directrices pontificias en materia social porque cualquier cristiano cabal sabe que la atención a los más necesitados siempre ha formado parte de la sensibilidad de la Iglesia, aunque con frecuencia haya adoptado formas clasistas de practicarse. Por su parte, los innovadores, progresistas o como se les quiera llamar se sienten más cercanos a esta recuperación de la vinculación del catolicismo con la dinámica de la sociedad y con las mentalidades recientes. La actualización de la llamada doctrina social de la Iglesia se está haciendo de una manera tan justificadamente ceñida a las tensiones de nuestro presente que apenas queda terreno en el que puedan arraigar los extremos involucionistas o revolucionarios.
De la otra carencia, la espiritual, es más difícil hablar por la paradójica situación de nuestra mentalidad colectiva.

Por un lado, tendemos a hacer desaparecer todo lo que tradicionalmente se entendía por espíritu, disolviéndolo en la materia o considerándolo una efímera emanación de sus átomos y sustancias y de las estructuras en las que se organizan. Palabras e ideas que conservaban cierta proximidad con el espíritu, como mente y psiquismo, son cada vez menos usadas. El cerebro, edificio material, lo es todo: preferimos que la anatomía y fisiología encefálica expliquen lo que somos a hacerlo recurriendo a entidades emancipadas como la mente, la personalidad o el yo. Como consecuencia, la psiquiatría y la psicoterapia se van quedando sin campo propio, cediendo sus antiguos dominios a los de la neurología. Una mente perturbada no es otra cosa que una alteración del cerebro y basta con actuar sobre él para remediarlo.
Pero, en contraposición, frente a este mundo del que huye el espíritu, hay síntomas de un reverdecer del afán de trascendencia. Trascender es un verbo asociado a la creencia en el más allá o a la inmortalidad del alma. Pero puede entenderse también como la tendencia de la naturaleza a servirse de sus niveles básicos para construir sobre ellos y con ellos realidades emergentes o nuevas, especialmente la vida y la inteligencia. Tanto en un sentido como en otro, se constata en los últimos años una vuelta del interés por lo espiritual o trascendente, especialmente entre los jóvenes. La “Fundación SM” constata en su estudio Jóvenes Españoles 2026 un significativo aumento de los que se declaran católicos, tanto si son practicantes como si no lo son. Pero llama la atención de los propios investigadores que ese reverdecer del catolicismo signifique también que los jóvenes católicos, y más intensamente los practicantes, acepten, junto a las creencias tradicionales, otras ajenas o importadas, especialmente la reencarnación, la predicción del futuro, el karma, la magia y las energías curativas. Me parece que tales datos apuntan no sólo hacia la recuperación del catolicismo, sino a la del espiritualismo en sentido genérico, con una libertad desconocida hasta ahora para fijar los contenidos de la fe de cada cual.
Se unen, pues, para fortalecer el papel de los papas la sugerencia política de figuras integradoras y el regreso de una cierta pulsión espiritual. Pero, cuando vemos a nuestros diputados aplaudir fervorosamente al pontífice y a la gente acudir masivamente a su llamada, me parece que hay, además, una añoranza, no sé si para bien o para mal, de aquel viejo orden medieval en el que el poder de los reyes y de los nobles tenía frente a sí el de una Iglesia omnipresente, que, poseedora del monopolio de lo sagrado, podía condicionar decisivamente la vida temporal. Lo cierto es que la división de poderes a la que nosotros invocamos como fundamento de nuestro tiempo fue precedida de otras formas de división de las que la más ancestral, sencilla y determinante ha sido la de la separación del poder político y el sacerdotal. Cuando los liberales hicieron triunfar su idea de la división tripartita de los poderes del Estado quisieron acabar también con esta tradición de un poder externo de índole no material y que tenía derecho a establecer una ley genérica que limitase o encarrilase los actos humanos. Puede que la realidad de la vida política se reduzca a las luchas apasionadas e interesadas, a veces crueles, de los hombres, pero también parece cierto que sería del gusto de muchos que la religión -el corazón de un mundo sin corazón, según la bella expresión con la que Marx se refiere a ella- constituyera una variante, a modo de marco, del poder político.

El gran historiador y filósofo británico Arnold J. Toynbee, tan olvidado hoy como exaltado en los años 40 y 50, sostenía en su enorme Un estudio de la Historia que el papado había poseído una importancia crucial en la constitución de Europa y analizaba con detalle el choque del papa con el emperador de Alemania en la famosa querella de las investiduras, a finales del siglo XI. A pesar de los fallos de Gregorio VII, de la dilapidación del capital regenerador que él mismo había acumulado y de la herencia nefasta que eso supuso para la posterior cristiandad, en opinión de Toynbee, la institución había sobrevivido hasta la actualidad y su poder de convocatoria espiritual podía ser el mejor instrumento para la reconstrucción del mundo en el que él escribía, es decir, el que siguió a la II Guerra Mundial.

¿No está germinando también en nuestro tiempo una idea semejante a la del historiador británico? ¿Puede que el papado se esté perfilando como la institución capaz de renovar la vida espiritual de la que se nutre la política y de la que carece el escindido mundo occidental de nuestros días? Por un lado, parece inverosímil que algo así pueda suceder cuando nuestras sociedades han caminado decididamente hacia la secularización y la evitación de las creencias religiosas. Pero ¡quién sabe hacia dónde nos podremos dirigir si la crisis es profunda y sostenida! Tampoco parecía previsible un repunte de la religiosidad en los jóvenes y ahí está. Un Francisco, un León XIV, conectando con nuestros recónditos anhelos, ¿no podrían llegar a desempeñar una función semejante al de aquel Hildebrando que ocupó la Sede de San Pedro para sanear las cloacas de Europa?






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