(Reflexiones sobre el Aula Permanente de Formación Abierta de la Universidad de Granada y mi etapa como presidente de ALUMA)
Hay una pregunta que me ha acompañado durante mucho tiempo.
No surgió en un aula, ni durante una conferencia, ni siquiera leyendo un libro. Nació un día cualquiera, al observar el rostro de quienes cruzaban la puerta de la Universidad con más de cincuenta años y la misma mezcla de pudor y esperanza con la que un muchacho entra por primera vez en ella.
¿Qué busca una persona cuando vuelve a estudiar después de toda una vida?

La respuesta parece sencilla. Decimos que busca conocimientos. Cultura. Compañía. Mantener la mente despierta. Y, sin embargo, creo que busca algo mucho más profundo. Busca reconciliarse con el tiempo. Porque el tiempo tiene mala prensa. Quizá el tiempo no tenga mala prensa por culpa del tiempo, sino de quienes se empeñan en vendernos que cumplir años es una avería y no una conquista. Como escribió Gabriel García Márquez, «la edad no es la que uno tiene, sino la que uno siente». Y, a juzgar por lo que ocurre en el Aula Permanente, hay personas de setenta que llegan con más curiosidad que muchos de veinte.

Desde muy jóvenes aprendemos a medirlo como una pérdida. Cada cumpleaños parece arrebatarnos algo. Dejamos de ser niños. Después dejamos de ser jóvenes. Más tarde dejamos de ser adultos para convertirnos, casi sin transición, en personas mayores.
Todo parece escrito en negativo. Como si vivir consistiera únicamente en ir perdiendo.
Quizá por eso me sigue pareciendo una de las decisiones más hermosas que tomó la Universidad de Granada aquella que apenas ocupó unas líneas cuando fue anunciada: abrir sus aulas a quienes habían cumplido cincuenta años, sin preguntarles qué estudios poseían, sin exigirles otro requisito que las ganas de aprender. Y esa fue mi oportunidad.

Nadie imaginaba entonces el alcance de aquel gesto. Porque las grandes transformaciones casi nunca nacen de las decisiones grandiosas. Empiezan con una puerta que alguien decide no cerrar. Entraron hombres y mujeres convencidos de que regresaban a las clases. En realidad, estaban entrando en otra edad de la vida. No en la edad de la nostalgia. En la edad de los comienzos. Hay quien piensa que después de los cincuenta solo quedan revisiones médicas y descuentos en el autobús. La Universidad tuvo la feliz ocurrencia de demostrar que también quedaban estudios, amistades nuevas, viajes, proyectos… y alguna que otra noche terminando un trabajo como si volviéramos a tener veinte años.

Eso fue, y sigue siendo, el Aula Permanente de Formación Abierta. Un lugar donde el calendario deja de mandar sobre el espíritu. Donde la inteligencia recupera la curiosidad. Donde la experiencia deja de contemplarse como un equipaje pesado para convertirse en la mejor compañera del conocimiento.
Allí sucedía algo extraordinario. No porque se impartieran magníficas clases —que también—, sino porque las personas volvían a mirarse unas a otras con el brillo de quien descubre. Y descubrir no significa encontrar algo nuevo. Significa volver nuevo aquello que ya existía.
De aquel descubrimiento nació la asociación ALUMA. No fue una fundación. Fue una consecuencia. Como el río que nace sin proponérselo porque una montaña lleva siglos guardando agua en silencio. Nadie inventó aquella corriente. Simplemente empezó a fluir.
Después vinieron las tertulias, los viajes, los libros, los senderos, los deportes, la poesía, la fotografía, la pintura, la solidaridad, los debates entre generaciones, las conversaciones que nunca terminaban cuando acababa una conferencia, las voces de la radio, los encuentros con otras universidades, las risas compartidas durante un viaje de regreso.

Pero si alguien creyera que ALUMA es la suma de todas esas actividades, no habría comprendido todavía su verdadera naturaleza. Porque ninguna asociación vive de lo que organiza. Vive de lo que despierta. Y ALUMA despertó algo que muchas personas creían dormido para siempre. La certeza de que todavía podían seguir creciendo. Pablo Picasso decía que «lleva mucho tiempo llegar a ser joven». Siempre me ha parecido una de las definiciones más hermosas del envejecimiento. En el Aula Permanente he visto a muchas personas llegar, precisamente, a esa juventud acumulada con los años, donde la curiosidad vence al miedo y el entusiasmo ya no necesita demostrar nada.
Hay una forma muy silenciosa de la pobreza. No consiste en carecer de dinero. Consiste en creer que ya no nos queda futuro. La sociedad, demasiado a menudo, mira a quienes envejecen como si fueran habitantes de un tiempo terminado. El Aula Permanente hizo exactamente lo contrario. Les devolvió el porvenir. Eso no puede medirse.
No existe estadística capaz de contabilizar cuántas personas recuperaron la alegría de estudiar, cuántas vencieron la soledad, cuántas descubrieron una vocación tardía por la poesía, por la historia, por el arte o, sencillamente, por la conversación.

Hay victorias que solo conocen quienes las viven. Durante estos años algunos tuvimos la responsabilidad de cuidar ese pequeño milagro cotidiano. Digo cuidar y no dirigir porque nunca me ha gustado la palabra dirigir cuando se habla de personas. Las personas no se dirigen. Se acompañan. Se sirven. Se escuchan. La presidencia de una asociación no es un lugar desde el que mirar a los demás. Es el lugar desde el que uno aprende a mirar mejor. Además, uno descubre enseguida que presidir una asociación de personas mayores es una tarea apasionante: todos acumulan mucha experiencia… y casi todos creen, con razones muy convincentes, que la suya es la mejor. Escuchar tanto talento ha sido, más que un trabajo, un privilegio.
Si algo he comprendido durante este tiempo es que una institución vale exactamente lo mismo que la calidad humana de quienes la sostienen. Los proyectos importan. La organización importa. La eficacia importa. Pero nada de eso permanece si desaparece la confianza. Y la confianza nunca se decreta. Se cultiva. Como se cultivan los árboles cuya sombra quizá disfrutarán otros.
Pienso ahora en tantas personas con las que compartí este camino. En quienes trabajaron sin buscar reconocimiento. En quienes dedicaron tardes enteras a preparar una actividad para que otros disfrutaran unas horas. En quienes ofrecieron su talento con la naturalidad con la que se ofrece un vaso de agua. Ellos son la verdadera arquitectura invisible de ALUMA.

Después llegaron premios. Distinciones. Reconocimientos. Fueron motivo de alegría. ¿Cómo no iban a serlo? Pero la verdad es que nunca sentí que aquellos galardones pertenecieran a una junta directiva ni a un presidente. Pertenecían a una manera de entender la universidad.
Una universidad que no pregunta cuántos años tienes para decidir si todavía mereces aprender. Una universidad que entiende que enseñar no consiste únicamente en transmitir conocimientos, sino también en ensanchar horizontes.
Y entonces comprendo que esta no puede ser una despedida. Las despedidas existen cuando termina un camino. Pero ¿cómo despedirse de un lugar que ya forma parte de uno mismo? Yo dejaré una responsabilidad. Nada más. Seguiré siendo uno de tantos. Y me gusta esa idea. Porque nunca aspiré a otra cosa. Las asociaciones sanas son aquellas donde nadie resulta imprescindible. Donde cada persona sabe que ocupa durante un tiempo un lugar que antes perteneció a otros y que mañana pertenecerá a quienes aún no han llegado. Así debe ser. Porque las obras verdaderamente humanas nunca llevan un solo nombre. Llevan muchas manos. Muchas voces. Muchas vidas.

Si hoy alguien me preguntara cuál ha sido la mayor obra de ALUMA, respondería sin dudar que no ha sido organizar miles de actividades ni recibir importantes reconocimientos. Su mayor obra ha sido demostrar que el ser humano no tiene una edad para dejar de crecer. Y si después me preguntaran cuál fue el origen de todo ello, volvería inevitablemente al mismo lugar. A una puerta. La puerta que un día la Universidad de Granada decidió mantener abierta para quienes muchos creían que ya llegaban tarde. Mark Twain escribió que «la edad es una cuestión de la mente sobre la materia; si no te importa, no importa». Tal vez exageraba un poco —las rodillas suelen llevarle la contraria—, pero tenía razón en lo esencial: nunca es tarde para comenzar aquello que merece la pena.
No llegaban tarde. Llegaban exactamente a la hora de su vida en la que podían comprender mejor el verdadero sentido del conocimiento. Porque aprender nunca fue acumular respuestas. Aprender ha sido siempre conservar el valor de seguir haciéndose preguntas. Quizá por eso, cuando pienso en el futuro, no imagino edificios. Ni aulas. Ni estatutos. Imagino un hombre o una mujer que acaba de cumplir cincuenta años y entra por primera vez en la Universidad con la incertidumbre de quien comienza una aventura. Todavía no lo sabe. Pero al cruzar esa puerta no solo encontrará profesores, libros o compañeros. Encontrará algo infinitamente más difícil de regalar. La posibilidad de descubrir que la vida, cuando se comparte, siempre guarda un comienzo más. Porque los años no deberían contarse por los que dejamos atrás, sino por los que todavía somos capaces de llenar de preguntas, de proyectos, de amigos y de ilusiones. Quizá por eso el verdadero nombre del Aula Permanente nunca ha sido el de un edificio ni el de un programa universitario. Su verdadero nombre ha sido siempre esperanza.
Los años que todavía nos esperan serán, probablemente, los mejores, porque son los únicos que aún podemos llenar de sentido. Y, visto lo vivido en el Aula Permanente y en ALUMA, no me cabe duda de que todavía nos queda mucho futuro por estrenar.

José Rodríguez Sánchez
Presidente de ALUMA, desde septiembre 2018 a junio de 2026






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