Pepe R. Sánchez: «Álbumes de fotos familiares: ventanas abiertas a la felicidad»

«La memoria no está para vivir en ella,
sino para impulsarnos a seguir viviendo
«

En casi todos los hogares existe un pequeño tesoro que apenas ocupa unas baldas de una estantería o el fondo de un cajón. Son esos viejos álbumes de fotografías familiares que, silenciosamente, esperan a que alguien los abra. Lo hacemos de tarde en tarde, casi siempre sin un motivo concreto, y entonces ocurre algo extraordinario: las páginas dejan de ser papel y se convierten en ventanas abiertas a nuestra propia vida.

Cada fotografía encierra una historia. Allí están la boda llena de ilusión, los hijos cuando aún cabían en nuestros brazos, los bautizos, las primeras comuniones, los veranos interminables en la playa, las excursiones al campo, las reuniones familiares alrededor de una mesa, las celebraciones con los amigos, los viajes, las primeras novias o novios, las risas espontáneas y tantas escenas cotidianas que, sin saberlo, acabarían convirtiéndose en recuerdos imborrables.

Es curioso comprobar que casi nunca fotografiamos el dolor. Las cámaras suelen quedarse con los instantes felices. Los días difíciles rara vez aparecen en esos álbumes. Por eso, cuando los abrimos, no estamos contemplando únicamente imágenes; estamos contemplando una colección de alegrías, un resumen de los momentos que dieron sentido a nuestra existencia.

El escritor francés Marcel Proust afirmó que «el verdadero viaje de descubrimiento no consiste en buscar nuevos paisajes, sino en mirar con nuevos ojos». Quizá eso sea precisamente lo que hacemos cuando volvemos a contemplar aquellas fotografías: no viajamos al pasado para instalarnos en él, sino para descubrir, desde el presente, todo lo bueno que hemos vivido y todo lo que aún somos capaces de vivir.

Porque esos álbumes contienen mucho más que fotografías. Contienen abrazos, voces que ya no escuchamos, perfumes que casi podemos recordar, ilusiones compartidas y sueños cumplidos. Son el relato silencioso de una familia. Son nuestra historia.

Sin embargo, debemos tener cuidado de no abrir esos álbumes con exceso de nostalgia. La nostalgia es hermosa cuando acaricia el corazón, pero peligrosa cuando pretende instalarse en él. El pasado merece gratitud, no residencia permanente.

A lo largo de mi ya octogenaria vida me ha sucedido de todo, como a cualquier persona de mi generación. He conocido la alegría y también el sufrimiento; he celebrado nacimientos y llorado despedidas; he ganado amigos y he tenido que decir adiós a muchos seres queridos. Al contemplar algunas fotografías, inevitablemente siento un pellizco en el alma al descubrir tantos rostros que ya no pueden sonreír junto a nosotros.

Pero precisamente por ellos debemos seguir viviendo con intensidad.

Las fotografías no son una invitación a la tristeza, sino un recordatorio de que fuimos felices… y de que todavía podemos seguir siéndolo.

Los estoicos, y especialmente Séneca, nos recordaban que «no es que tengamos poco tiempo, sino que perdemos mucho». Qué gran verdad. El ayer ya nos regaló lo que tenía que regalarnos. El mañana todavía no existe. El único tiempo que realmente nos pertenece es el presente.

Por eso me gusta repetir aquel viejo consejo latino: Carpe diem. Vive el día. Abraza el momento. Comparte un café con un amigo, llama a un hijo, pasea sin prisas, aprende algo nuevo, ríe todo lo que puedas y procura dejar siempre una pequeña huella de felicidad en quienes te rodean.

Quienes ya acumulamos mucha juventud —porque prefiero decir que tenemos juventud acumulada antes que muchos años— jugamos, en cierto modo, con ventaja. Hemos aprendido que casi todo termina pasando. Ya no nos asustan tanto las dificultades, porque sabemos que la vida siempre encuentra la manera de seguir adelante.

Es verdad que convivimos con algunas rodillas rebeldes, con la tensión que de vez en cuando decide hacerse notar, con una colección de pastillas que crece más deprisa de lo que nos gustaría y con alguna visita más frecuente al médico. Pero, por encima de todo eso, seguimos vivos. Y mientras hay vida, hay posibilidades.

Vivimos además en una época fascinante. Disponemos de unas tecnologías que jamás hubiéramos imaginado cuando éramos jóvenes. Hoy podemos ver y hablar con nuestros nietos aunque estén al otro lado del mundo, aprender cualquier disciplina desde casa, viajar, conocer personas nuevas o mantener viva la curiosidad con solo pulsar una pantalla.

La edad no debe ser una excusa para encerrarnos entre cuatro paredes. Al contrario. Creo sinceramente que los mayores tenemos una hermosa responsabilidad: seguir viviendo con entusiasmo, seguir aprendiendo y transmitir esperanza. Nuestra experiencia no puede quedarse guardada como esos álbumes olvidados en una estantería. Debe compartirse.

Esa fue precisamente la razón por la que, hace ya algunos años, decidí matricularme en el Aula Permanente de Formación Abierta de la Universidad de Granada. Fue la universidad que siempre soñé y a la que llegué cuando algunos pensaban que ya era demasiado tarde. Qué equivocados estaban.

Allí no solo encontré profesores extraordinarios y conocimientos nuevos. Encontré algo todavía más valioso: ilusión. He conocido amigos y amigas que forman ya parte de mi vida. Compartimos clases con el mismo entusiasmo —y casi con los mismos nervios— que los adolescentes en su primer día de curso. Organizamos viajes, excursiones, conferencias, compartimos cafés, alguna cerveza, muchas conversaciones y, sobre todo, compartimos vida.

Porque eso es lo verdaderamente importante: seguir llenando de fotografías el álbum del presente. Dentro de unos años alguien abrirá las imágenes que hoy hacemos con el teléfono móvil y descubrirá que también estos fueron años felices. Que seguimos riendo, aprendiendo, viajando, enamorándonos de la vida y construyendo recuerdos.

Por eso, de vez en cuando, merece la pena desempolvar aquellos viejos álbumes familiares. No para refugiarnos en lo que ya pasó, sino para recordar que la felicidad ya visitó nuestra casa… y que puede volver a hacerlo.

Las fotografías nos enseñan de dónde venimos; el presente nos ofrece la oportunidad de decidir hacia dónde vamos.

Hoy es el primer día del resto de nuestra vida. No dejemos que pase sin vivirlo.

Y, aunque el calor apriete estos días de verano, os deseo de corazón que sigáis llenando vuestro álbum con nuevas fotografías, nuevas amistades, nuevos sueños y nuevas razones para sonreír.

Porque los mejores recuerdos, quizá, todavía no han sido fotografiados.

Verano de 2026

Pepe R. Sánchez

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