Al ir hoy al chiringuito
ha surgido la sorpresa
pues, por no haber reservado,
no había libre ni una mesa
donde pudiera sentarme
en mi obsesiva tarea
de rimar los octosílabos
mientras pimplo una cerveza,
manteniéndome alejado
del suplicio de la arena,
donde torsos cimbreantes
de juncales damiselas
enaltecen su palmito
bamboleando caderas,
en contraste arquitectónico
de estilísticas diversas
con hombretones luciendo
su barriga cervecera,
algunas tan abultadas
que preñados parecieran
tal como cuenta el romance
de lo acaecido en Ferreira
por el siglo XVI,
entrada la Edad Moderna.
Y no están preñados, no,
simplemente homenajean
al dios Dionisio o a Baco,
cada uno a su manera,
bien en liturgia romana
o en solemnidad helénica,
o quizás a la española,
esa costumbre tan nuestra
de pimplar por cualquier cosa,
a cuento, venga o no venga,
un entierro, duelo o boda,
cumpleaños, bautismo o fiesta,
lleguen rectas o torcidas
por la diestra o la siniestra,
truene o relampaguee
y que sea lo que Dios quiera.
Me dirijo al camarero
haciéndole un par de muecas
y él mira hacia el otro lado
enarcando las sus cejas,
ofreciéndome la espalda
cual si no me conociera,
que en lenguaje gestual es:
“¡Bueno! y a mí, ¿qué me cuentas?
Mas, luego, ceremonioso
como un maestro en la escuela,
recompuesto su ademán
y con vocecita queda,
dice que hay que reservar
si tener quiero una mesa,
ya que el enchufe no vale
ni sirven las triquiñuelas
pues la cosa está que arde
en temporada playera
y hay que ser espabilado
o te quedas a dos velas,
por lo que el día anterior
debo pedir cita previa.
Yo, con el ceño fruncido
intento hacerle otra seña
pidiéndole un taburete
o una sillita de anea
donde poder situarme
y tomarme mi cerveza
mientras rimo una metáfora,
un símil o lo que sea.
Pero él ni se conmueve,
mirando a izquierda y derecha,
siempre dándome la espalda
como si yo no estuviera,
enjuiciándome, presiento,
como tenaz pejiguera,
porque, a veces, de reojo,
me indica con la cabeza
que no por seguir allí,
demostrando más paciencia
que el imperturbable Job,
voy a conseguir una mesa.
Impertérrito le sigo
y me sitúo a su diestra,
mas, dice que ya me ha dicho
que no hay libre ni una mesa
y las que están disponibles
todas tienen su reserva
y que no me va a dar una
para una simple cerveza.
Entristecido y mohíno,
con la gorra bien calada
para que el sol despiadado
no me rejonee la calva,
asumiendo mi fracaso
me las piro de la playa
y anclo en una pizzería
con banderitas de Italia
donde enseguida me muestran
los listados de la carta.
Les digo que sólo quiero
una cervecita fresca
disponiendo media hora
de una silla y una mesa
ya que hay varias vacías
y nadie se fija en ellas;
pero la chica replica
muy simpática y resuelta
que solo puedo sentarme
si pido a la camarera
espaguetis o una pizza,
margarita o boloñesa,
macarrones o lasaña
o ñoquis con mozzarella.
Mosqueado me levanto
y en parsimonia muy lenta
me cobijo en el sombrajo
que me ofrece una palmera
junto a un niño en patinete
surfeando por la acera;
en ese momento el móvil
en el bolsillo me suena
digo: ¡Hola!, ¡Buenas tardes!,
pero nadie me contesta
y, clamando en el desierto,
yo lo mando a hacer puñetas
que es lo mismo que toparse
con las napias en la puerta.
Pues las cosas son así
cuando el mes de agosto aprieta
y quizás, lo más sensato
sea coger la carretera
y largarse hacia Granada
porque allí, tal vez, se pueda,
sobrevolado el ocaso,
deambular por Plaza Nueva
hasta el Paseo de los Tristes
al final de la Carrera,
donde el Darro sabiamente
salmodia su cantinela
con el ritmo que le marca
la campana de la Vela.
Y si vienen terremotos,
y todo en derredor tiembla,
el sustillo se nos pasa
a la hora de la siesta,
pues los sismos en Granada
son una cosa tan nuestra
que los echamos en falta
si pasa el tiempo y no llegan,
como un buen malafollá
pontificando dijera
junto al Polifemo pícnico
que en Puerta Real pavonea
por la fuente “Las batallas”
exhibiendo sus vergüenzas.
Relación de romances de esta serie veraniega:
7. Cita previa
8. Como sardinas en lata






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