Don Pedro Jiménez Olmedo, una deuda de gratitud (4/4)

Llegó, sin embargo, el día de la despedida. Como sacerdote, don Pedro debía aceptar el destino que le asignaban sus superiores. Después de casi dos décadas entregadas a Haza Grande fue nombrado párroco de la Encarnación y arcipreste de Motril. La noticia cayó sobre el barrio como una mala noticia familiar. Muchos sentimos que se marchaba alguien de casa.

Pero, mirándolo hoy con la perspectiva que da el tiempo, comprendo que don Pedro no dejó únicamente una parroquia organizada. Dejó algo mucho más importante: un barrio que había aprendido a caminar por sí mismo. Allí donde antes solo existían calles de tierra y casas humildes había nacido una auténtica comunidad. Esa fue, probablemente, su mayor obra. Los vecinos nunca dejamos de visitarlo.

En Motril volvió a implicarse por completo en la vida de su nueva parroquia y, como ya había ocurrido en Granada, su defensa de los más humildes y su manera abierta de entender la Iglesia le ocasionaron no pocos enfrentamientos con el alcalde franquista y con los sectores más inmovilistas de la ciudad. Llegó a recibir amenazas de muerte por teléfono y cartas anónimas que aparecían bajo la puerta de su casa. Quienes lo conocíamos sabíamos que aquello podía preocuparle, pero nunca hacerlo retroceder. En Motril también supo crear una auténtica comunidad y ganarse el afecto sincero de sus feligreses. Cada año, con motivo de su santo, eran muchos los que acudían a felicitarlo llevándole dulces y pequeños obsequios como muestra de cariño y gratitud. Pero don Pedro nunca se quedaba con nada siempre lo compartía. Con la discreción que lo caracterizaba, hacía llegar todos aquellos regalos a una residencia de personas mayores de la localidad, convirtiendo el afecto que recibía en una nueva oportunidad para compartir y hacer felices a quienes más lo necesitaban. Seguía siendo el mismo hombre que había llegado años atrás a Haza Grande con una maleta, un puñado de ilusiones y una enorme confianza en las personas.

Iglesia de la Encarnación de Motril. La casa blanca del fondo a la izquierda es la casa parroquial

Muchos fines de semana viajábamos a Motril para verlo. Nos alojábamos en la parroquia y los domingos por la tarde le ayudábamos a contar la recaudación de las misas. Aquellas horas, aparentemente rutinarias, eran otra lección de vida. El dinero nunca era un fin; era un medio para ayudar a los demás, se dividía en cuatro partes: Cáritas, Óbolo de San Pedro, necesidades de la parroquia y las misiones.

En 1972 una terrible sequía asoló Malí. Un misionero escribió a don Pedro pidiendo ayuda y él decidió publicar una carta en el diario IDEAL. La respuesta de los granadinos fue extraordinaria: se reunieron un millón y medio de pesetas, una cantidad enorme para aquellos años, que fue enviada íntegramente a Bamako. Desde entonces, cada semana una parte de la colecta parroquial siguió viajando hacia África. Era una forma de recordarnos que la solidaridad no entiende de fronteras.

En 1973 fue don Pedro quien casó a Ana y a mí en la iglesia de Haza Grande. El templo estaba todavía en obras y los andamios ocupaban buena parte de su interior. Cualquiera habría pensado que no era el lugar más adecuado para celebrar una boda. Pero nosotros nunca tuvimos la menor duda. Aquella era nuestra parroquia, el barrio donde habíamos crecido, y él seguía siendo, sencillamente, nuestro cura. No nos casábamos solo en una iglesia; nos casábamos en el lugar donde habíamos aprendido a vivir.

Oficiando la boda de Pepe y Ana

Nuestros amigos quisieron que aquel día fuera tan especial como lo había sido nuestra infancia compartida. Recorrieron los campos cercanos y llenaron la iglesia de ramas de almendro en flor. Entre los andamios, el blanco de las flores convirtió aquel templo inacabado en un lugar de una belleza inesperada. No había grandes adornos ni lujos, pero sobraban el cariño, la amistad y la ilusión.

A veces pienso que ninguna iglesia engalanada habría podido ofrecer un marco más hermoso. Porque la verdadera decoración no eran las flores, sino las personas que llenaban aquel templo: vecinos, amigos y compañeros que habían compartido con nosotros la vida del barrio y que, de una u otra forma, también eran hijos de la obra silenciosa de don Pedro. Aquella boda no fue solo el comienzo de nuestra vida en común; fue también una forma de agradecer, sin necesidad de palabras, todo lo que aquel sacerdote había sembrado entre nosotros.

Dos instantánea de la salida de la boda

La huella de una vida

Con los años, don Pedro regresó a Granada como párroco de San Andrés. Nuestra amistad nunca se interrumpió. Bautizó a nuestra hija, siguió visitándonos con frecuencia en nuestra casa de La Zubia y continuamos compartiendo largas conversaciones en las que siempre había tiempo para hablar de libros, de música, de la Iglesia, de Granada, de la actualidad y de la vida.

Bautizo de la hija de Pepe y Ana en La Zubia
El momento de echar el agua

A pesar de sus nuevas responsabilidades, nunca dejó de interesarse por quienes habíamos sido aquellos niños de Haza Grande. Conservaba esa extraordinaria capacidad para hacerte sentir importante, como si en aquel momento no existiera nadie más que la persona que tenía delante.

También continuamos viajando juntos. Desde aquellas excursiones infantiles a la Alfaguara, Jesús del Valle, las Caserías o el nacimiento del Darro, siempre caminando desde el barrio con la mochila al hombro, hasta viajes por distintos lugares de España. En cada salida había una lección escondida. Don Pedro no organizaba excursiones; organizaba descubrimientos. Nos enseñaba a contemplar un paisaje, a entrar en una iglesia románica, a escuchar el silencio de un monasterio o a detenernos delante de un cuadro para mirar más allá de lo evidente. Sin darnos cuenta, nos estaba enseñando a mirar el mundo.

En la Alpujarra

Con el paso del tiempo sus fuerzas comenzaron a apagarse. Pasó sus últimos años en la residencia sacerdotal del Arzobispado, en la plaza de Gracia. Allí seguimos visitándolo con la misma naturalidad con la que, décadas atrás, llamábamos a la puerta de la casa parroquial de Haza Grande. Ya no era el sacerdote joven que recorría las calles del barrio, pero conservaba intacta la mirada serena de quien sabe que ha dedicado su vida a los demás.

Nunca hablaba de sus méritos. Quizá porque los hombres verdaderamente buenos rara vez son conscientes del bien que hacen. Tampoco imaginó, estoy seguro, que muchos de aquellos niños terminaríamos llevando con nosotros buena parte de cuanto nos enseñó.

Cuando hoy regreso a Haza Grande, ya no encuentro aquel barrio de calles embarradas, de casas sin agua corriente y de niños jugando entre descampados. El tiempo lo ha transformado casi todo. Sin embargo, hay algo que permanece. Sigue vivo el recuerdo de un sacerdote que creyó en la educación cuando otros solo veían pobreza; que sembró cultura donde apenas había oportunidades; que convirtió una parroquia en una escuela de ciudadanía y enseñó a varias generaciones que la solidaridad no era una palabra bonita, sino una forma de vivir. El verdadero legado de don Pedro no fueron los edificios ni las actividades, sino las personas que ayudó a formar.

La deuda de gratitud

A menudo me pregunto qué habría sido de muchos de nosotros si don Pedro no hubiera aparecido un día por aquellas calles. Nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos es lo que ocurrió gracias a él. Muchos descubrimos la música, el teatro, los libros o el placer de aprender. Otros encontraron apoyo en momentos difíciles. Algunos orientaron su compromiso social. Todos aprendimos que la dignidad de las personas no depende del lugar donde nacen, sino de las oportunidades que encuentran en el camino.

Hoy tengo ochenta y un años. La vida me ha regalado experiencias que aquel niño de Haza Grande jamás habría imaginado. He conocido a personas extraordinarias y he tenido la fortuna de seguir aprendiendo hasta hoy. Pero cuando intento descubrir el origen de muchas de las cosas que han dado sentido a mi vida, siempre termino regresando al mismo lugar: aquella pequeña parroquia de San Francisco Javier y aquel sacerdote que un día decidió abrirnos una ventana al mundo.

D. Pedro oficiando misa

Escribo estas líneas porque la gratitud también necesita memoria. Vivimos en una sociedad que recuerda con facilidad a los poderosos y olvida demasiado pronto a quienes transforman silenciosamente la vida de los demás. Don Pedro Jiménez Olmedo pertenece a esa inmensa legión de personas anónimas que nunca buscaron reconocimiento, pero que cambiaron el destino de un barrio entero simplemente haciendo bien su trabajo, escuchando, educando y tendiendo la mano a quien la necesitaba.

Dicen que nadie muere del todo mientras permanezca en la memoria de quienes lo quisieron. Si eso es cierto, don Pedro sigue caminando por las calles de Haza Grande. Sigue preguntando a algún muchacho adónde va a esas horas, sigue llenando la parroquia con el sonido del gregoriano, sigue recorriendo el barrio en su pequeño Isetta y sigue sonriendo, quizá con la misma indulgencia con la que un día nos sorprendió comiendo las rosquillas de Cloti después de haber saqueado las «fresas del obispo».

Y me gusta pensar que, al ver en qué nos hemos convertido aquellos niños, esta vez sí diría con una sonrisa:

—Ahora sí os las merecéis.

Pepe R. Sánchez

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Comentarios

8 respuestas a «Don Pedro Jiménez Olmedo, una deuda de gratitud (4/4)»

  1. Carmen Rosa

    Soy sobrina de don Pedro. Gracias por estos cuatro estupendos artículos.
    Siempre supe que mi tío Pedro era una persona excepcional, que compartía todo lo que llegaba a su manos y cuya comprensión del ser humano en todas sus vertientes excedía con mucho los límites de la época. Pero en estos recuerdos aparecen muchas historias que no conocía ( siempre tan discreto) y que me ha encantado saber.
    De nuevo gracias de corazón por este homenaje.

    1. José Rodríguez Sánchez

      Estimada Carmen Rosa:

      Muchas gracias a ti por tus hermosas y emocionadas palabras. Para mí ha sido un verdadero honor poder dedicar estos cuatro artículos a la figura de tu tío, don Pedro Jiménez Olmedo, un hombre excepcional al que tuve la suerte de conocer y cuya huella permanece imborrable en la memoria de tantas personas.

      Me alegra especialmente que estos recuerdos te hayan permitido descubrir facetas e historias de su vida que desconocías. Su discreción, como bien dices, fue siempre una de sus grandes virtudes; quizá por eso muchas de las buenas obras que realizó quedaron guardadas en el corazón de quienes tuvimos la fortuna de recibir su ayuda, su consejo o simplemente su cariño.

      Este homenaje nace de la gratitud y del convencimiento de que personas como don Pedro no deben caer en el olvido. Gracias por permitirme, desde el cariño y el respeto, contribuir modestamente a mantener viva su memoria.

      Un saludo muy cariñoso.

  2. Ángeles García González

    Una lectura conmovedora y de una sensibilidad arrolladora. ¡Qué forma tan bonita de usar tu talento para homenajear a don Pedro y hacer justicia a la historia de Haza Grande!
    Hacen falta más firmas y más artículos como este en los periódicos para recordarnos lo que de verdad importa. ¡Mi más sincera enhorabuena por este texto impecable, lleno de esperanza y amor!
    Haza Grande y sus niños siempre le deberán una parte de lo que son. Gracias por este homenaje tan necesario a los que transforman el mundo en silencio.

    1. José Rodríguez Sánchez

      Muchísimas gracias por tus hermosas y generosas palabras. Me emociona profundamente saber que el recuerdo de don Pedro y de aquella Haza Grande humilde y luchadora ha llegado al corazón de quienes me leen.

      Mi único propósito ha sido rendir un homenaje de gratitud a una persona excepcional y dejar constancia de una historia que no debería olvidarse. Don Pedro hizo mucho por aquellas familias y por sus niños, pero siempre desde la sencillez y el silencio.

      Gracias de corazón por comprender el sentido de estos artículos y por animarme a seguir rescatando recuerdos y vivencias de una Granada que forma parte de nuestra historia. Un abrazo

  3. Antonio Sanchez

    Estimado amigo PP Rguez. S.: Primeramente felicitarte por ese trabajo homenaje ; tan completo y humano, que nos has hecho revivir todos aquellos felices años que compartimos alrededor de Don Pedro y de todas aquellas sencillas y humanas personas que componían la comunidad parroquial de Haza Grande . Qué cantidad de recuerdos tan llenos de vida y detalles. Y que bien elaborado has reflejado la vida, «tan llena de vida» de todos los que formábamos la parroquia.
    Yo pregunto Pepe, ¿No sería conveniente que tu artículo tan interesante y humano lo diera a conocer algún medio de comunicación? Aprovecho para agradecer a Don Pedro todo el bien que me hizo todos los años que estuve a su lado. Y a ti , Pepe Sánchez, , muchas gracias , y enhorabuena por tan inmejorable trabajo-homenaje , realizado.

    1. José Rodríguez Sánchez

      Querido Antonio, tus palabras me emocionan especialmente porque vienen de alguien que vivió de cerca aquellos años y que, como yo, tuvo la suerte de conocer y compartir tantos momentos junto a don Pedro y aquella entrañable comunidad de Haza Grande.
      Creo que entre todos hemos conseguido rescatar algo más que unos recuerdos: una forma de vivir, de convivir y de ayudarnos que don Pedro supo sembrar en nosotros. Por eso me alegra tanto que te hayas reconocido en el relato y que esos pequeños detalles hayan vuelto a cobrar vida.
      Respecto a tu sugerencia, sí, creo que sería hermoso que este homenaje pudiera llegar a más personas. Por ese motivo he decidido rescatar del olvido esta experiencia, para darla a conocer a las generaciones actuales y siempre estaré encantado de compartirla. Al fin y al cabo, la memoria de don Pedro no es solo nuestra; pertenece también a Haza Grande y a todos aquellos niños y jóvenes a los que ayudó a crecer.
      Y gracias a ti por recordarme que, al escribir sobre don Pedro, en realidad estaba escribiendo sobre todos nosotros. Un fuerte abrazo, amigo.

  4. Miguel Ángel Sánchez

    Apreciado Pepe. He esperado a leer las cuatro partes antes de dedicar unas palabras a tan hermosa crónica. A diferencia de otros comentarios relacionados con esta historia, yo no tenía conocimiento alguno ni de D. Pedro, ni de la historia social de Haza Grande, ni tampoco de tus relaciones emocionales en el barrio; pero he leído con mucha atención todo lo narrado, pues has conseguido «atraparme». Comparto con todos los comentarios precedentes las elogiosas palabras hacia la personalidad y obra de D. Pedro, así como hacia la excelente forma que tienes de contar tu dilatada y fructífera experiencia de vida. ¡Enhorabuena!

    1. José Rodríguez Sánchez

      Muchísimas gracias por tus palabras y, sobre todo, por haber tenido la paciencia de leer las cuatro partes con tanta atención. Me alegra especialmente que, sin conocer previamente a Don Pedro ni la historia de Haza Grande, hayas podido acercarte a aquel mundo y sentirlo un poco como propio.

      Para mí, escribir sobre Don Pedro ha sido mucho más que recuperar un recuerdo: ha sido saldar una pequeña deuda de gratitud con una persona que dejó una huella profunda en mi vida. Saber que su historia ha conseguido «atraparte» y despertar tu interés hace que todo el esfuerzo de poner en palabras aquellos recuerdos haya merecido la pena.

      Gracias de corazón por acompañarme en este viaje a la memoria y por tus generosas palabras sobre mi forma de contarlo. Un abrazo.

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