El mismo compromiso, otro destino
Llegó, sin embargo, el día de la despedida. Como sacerdote, don Pedro debía aceptar el destino que le asignaban sus superiores. Después de casi dos décadas entregadas a Haza Grande fue nombrado párroco de la Encarnación y arcipreste de Motril. La noticia cayó sobre el barrio como una mala noticia familiar. Muchos sentimos que se marchaba alguien de casa.
Pero, mirándolo hoy con la perspectiva que da el tiempo, comprendo que don Pedro no dejó únicamente una parroquia organizada. Dejó algo mucho más importante: un barrio que había aprendido a caminar por sí mismo. Allí donde antes solo existían calles de tierra y casas humildes había nacido una auténtica comunidad. Esa fue, probablemente, su mayor obra. Los vecinos nunca dejamos de visitarlo.
En Motril volvió a implicarse por completo en la vida de su nueva parroquia y, como ya había ocurrido en Granada, su defensa de los más humildes y su manera abierta de entender la Iglesia le ocasionaron no pocos enfrentamientos con el alcalde franquista y con los sectores más inmovilistas de la ciudad. Llegó a recibir amenazas de muerte por teléfono y cartas anónimas que aparecían bajo la puerta de su casa. Quienes lo conocíamos sabíamos que aquello podía preocuparle, pero nunca hacerlo retroceder. En Motril también supo crear una auténtica comunidad y ganarse el afecto sincero de sus feligreses. Cada año, con motivo de su santo, eran muchos los que acudían a felicitarlo llevándole dulces y pequeños obsequios como muestra de cariño y gratitud. Pero don Pedro nunca se quedaba con nada siempre lo compartía. Con la discreción que lo caracterizaba, hacía llegar todos aquellos regalos a una residencia de personas mayores de la localidad, convirtiendo el afecto que recibía en una nueva oportunidad para compartir y hacer felices a quienes más lo necesitaban. Seguía siendo el mismo hombre que había llegado años atrás a Haza Grande con una maleta, un puñado de ilusiones y una enorme confianza en las personas.

Muchos fines de semana viajábamos a Motril para verlo. Nos alojábamos en la parroquia y los domingos por la tarde le ayudábamos a contar la recaudación de las misas. Aquellas horas, aparentemente rutinarias, eran otra lección de vida. El dinero nunca era un fin; era un medio para ayudar a los demás, se dividía en cuatro partes: Cáritas, Óbolo de San Pedro, necesidades de la parroquia y las misiones.
En 1972 una terrible sequía asoló Malí. Un misionero escribió a don Pedro pidiendo ayuda y él decidió publicar una carta en el diario IDEAL. La respuesta de los granadinos fue extraordinaria: se reunieron un millón y medio de pesetas, una cantidad enorme para aquellos años, que fue enviada íntegramente a Bamako. Desde entonces, cada semana una parte de la colecta parroquial siguió viajando hacia África. Era una forma de recordarnos que la solidaridad no entiende de fronteras.
Entre andamios y flores de almendro
En 1973 fue don Pedro quien casó a Ana y a mí en la iglesia de Haza Grande. El templo estaba todavía en obras y los andamios ocupaban buena parte de su interior. Cualquiera habría pensado que no era el lugar más adecuado para celebrar una boda. Pero nosotros nunca tuvimos la menor duda. Aquella era nuestra parroquia, el barrio donde habíamos crecido, y él seguía siendo, sencillamente, nuestro cura. No nos casábamos solo en una iglesia; nos casábamos en el lugar donde habíamos aprendido a vivir.

Nuestros amigos quisieron que aquel día fuera tan especial como lo había sido nuestra infancia compartida. Recorrieron los campos cercanos y llenaron la iglesia de ramas de almendro en flor. Entre los andamios, el blanco de las flores convirtió aquel templo inacabado en un lugar de una belleza inesperada. No había grandes adornos ni lujos, pero sobraban el cariño, la amistad y la ilusión.
A veces pienso que ninguna iglesia engalanada habría podido ofrecer un marco más hermoso. Porque la verdadera decoración no eran las flores, sino las personas que llenaban aquel templo: vecinos, amigos y compañeros que habían compartido con nosotros la vida del barrio y que, de una u otra forma, también eran hijos de la obra silenciosa de don Pedro. Aquella boda no fue solo el comienzo de nuestra vida en común; fue también una forma de agradecer, sin necesidad de palabras, todo lo que aquel sacerdote había sembrado entre nosotros.

La huella de una vida
Con los años, don Pedro regresó a Granada como párroco de San Andrés. Nuestra amistad nunca se interrumpió. Bautizó a nuestra hija, siguió visitándonos con frecuencia en nuestra casa de La Zubia y continuamos compartiendo largas conversaciones en las que siempre había tiempo para hablar de libros, de música, de la Iglesia, de Granada, de la actualidad y de la vida.


A pesar de sus nuevas responsabilidades, nunca dejó de interesarse por quienes habíamos sido aquellos niños de Haza Grande. Conservaba esa extraordinaria capacidad para hacerte sentir importante, como si en aquel momento no existiera nadie más que la persona que tenía delante.
También continuamos viajando juntos. Desde aquellas excursiones infantiles a la Alfaguara, Jesús del Valle, las Caserías o el nacimiento del Darro, siempre caminando desde el barrio con la mochila al hombro, hasta viajes por distintos lugares de España. En cada salida había una lección escondida. Don Pedro no organizaba excursiones; organizaba descubrimientos. Nos enseñaba a contemplar un paisaje, a entrar en una iglesia románica, a escuchar el silencio de un monasterio o a detenernos delante de un cuadro para mirar más allá de lo evidente. Sin darnos cuenta, nos estaba enseñando a mirar el mundo.

Con el paso del tiempo sus fuerzas comenzaron a apagarse. Pasó sus últimos años en la residencia sacerdotal del Arzobispado, en la plaza de Gracia. Allí seguimos visitándolo con la misma naturalidad con la que, décadas atrás, llamábamos a la puerta de la casa parroquial de Haza Grande. Ya no era el sacerdote joven que recorría las calles del barrio, pero conservaba intacta la mirada serena de quien sabe que ha dedicado su vida a los demás.
Nunca hablaba de sus méritos. Quizá porque los hombres verdaderamente buenos rara vez son conscientes del bien que hacen. Tampoco imaginó, estoy seguro, que muchos de aquellos niños terminaríamos llevando con nosotros buena parte de cuanto nos enseñó.
Cuando hoy regreso a Haza Grande, ya no encuentro aquel barrio de calles embarradas, de casas sin agua corriente y de niños jugando entre descampados. El tiempo lo ha transformado casi todo. Sin embargo, hay algo que permanece. Sigue vivo el recuerdo de un sacerdote que creyó en la educación cuando otros solo veían pobreza; que sembró cultura donde apenas había oportunidades; que convirtió una parroquia en una escuela de ciudadanía y enseñó a varias generaciones que la solidaridad no era una palabra bonita, sino una forma de vivir. El verdadero legado de don Pedro no fueron los edificios ni las actividades, sino las personas que ayudó a formar.
La deuda de gratitud
A menudo me pregunto qué habría sido de muchos de nosotros si don Pedro no hubiera aparecido un día por aquellas calles. Nunca lo sabremos. Lo que sí sabemos es lo que ocurrió gracias a él. Muchos descubrimos la música, el teatro, los libros o el placer de aprender. Otros encontraron apoyo en momentos difíciles. Algunos orientaron su compromiso social. Todos aprendimos que la dignidad de las personas no depende del lugar donde nacen, sino de las oportunidades que encuentran en el camino.
Hoy tengo ochenta y un años. La vida me ha regalado experiencias que aquel niño de Haza Grande jamás habría imaginado. He conocido a personas extraordinarias y he tenido la fortuna de seguir aprendiendo hasta hoy. Pero cuando intento descubrir el origen de muchas de las cosas que han dado sentido a mi vida, siempre termino regresando al mismo lugar: aquella pequeña parroquia de San Francisco Javier y aquel sacerdote que un día decidió abrirnos una ventana al mundo.

Escribo estas líneas porque la gratitud también necesita memoria. Vivimos en una sociedad que recuerda con facilidad a los poderosos y olvida demasiado pronto a quienes transforman silenciosamente la vida de los demás. Don Pedro Jiménez Olmedo pertenece a esa inmensa legión de personas anónimas que nunca buscaron reconocimiento, pero que cambiaron el destino de un barrio entero simplemente haciendo bien su trabajo, escuchando, educando y tendiendo la mano a quien la necesitaba.
Dicen que nadie muere del todo mientras permanezca en la memoria de quienes lo quisieron. Si eso es cierto, don Pedro sigue caminando por las calles de Haza Grande. Sigue preguntando a algún muchacho adónde va a esas horas, sigue llenando la parroquia con el sonido del gregoriano, sigue recorriendo el barrio en su pequeño Isetta y sigue sonriendo, quizá con la misma indulgencia con la que un día nos sorprendió comiendo las rosquillas de Cloti después de haber saqueado las «fresas del obispo».
Y me gusta pensar que, al ver en qué nos hemos convertido aquellos niños, esta vez sí diría con una sonrisa:
—Ahora sí os las merecéis.
ÍNDICE DE LA SERIE
Primera parte: Cuando un cura llegó para construir una comunidad
Segunda parte: La revolución silenciosa de don Pedro
Tercera parte: El valor de ponerse siempre al lado de la gente
Cuarta parte: El mismo compromiso, otro destino






Deja una respuesta