Yo visito al mediodía
las arenas de la playa
pero me quedo a unos metros
del espumeo de las aguas,
al socaire de un chiringo
de placidez sombreada
do sirven cerveza fría
y chipirón a la plancha.
Hay también a un par de pasos
una barquita ancorada
con espetos de sardinas
chispeando entre sus brasas
cuyos olores conmueven
hasta al lucero del alba.
Desde mi atalaya veo
a la gente que se baña
torrándose con afán
barriga, culo y espalda,
y, sudando como pollos,
se zambullen en el agua
para en braceos impostados
dar la impresión de que nadan,
siendo apenas unos metros
los que en realidad avanzan
y retornan, casi exhaustos,
a tumbarse en la toalla
torso arriba, torso abajo
y en la nariz chamuscada
colocándose con mimo
unas versátiles gafas
para ver sin que descubran
a dónde va la mirada,
si a las doncellas de al lado
o las que salen del agua.
Pero yo en mi chiringuito,
con una cerveza helada
y un espeto de sardinas
con turgencias plateadas,
o un platillo bien dispuesto
con sus coquinas y gambas,
me repantigo en la lona
de una azulina butaca
para ver pasar el tiempo
oteando a lontananza
por si allí, en el horizonte,
algunas nubes avanzan
o se aquietan o se mutan
o, como vacas preñadas,
pacen en el azul cielo
cachazudas y abombadas.
Y, si a veces me sacude,
una dulce cabezada
yo me dejo seducir
por sus caricias de nácar
hasta quedarme atrapado
en sus hilillos de escarcha
mientras el olor a espetos
por todos sitios cabalga
lujurioso e indomable
en pertinaz asechanza.
Relación de romances de esta serie veraniega:
6. Vamos a la playa
7. Cita previa
8. Como sardinas en lata






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