José Manuel Martínez Alcalde: «Los impuestos, ese campo de batalla (y 2: Otra perspectiva)»

Hay un concepto en el que sí coinciden derecha e izquierda: el imprescindible crecimiento económico como base de una prosperidad en proceso permanente de mejora. Nadie parece hacerse eco de las probables consecuencias de decrecimiento estructural que pueden ocasionar los muy diversos síntomas de agotamiento del sistema económico imperante en los países más desarrollados y los peligros medioambientales, geoestratégicos, sanitarios y de desequilibrios de todo tipo entre el primer y el tercer mundos. Nadie se atreve siquiera a someter a debate la necesidad de planificar un decrecimiento económico lo más ordenado posible para que no se produzca un cataclismo social de proporciones difíciles de calcular.

Descartando, por ello, la idea de decrecimiento por la unánime urticaria que produciría simplemente aludir a él como posibilidad, nos centraremos en la distinta forma con que articulan sus programas los distintos bloques ideológicos, basados todos ellos en el crecimiento económico. El papel de los impuestos como fuente de recursos o/y como reclamo electoral se erige en piedra angular de las propuestas políticas.

Es una evidencia que la generación de riqueza y el crecimiento económico están íntimamente asociados a la iniciativa de ciudadanos valientes y emprendedores, y a la existencia de empresas bien gestionadas. También lo es que el poder político tiene la responsabilidad de establecer el marco legislativo que posibilite que esa generación de riqueza alcance a todos los agentes que intervienen en el proceso, no solo a los empresarios e inversores, sino también a quienes mediante su esfuerzo y su cualificación imprescindibles contribuyen a la generación de plusvalía. Es lógico y humano que todos ellos se muevan por incentivos, aunque estos sean muy distintos cualitativa y cuantitativamente. Olvidar algo tan obvio genera las distorsiones y los desequilibrios que subyacen en la mayoría de los conflictos laborales y en las visiones antagónicas incompletas que nos ofrecen posiciones políticas aparentemente irreconciliables, que suelen cristalizar en leyes laborales que no resultan aceptables para una de las partes.

El papel de los impuestos como fuente de recursos o/y como reclamo electoral se erige en piedra angular de las propuestas políticas.

El papel de los impuestos constituye en este sentido un factor relevante de las dos visiones contrapuestas de las que hacen gala no solo trabajadores, empresarios e inversores, sino también las organizaciones políticas y sindicales, los medios de comunicación alineados con ellas y la ciudadanía toda. Si en el artículo anterior apuntábamos algunas visiones distorsionadas y simples sobre dichos impuestos por parte de personas y medios de ideología conservadora -o liberal, en una visión igualmente reducida de lo que hoy se considera liberal-, hoy citaremos alguna otra también incompleta y cuestionable de algunos sectores denominados progresistas: Para redistribuir la riqueza de forma razonable, primero se tiene que crear, porque la riqueza no está ahí, esperando a ser repartida sin más obstáculos.

Cuando a una fuerza política se la oye hablar casi en exclusiva de redistribuir lo recaudado con impuestos, de ayudar, de subsidiar, pero nunca o casi nunca de crear la riqueza que propone redistribuir, algo falla. Es cierto que todo individuo tiene derecho a poseer un trabajo digno, pero, igualmente, es también legítimo que quien se esfuerza, arriesga y toma la iniciativa para crear y hacer funcionar de forma eficiente una empresa se vea recompensado no solo por sus méritos, sino también como reconocimiento a la creación de puestos de trabajo. Si no hubiera empresarios que pagan sus impuestos religiosamente y sin quejarse, y que, además, dan a sus trabajadores un trato humano y unas retribuciones justas, creeríamos que todos escurren el bulto a la hora de contribuir al sostenimiento del país de forma proporcional: ese es el tópico habitual porque también hay numerosos casos de fraude fiscal y de economía sumergida, que no contribuyen precisamente al bien general. Somos conscientes de que, desde un punto de vista personal, no son plato de gusto los impuestos.

En personas con altas retribuciones y en empresas que no recurran a la ingeniería fiscal, no son reducidos, pero se trata de cambiar de mentalidad y asumir como lógico que, sin que se llegue a tipos fiscales confiscatorios, como defienden algunos políticos que están fuera de la realidad, quien gana más debe pagar más y eso no le va a producir un grave quebranto. Pondremos un ejemplo: Juan Roig, presidente de Mercadona, se siente orgulloso de haber pagado en el año 2023 más de 2.600 millones en impuestos por su actividad económica en España y Portugal, además de tener una muy numerosa plantilla de 100.000 trabajadores dignamente retribuidos y bien tratados en sus condiciones laborales. Alguien así no puede ser acusado de incumplir sus responsabilidades, no solo fiscales. También hay cientos de supermillonarios americanos, como Bill Gates o Warren Buffet, que han hecho pronunciamiento público reiterado de su deseo de pagar más impuestos. ¿No son actitudes imitables, que indican que hay un evidente margen de mejora, que redundaría claramente en mayores niveles de equidad? Cierto es que no todas las empresas tienen la misma capacidad, pero también muchas de las denominadas pequeñas y medianas cumplen con lo establecido sin victimismo, aunque no tengan detrás equipos jurídicos y económicos con los que practicar lo que se conoce como ingeniería fiscal.

Juan Roig, presidente de Mercadona, se siente orgulloso de haber pagado en el año 2023 más de 2.600 millones en impuestos por su actividad económica en España y Portugal, además de tener una muy numerosa plantilla de 100.000 trabajadores dignamente retribuidos y bien tratados en sus condiciones laborales.

Resulta tremendamente triste y sintomático que consideremos impensable en el muy polarizado y enrarecido ambiente actual un acuerdo transversal como el que se fraguó tras la Segunda Guerra Mundial: el gran contrato social suscrito por las fuerzas económicas, la Socialdemocracia y la Democracia Cristiana, que dio lugar a lo que conocemos como estado de bienestar. ¿Cómo es posible que las partes implicadas, con posiciones aparentemente irreconciliables, no sean conscientes de que solo con un consenso de esa naturaleza se puede salir del monumental atolladero en que nos hemos ido metiendo con usos y fórmulas que ya no dan respuesta a los muy diversos y numerosos problemas actuales y futuros?

En una época en que se niega por muchos ciudadanos la validez de los conceptos de derecha y de izquierda, pero contradictoriamente se apela al centro político como ubicación ideal para alcanzar el éxito electoral, es el avance de ideas claramente antagónicas e irreductibles lo que margina lamentablemente los discursos integradores, que tan necesarios son en estos momentos y que son posibles en Europa, a veces con gobiernos de coalición formados por partidos equiparables a los que en España resulta impensable que se pongan de acuerdo. Es un claro síntoma de que también en esto, es España una anomalía.

(Este artículo es una ampliación y actualización del publicado en IDEAL el 26 de diciembre de 2021)

Granada, 28 de enero de 2025.

José Manuel Martínez Alcalde

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