Aunque el fenómeno va en aumento, van dejando de sorprendernos el descaro y la desvergüenza con que, desde hace algún tiempo, se expresan y se comportan numerosos y destacados representantes políticos. Son algo tan natural, que se han convertido en un ingrediente más de los “argumentarios” que elaboran las cúpulas de los partidos para marcar sus posiciones y para atacar a los adversarios.
Tanto esos políticos activos, como sus medios afines, que ejercen una notable influencia en la opinión pública, constituyen muy a menudo un ejemplo depurado de desfachatez, a la que añadiríamos el adjetivo “desacomplejada”. Estas actitudes hablan bien a las claras de la altura ética y estética que tiene en la actualidad el debate político. Es desfachatez que quien tiene numerosos y graves casos de corrupción en sus filas niegue una y otra vez la evidencia de los mismos, pero eleve a la estratosfera, también de forma recurrente, la importancia de las corrupciones ajenas. Es desfachatez que quien crea y propaga bulos en sorprendente abundancia descalifique ferozmente a oponentes por propagar bulos o incluso dirija sus ataques a quienes se dedican a probar con transparencia cristalina su intencionadamente dañina falsedad. Se considera, en este último caso, que es un ataque inaceptable a la libertad de expresión.
El caso de los EEUU de Trump es un ejemplo depurado de esta lamentable inversión de valores. Lo hemos podido comprobar en la reciente “encerrona” que han dispensado a Zelenski en el despacho oval, humillándolo al mismo tiempo que le reprochaban falta de respeto y que lo hacían responsable de la invasión de su país. Es desfachatez también que quien elogia regímenes populistas y de ínfima calidad democrática censure permanentemente el sistema de su país, por escasa normalidad democrática. Es desfachatez arremeter contra la propagación de odio en política mediante expresiones e insultos que siembran el odio. Así podríamos seguir hasta el infinito. Les suena, ¿verdad?
Es este un síntoma más de que estamos inmersos en una época oscura, en la que la racionalidad, la mesura y el sentido constructivo que debería guiar cualquier acción política, brillan lamentablemente por su ausencia. No aparece por casi ninguna parte la aceptación de que las sociedades son complejas y heterogéneas, con individuos que piensan de maneras diversas, en ocasiones muy distintas a las nuestras, y que no por ello deben ser demonizados ni exterminados. Lamentablemente, se trata de actitudes que se extienden no solo al ámbito político, sino a cualquier hecho o comportamiento humano: la contraposición entre la realidad y nuestros deseos, que produce tantas frustraciones, a veces irreductibles y hasta trágicas, se ha convertido en una fuente de conflictos y de patologías que denotan una sociedad enferma, no dispuesta a asumir que la curación de su mal está en ella misma: la aceptación natural de que no podemos controlarlo todo, de que hay cosas que son como son y de que no todo puede discurrir de acuerdo con nuestros gustos y expectativas.
Este último fenómeno está asociado a otro, desgraciadamente en auge: el del victimismo como recurso de uso creciente. Es evidente que en las relaciones humanas se producen comportamientos reprobables – y hasta dramáticos- que producen víctimas. De ahí a utilizar de forma habitual el papel de víctima para enfrentarse a la realidad va un trecho. A todos nos deben resultar familiares imágenes y situaciones de diversa procedencia, pero con el denominador común de estar protagonizadas por personas que expresan sin ningún rubor ser víctimas de un ataque verbal o de un comportamiento ajeno, convertidos súbitamente en actos de agresión inmerecida y reprobable. Es más, de un tiempo a esta parte, son demasiados los personajes públicos que recurren a una metáfora tremendista para expresar que se sienten víctimas de un “linchamiento” por el hecho de que se repruebe su actuación habitualmente en medios de comunicación.
En este país, no son muchas las personas dispuestas a asumir fallos en el ejercicio de sus responsabilidades y consideran que cualquier crítica las convierte en víctimas de un ataque injusto y cruel. Revela esto un infantilismo y una inmadurez palmarios. Antes, era signo de madurez y honradez personales que alguien que había cometido un acto censurable de forma evidente, hasta el punto, en algunos casos, de ser “pillado in fraganti”, lo reconociera sin más y se justificara o hasta pidiera disculpas.
Ahora, esa actitud es, no ya infrecuente, sino impensable, como podemos comprobar en multitud de situaciones de la refriega política, en la que la acumulación de evidencias irrefutables no es suficiente motivo para que quien posteriormente se comprueba que ha mentido o cometido una grave falta reconozca su inadecuado o hasta delictivo proceder y asuma por ello su responsabilidad en los hechos y las consecuencias derivadas de ella. Siempre se ha producido la misma reacción: la culpa es de los demás: de subordinados, de otras instituciones, preferentemente si son de distinto signo político. Numerosos ejemplos de las últimas décadas son los relacionados con la declaración de independencia de Cataluña o con la corrupción política, económica y administrativa.
En todos esos casos, hemos comprobado que se reproducía el mismo esquema: los acusados se sentían víctimas de una cacería injustificada. Incluso si son condenados por tratarse de hecho manifiestamente demostrado y punible, siguen insistiendo en su inocencia. También en este aspecto del victimismo es el presidente Trump quien se erige en líder mundial: todos hemos podido ver, estupefactos, cómo proclamaba de forma desvergonzada su inocencia y que sus condenas penales por delitos demostrados nítidamente se debían a una “cacería política”, refrendada por jueces corruptos.
Se da para colmo un fenómeno realmente pintoresco: cuando se archivan causas por prescripción temporal, por defecto formal o por otras razones, pero no porque se haya demostrado la inocencia, sino todo lo contrario, los protagonistas sacan pecho, exultantes, presumiendo de haber sido absueltos. Exigen en esos casos que les pidan disculpas públicas sus acusadores y adversarios políticos.
Hay algún ejemplo de signo contrario, mayoritariamente elogiado por la opinión pública: dirigentes políticos que son capaces de hacer autocrítica y de pedir disculpas por actuaciones y situaciones cuestionables, de las que, de ese modo, se sienten, cuando menos, corresponsables. Citaremos un caso ya algo retirado en el tiempo, pero que hablaba bien a las claras de una actitud política responsable y madura: Ángela Merkel, primera ministra alemana en época de la pandemia, reconoció públicamente su cuota de responsabilidad en el número inaceptable de víctimas del COVID en su país.
Como vemos a diario, se trata de algo diametralmente opuesto a lo que sucede en España, donde representantes de partidos con responsabilidades políticas utilizan tanta vehemencia para elogiar la gestión propia y sentirse víctimas injustas de los ataques de sus adversarios, como para descalificar acerbamente a estos, produciendo en ellos el mismo sentimiento victimista.
(Este artículo es una actualización del publicado en Ideal el 18 de mayo de 2021, con el título de “Plaga de desfachatez y de victimismo”)
Granada, 3 de marzo de 2025
Deja una respuesta