Mujeres orando en el interior de una iglesia Atribuido a Palmaroli y González, Vicente :: Museo Nacional del Prado

El relato del domingo, por Pedro Ruiz-Cabello (70): Ana

Desde que murió mi marido, hace ya muchos años, yo no hice otra cosa que dar culto al Señor. Me di cuenta de que mi vida no podía tener ya más sentido que estar cerca de él; por eso vivía prácticamente en el templo, sirviéndolo a diario con ayunos y oraciones. Es posible que me tengan por exagerada o por excéntrica quienes no compartan mi fe, pero yo sé que estos extremos son naturales cuando se ama a Dios, cuando se comprende que él es la luz que ilumina el mundo y la esperanza que a todo ser humano socorre. Soy pobre, me sustento de las limosnas que me dan quienes se apiadan de mí; una viuda en Israel no puede tener, en realidad, otras aspiraciones. Sin embargo, mi consuelo, a pesar de la pobreza, ha sido siempre el Señor; él es mi mejor alimento, el que me proporciona más fuerzas para continuar viviendo.

He llegado, por otra parte, a una edad en la que ya casi no me valgo por mí misma; necesito a veces la ayuda de alguien para desplazarme o simplemente para incorporarme del rincón donde he pasado la noche. Mis pasos son vacilantes, sufro mareos y desmayos que me tienen postrada durante algún tiempo y mi vista ha menguado ya bastante. Son las consecuencias de haber vivido tanto, aunque también pienso que si Dios quiere que esté así, será con algún propósito, porque todo lo que dispone es bueno para el alma de quien no ha dejado nunca de confiar en él.

Puedo decir, aunque resulte sorprendente, que soy inmensamente feliz. La felicidad es un don que también concede Dios; tiene como principal condición la humildad, porque sin ella es imposible que se alcance. Es necesario que el alma no se sienta encumbrada para que Dios la colme de dicha, para que la llene con sus gracias. En mis oraciones yo le agradezco que haya retirado de mí todos los objetos que hubieran podido alejarme de él. Cuando nada se tiene, es mayor la necesidad que se siente del Señor. Esto lo he experimentado yo, a lo largo de mi vida, muchas veces.

El otro día estaba en el templo cuando Dios se presentó ante mí de improviso, de un modo que jamás hubiera imaginado. Lo hizo en la figura de un niño. Yo había estado unos instantes en el pórtico, observando a los fieles que a él se acercaban, quizá en mayor número que otras veces. Hacía una mañana espléndida: un sol de oro bañaba la ciudad, envolviéndola en una atmósfera dulce. De vez en cuando llegaba a mis oídos el canto de unos pajarillos, acaso de los que tenían su nido en los aleros del templo: era un piar tierno que parecía provenir del cielo, como un eco de los cánticos que los ángeles entonaban al Rey de la gloria. Con el tiempo la verdad es que me he vuelto muy sensible; es posible que sea también producto de la vejez, un fruto que he alcanzado después de haber ejercitado tanto mi espíritu. He comprendido que Dios se manifiesta con frecuencia en lo pequeño, en lo que pasa desapercibido a los ojos o a los oídos del mundo.

De pronto, como decía, Dios se me hizo presente aquel día. Yo estaba en el interior del templo cuando vi entrar en él a un hombre y a una mujer que llevaban a un niño. Por la ofrenda que se disponían a hacer, supuse de inmediato que lo iban a presentar al Señor. Algo me indujo a creer entonces que el niño era el Salvador que habían anunciado los profetas y, sin poderme contener, me puse a alabar a Dios y a decir a todos los que me rodeaban que aquella criatura había venido a traer la liberación a Israel. La alegría que sentía me impulsaba a proferir a grandes voces lo que en aquel momento se me había revelado: era la mejor noticia, la buena nueva que había de transformar todos los corazones y que se había de difundir, de boca en boca, hasta que llegara a los más alejados rincones.

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Pedro Ruiz-Cabello Fernández

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