El relato del domingo, por Pedro Ruiz-Cabello (72): Las cosas sencillas

La vida es más sencilla de lo que parece. A veces se da importancia a cosas que no la tienen, se copian comportamientos o se persiguen objetivos ambiciosos, con los que se saciarían las ansias de tener lo que el otro posee o de gozar placeres que se antojan imprescindibles.

El mundo es cada vez más complicado: se amontonan en él los logros, las realizaciones de proyectos que se conciben en sociedades que no están satisfechas con lo que han heredado. Se producen también frustraciones cuando no se cumplen los deseos, cuando no se alcanzan los objetivos que se hubiesen planeado. Hay gente que siempre anda descontenta y que siente envidia de lo que otros han conquistado, de los bienes que con gran jactancia de ellos ostentan. A medida que se va creciendo y que se cumplen etapas, se va cayendo en esta especie de enredo o de confusión en la que los hombres y las mujeres de los tiempos actuales viven. Es una fuerza que succiona y a la que es difícil sustraerse, a la que se sucumbe fácilmente si no se tienen unos principios firmes, unas creencias en las que apoyarse.

La inocencia de los primeros años desaparece, se extingue en cuanto comienza la carrera que con la edad se emprende, una carrera que en muchas ocasiones no lleva a ninguna parte o que solo conduce al desengaño y a la desazón cuando no se atraviesa la meta que se vislumbraba al principio.

Habría que volver, pues, a la sencillez de los orígenes, cuando todo se convertía en un apasionante descubrimiento. Nada impedía entonces disfrutar de lo que a los ojos se ofrecía o de lo que a los oídos llegaba como un murmullo apacible o como una música divina. La vida se componía de pequeños sucesos, de detalles ínfimos, de instantes precisos que parecían eternos. Se había nacido en un mundo bello, dispuesto para el goce de los sentidos, igual que si se hubiera ingresado en un paraíso.

En aquel tiempo, todo era idílico: la claridad diamantina de las mañanas de invierno con sus punzadas de intenso frío, el contorno azulado de los montes lejanos, el esplendor de los labrantíos en los días primaverales, la calina de los veranos cerniéndose sobre los tejados, el sol templado del otoño derramando su luz breve sobre los grises olivares, el fulgor del agua en los azarbes, la placidez de los patios cercados de tapias alabeadas, la penumbra de galerías interiores y de cuartos clausurados, las cámaras y los desvanes abandonados en los que late el misterio de un tiempo encantado… Nada era disonante ni disconforme en aquel conjunto armónico de imágenes y de sonidos agradables, en aquel concierto acordado de una realidad que siempre sorprendía al espíritu que a ella con una fe inquebrantable se entregaba.

La memoria recupera momentos vividos, retazos de una existencia antigua en la que la inocencia aún no se había perdido. Es difícil averiguar cuál es la razón de tanto desvarío, de tanta acumulación de afanes desmedidos, de deseos que no se cumplen. Quizá sea una inclinación oculta que se manifiesta a partir de un determinado momento, cuando ya el ser humano carece del valor de oponerse a ella, de acogerse al bien para el que había sido creado, a la felicidad a la que lo llevaba su corazón de niño afortunado. No es fácil saber dónde estuvo el origen del cúmulo de despropósitos en que después se convirtió la existencia humana.

Quizá haya todavía una posibilidad de retornar al principio, a la etapa que ahora se recuerda como un sueño dichoso. Sí, la vida es más sencilla de lo que parece: la memoria da fe de ello; solo basta retroceder en el pasado para tener constancia de una verdad incontestable, de una fuente de gozo que no debería nunca agotarse. Es necesario volver, regresar a aquella edad en la que la alegría era el resultado de una búsqueda constante, en la que nada era turbio ni fragoso.

Pedro Ruiz-Cabello Fernández

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