La llamada o apelación a reivindicar y poner en valor la necesidad de aprender a pensar, de reflexionar, de meditar, de contemplar y “prestar atención” al mundo que nos rodea, es una constante en las filósofas más lúcidas y en los pensadores más atentos a los “signos de nuestro tiempo”, de la época contemporánea, porque en estas acciones u operaciones de nuestro intelecto y espíritu, nos jugamos nuestro futuro como especie, que —en una hipotética “situación límite” para su supervivencia— podría optar (consciente o inconscientemente) por el Humanismo verdadero (en donde encontraría su salvación) o por la Barbarie (que le arrojaría a su inexorable condenación).
Acciones y operaciones intelectuales como esas, son hoy día más necesarias que nunca, hasta tal punto que, como Simone Weil refería en obras como Sobre la belleza, La gravedad y la gracia o El silencio de Dios, su ausencia podría explicar la crisis de los valores e incluso de la religiosidad de nuestro mundo actual y de nuestra sociedad contemporánea. A ese olvido, se debería el hecho de que ciertos contenidos de la fe hayan perdido su validez, de que ya no creamos en Dios a la manera tradicional, o de que la Iglesia haya agotado —en grandes masas de la población de las sociedades occidentales, católicas y cristianas— una gran parte de su credibilidad.
En efecto, la “ausencia del referente divino” o el denominado “silencio de Dios”, en nuestro tiempo —que ya anunciaron algunos filósofos como Nietzsche a finales del XIX (en la Gaya Ciencia) o algunos teólogos protestantes radicales de “la Muerte de Dios”, en la década de los 60 del pasado siglo (seguidores todos del teólogo protestante alemán Dietrich Bonhoeffer, inmolado en Auschwitz) como William Hamilton, Thomas J. Altizer, Paul Van Buren, Frederik Gogarten y otros— pueden deberse y explicarse, en opinión de la pensadora y mística seglar francesa S. Weil, por una serie de razones estructurales, de las que no somos suficientemente conscientes, como son el declive de la atención o, lo que es lo mismo, de la meditación y de la reflexión por parte del hombre de nuestro tiempo, que derivarán en su incapacidad para pensar correctamente.
Se trata de una “crisis de la vista y del oído”, decía ella, hasta llegar a concluir en que “no es Dios quien ha muerto, sino el ser humano al que Dios se revelaba”. Un ser humano, cuyas percepciones visuales y auditivas se han vuelto extremadamente “voraces”, hasta perder toda dimensión contemplativa, constatable hoy en día por el frenesí consumista de los individuos de las sociedades desarrolladas occidentales, que se atracan de “series” de películas, de innecesarios objetos de consumo, de basura informativa en determinadas redes sociales y de “sonidos y de visiones” lúdicas o pornográficas que se convierten en adicciones tóxicas y alienantes, que lo van alejando cada vez más de su más íntimo ser y de su dignidad personal, cosificándolo.
En este sentido Simone Weil —que no llegó a conocer este caótico panorama, pero que, tal vez, lo intuyó o previó bajo la forma de consumismo estéril y adictivo— nos muestra en estas palabras aleccionadoras, avisos y anuncios de peligros futuros: “Mirar y comer [o consumir] son dos cosas diferentes. Hay que optar por la una o por la otra… Sólo hay una esperanza de salvación para quienes consigan permanecer un tiempo mirando en lugar de comiendo”. No sólo de pan vive el hombre: comer sirve exclusivamente para saciar una necesidad física o material. Mirar, contemplar es lo único que nos redime de la inmanencia del consumo, desprovisto de sentido. Debemos meditar o reflexionar sobre lo que nos rodea, mirarlo, contemplarlo, en vez de querer consumirlo vorazmente todo. Y Ortega y Gasset, en su ensayo, Ensimismamiento y alteración, desde una perspectiva secularizadora totalmente diferente, también incidía en la enajenación y obnubilación o alteración del hombre hodierno que habría perdido su capacidad de ensimismarse, de pensar, prestar atención a su circunstancia y de meditar.
Esta preocupación aparece, ya, en muchos Diálogos platónicos de su segundo periodo, idealista o doctrinal; y más específicamente en el libro, tal vez, más impactante, dramático y ejemplarizante de toda la historia de la filosofía occidental: un texto breve de 35 a 40 páginas, pero intenso, y desgarrador como ningún otro. Me refiero a la Apología de Sócrates, de Platón (399 a. C.); el mayor manifiesto sobre la función de la filosofía que jamás se haya escrito. Y aparecerán también en dos obras esenciales de Hannah Arendt: en La vida del espíritu (1973) y en Eichmann en Jerusalén. Estudio sobre la banalidad del mal (1968), escritas casi 2500 años después.

En ese monólogo, Sócrates insistía permanentemente en la necesidad de examinarse a sí mismo (Zétesis), para “hacerse cargo de sí” y “de lo que acontece a su alrededor”: esto es, de interrogar, discutir, investigar acerca de todo lo que sucede en la Polis, en la educación, en la política o en la sociedad. Esto es: una nueva manera de enfrentar la realidad, la circunstancia que nos rodea. Sólo, mediante la sabiduría proporcionada por una vida “examinada”, es posible una conducta ética, que nos libere del mal por nuestra culpable ignorancia o inconsciencia.
Únicamente, desde ese tipo de praxis ética, sería posible, para Sócrates, una vida plena y humana, esto es cívica y política, puesto que instaba, permanentemente, al respeto a la Ley de la Polis. Pero también a la crítica de la injusticia, de la mentira, del dogmatismo y de la intolerancia ideológica, religiosa o política, que pudiera inducirnos al conformismo, a la obediencia, a la aceptación de la mordaza y del silencio amedrentado: “Dios me puso sobre la ciudad como el tábano sobre el caballo, para que no se duerma ni amodorre”, era su principal máxima a este respecto. La imagen del “aguijón” que inquieta y despierta las conciencias adormecidas de los ciudadanos representará la función crítica y denunciadora del filósofo y de la filosofía en la Ciudad.
De esta manera, coincidirán, la insobornable exigencia socrática de una “vida examinada”, acompañada de una conducta moral reflexiva y la ineludible prescripción arendtiana de cuidar y velar por alcanzar una vida regida por la facultad de pensar: entendida por ambos como capacidad para deliberar o distinguir y diferenciar el bien del mal, la belleza de la fealdad, la verdad de la falsedad, lo justo de lo injusto, la libertad de la esclavitud. Ese “cuidado” en el uso adecuado y correcto de nuestro pensamiento y de nuestra “capacidad de pensar” es el único instrumento que nos puede liberar de la barbarie y del sinsentido. Y también, un compromiso con los demás, con la sociedad — como Sócrates propugnaba— para que no se dejen engañar, manipular o narcotizar por los interesados y fraudulentos relatos del Poder establecido en cada momento o circunstancia o “lo políticamente correcto”.
A ello se refería Sócrates cuando insistía en afirmar que “una vida sin examen no merece ser vivida por un ser humano”. Si los nazis (y una gran parte del pueblo alemán, educados en la obediencia ciega y absoluta) hubieran pensado por su cuenta —añadirá Hannah Arendt— no habría existido el Holocausto, la Shoah o la Catástrofe. Y si nosotros lo aprendemos y aplicamos correctamente nos permitirá “no hacer banalmente el mal”, o no caer en él por inconsciencia, por “no pensar”.
[NOTA: Este artículo de Tomás Moreno Fernández se ha publicado en al edición impresa de IDEAL, correspondiente al jueves, 20 de marzo de 2026, pág. 20]





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