A partir de cierta edad, íbamos cada vez con más frecuencia de excursión a la sierra; buscábamos fósiles o piedras que tuvieran una forma o un color que nos atrajeran, trepábamos por laderas escabrosas, seguíamos el curso de veredas que nos conducían a parajes maravillosos, a alguna cueva que encerrara para nosotros algún secreto.
Una mañana que habíamos salido del pueblo temprano, después de haber andado mucho, llegamos a un lugar en el que no habíamos estado nunca. Era una zona abrupta, con muchos riscos, algunos de un tono negruzco. Entre dos colinas pobladas de olivos se abría un estrecho pasaje, un gollizo en el que crecían numerosas cañas. Por curiosidad nos adentramos en él.
Era una mañana fresca de primavera, con un cielo azul transparente. El suelo estaba húmedo. Un hilo de agua, procedente de algún manantial oculto, discurría entre los terrones y las piedras. Tuvimos que andar con cuidado por algunas partes, pues estaban muy resbaladizas. Se oía el piar de unos pajarillos, muy lejano, muy hondo. Éramos tres amigos los que componíamos aquella expedición, ya que otros amigos por distintos motivos no habían querido acompañarnos. No serían aún las diez de la mañana. Unas ráfagas de un airecillo todavía frío movían de vez en cuando las cañas, produciendo un susurro tenue. Era un lugar en extremo apacible. Daba la impresión de pertenecer a otro mundo, a otra tierra. Nos resultaba extraño que se hallase allí, en medio de aquella sierra de cerros pedregosos y montes cenicientos, entre aquellas escarpadas colinas. Con cierta dificultad conseguimos pasar por medio de aquel cañaveral que cubría uno de los bordes del gollizo. Entre las cañas penetraba la luz del sol; era una luz que parecía ser la misma que había brillado en los días azules del paraíso. Tal vez era aquel sitio donde nos encontrábamos un resto, un rincón del territorio que habitaran nuestros primeros padres. Era tanta la belleza que allí se reunía que se antojaba imposible hallarla repetida en el mundo.
Quizá fuera un deslumbramiento de aquel día, provocado acaso por alguna razón misteriosa, ya que en las ocasiones en que volvimos a pasar por allí, acompañados a veces por los otros amigos, nunca experimentamos una impresión tan profunda como la que experimentamos aquella mañana de primavera. El sitio seguía revestido de una indudable belleza, pero le faltaba la magia que en él habíamos descubierto entonces, quizá porque lo que se siente la primera vez es ya irrepetible o porque se producen en la vida sucesos que resultan inexplicables, por más que se intenten buscar las causas que los ocasionaron.





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