Llevo tres lustros ejerciendo la bonita profesión del magisterio. Tiempo suficiente para poder realizar una valoración sobre nuestro sistema educativo. Nos han vendido que los profundos cambios mostrarían sus resultados. Y así es.
Modificaciones continuas basadas en leyes educativas que lo único que hacen es cambiar el nombre a lo que de alguna manera ya se venía aplicando con la anterior. Y es que una ley viene a sustituir a otra, leyes sostenidas por grandes campañas de marketing que las venden como el gran cambio que necesita la sociedad.
La conclusión es evidente: estamos engañando a nuestro alumnado. Nuevas metodologías basadas en proyectos, nuevas tecnologías, inteligencia artificial, mucha gamificación, enseñanzas bilingües y trabajo cooperativo que no lejos de mejorar la situación la ha empeorado. Los indicadores hablan por sí solos. Pero qué bien queda señores. Y no es que estos cambios novedosos no sean positivos, sino que no han tenido el efecto deseado. Quizás podamos imaginar que precisamente esto ocurre por el uso indebido de las leyes educativas como arma política y no social. Ni tan siquiera son capaces de lograr un gran pacto educativo para el país basado en el consenso. Claro está, leyes que permiten que el alumnado pase de curso con varias materias suspensas, con las que se regalan títulos en la etapa obligatoria con varias materias no superadas, e incluso, hasta en la educación postobligatoria. Ahora lo importante son los números, los aprobados, pero a qué precio. Siempre la calidad fue mejor que la cantidad. Eso sí, lo importante es que nuestros pupilos estén motivados.
Nuestra praxis docente diaria lo atestigua: alumnos cada vez peor preparados, temarios menos exigentes, alumnado que finaliza la etapa obligatoria con dificultades de expresión escrita y oral, faltas de ortografía, desconocimiento de aspectos culturales básicos, resultados en pruebas externas en decadencia. Pero con orgullo de decir que mi hijo realiza estudios bilingües por el mero hecho de tener una pregunta del examen a contestar en inglés. En definitiva, lo que podría calificarse como la sepsis educativa española.
Los ancestrales métodos tenían sus contraindicaciones, muchas, pero anhelo cuando salíamos del colegio y del instituto con valores, y medianamente preparados para desenvolvernos en una nueva vida.
[NOTA: Este texto de Antonio Extremera fue publicado en la sección de Cartas al Director de IDEAL el pasado 3 de marzo de 2026]

Antonio Extremera
Profesor de Enseñanza Secundaria y Bachillerato en activo
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