José Rodríguez Sánchez: «La lectura»

En esta semana de primavera dedicada al libro, me nace compartir una vivencia real que tiene como hilo conductor algo tan sencillo —y a la vez tan poderoso— como la lectura. Cuando mi hija tenía apenas tres años, era una niña tímida, como tantas otras a esa edad. Para ayudarla a soltarse, a su madre se le ocurrió una idea tan ingeniosa como tierna: pedirle que leyera en voz alta con una excusa cotidiana, casi inocente: «Con el trabajo no tengo tiempo de leer, ¿me puedes leer tú?». Y así empezó todo.

Lo que comenzó como un pequeño ejercicio para vencer la timidez se convirtió, sin darnos cuenta, en un ritual diario. Después de la merienda, libro en mano, mi hija leía. Al principio, cuentos infantiles, historias sencillas, propias de su edad. Pero el hábito ya estaba sembrado. Y creció. Con los años, aquella niña tímida se transformó en una lectora apasionada. Terminó la secundaria y se marchó a Madrid para continuar sus estudios en la universidad. Podría pensarse que la distancia rompería aquella rutina, pero ocurrió justo lo contrario: la transformó. El teléfono fijo se convirtió en el nuevo puente. Día tras día, desde Madrid, seguía leyéndole a su madre. Aquellos cuentos iniciales dieron paso a lecturas más complejas, más adultas, más compartidas: novelas que ambas descubrían al mismo tiempo, páginas que las unían a pesar de los kilómetros. Y así, año tras año.

Llegó después otra etapa aún más lejana: una beca la llevó a China. Cambiaron los horarios, los paisajes, los idiomas… y también la tecnología. El viejo teléfono fijo quedó atrás. Ahora era el móvil, y a través de una pantalla —con aplicaciones que acortan el mundo— madre e hija no solo seguían leyendo juntas, sino que podían mirarse mientras lo hacían. La voz se mantenía, pero ahora también estaban los gestos, las sonrisas, la complicidad visible. La distancia nunca fue un obstáculo. La lectura, en cambio, fue siempre el vínculo.

Han pasado más de treinta años desde aquel primer “¿me lees un cuento?”. Treinta años en los que los libros han sido mucho más que historias: han sido compañía, excusa, refugio y, sobre todo, un hilo invisible que ha mantenido unidas a una madre y a una hija a lo largo del tiempo y del espacio. Esta historia de vida revela una verdad que a menudo pasamos por alto: ese objeto aparentemente sencillo, que a veces parece destinado solo a decorar un mueble o a acumular polvo, es en realidad una puerta a mundos infinitos. Un libro, cuando se abre, no es papel y tinta: es vida que emerge, historias que nos envuelven, conocimiento que ilumina, ciencia que transforma nuestra manera de entender el mundo.

Quizá sea el invento más revolucionario de la historia, precisamente por su simplicidad y cercanía. Y, sin embargo, como ocurre con tantas cosas cotidianas, tendemos a subestimar su valor. Un libro es mucho más que un objeto: es un tesoro accesible, una herramienta silenciosa capaz de despertar la imaginación, ampliar horizontes y, en muchos casos, cambiar el rumbo de una vida. Un libro es vida compartida. Y, a veces, también es la forma más hermosa de quererse a distancia.

[NOTA: Este texto de José Rodríguez Sánchez se ha publicado en la sección de Cartas al Director de IDEAL correspondiente al miércoles, 29 de abril de 2026, pág. 23]

El autor del texto con su familia ::A. ARENAS
José Rodríguez Sánchez

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