En la actualidad el ser humano no se ha acostumbrado al tránsito del ruido al silencio, hoy todo está marcado por la barahúnda de motores donde nunca se acaba lo insustancial de lo cotidiano; es el caos del mundo moderno que contrasta con el pisar reposado para mirar el mundo de otra manera. Las emociones, los sentimientos y la belleza no son muy valoradas.
Los modelos educacionales – modulados colectivamente a través de la retórica progresista- están basados en condenar para siempre a nuestros jóvenes a no tener más ideas que las justas. Por tanto, al perder la capacidad de ir despacio, dejamos de mirar al mundo para pasar a consumirlo de reojo; Así que, si algo no nos reporta verdaderamente utilidad inmediata o no se puede cuantificar, el mercado lo etiqueta como irrelevante.
Pero para cambiar este mundo distraído y superficial, para rescatarnos a nosotros mismos es necesario ventilar los sentidos, detenernos a escuchar los movimientos del propio corazón y traducir el silencio. Y esto solo lo puede hacer la poesía como lo han hecho a través de los siglos los grandes poetas que custodian la memoria de la humanidad, pero nunca con esa poesía de nuestros días: inerte, inane, frágil, superficial, de una vacuidad inacabable, sin una mínima chispa de la que brote una emoción o un sentimiento y con una presencia abrumadora del yo.
No, la poesía no se aprende en las escuelas ni en las universidades, ni siquiera en los talleres literarios; si bien, tampoco es un don innato y me atrevería a decir que su esencia tampoco tienen mucho que ver con las musas o la inspiración. La poesía es el misterio, un brote del espíritu, es física, matemáticas, brujería, astrología, alquimia; es ese no sé qué al que se refería el padre Feijoo (Benito Jerónimo Feijoo, 1676-1764) En fin, son palabras que, como seres vivos, nos iluminan los espacios interiores y recorren nuestros silencios.
Goethe describió su carta astral como forma poética que enmarcaría su destino; posteriormente, expresa su concepto panteísta y su profunda fascinación por las fuerzas universales; para él, el mundo era un organismo vivo que requería contemplación y, por tanto, entendía que la ciencia, el arte y la poesía eran ramas de un mismo árbol. El mismísimo Nietzsche utilizaba la poesía para romper las verdades absolutas y la rigidez de la lógica. De esta manera, la poesía estaba condenada a convivir con el misterio y al lado del misterio. También, el autor prusiano – hoy estado de Sajonia – quiso poner nombre a lo desconocido,y era uno de aquellos filósofos-poetas que actuaban en un terreno donde es fácil observar y comprender que la poesía operaba en muchas ocasiones como un método científico de primer orden para capturar verdades, que la lógica rígida y el lenguaje conceptual no pueden nombrar.
De igual manera, el magisterio de María Zambrano, nuestra gran filósofa-poeta, nos enseñó que la razón fría e instrumental es insuficiente para salvarnos. La filósofa malagueña nos propuso la «razón poética»: un pensar que no teme descender a las profundidades de la intimidad humana, y un mirar que se detiene en los rincones oscuros del alma para rescatar lo que el ruido del mundo ignora. Para Zambrano la palabra poética no es un adorno inútili, sino el único lenguaje capaz de traducir ese silencio creador del poeta; para ella poesía y filosofía son dos mitades del hombre y decía «no se encuentra el hombre entero en la filosofía; no se encuentra la totalidad de lo humano en la poesía»; pues bien, la poesía neorrealista actual, vestida con el traje democrático, someten al lenguaje a los rigurosos imperativos de la vida corriente – nada de metáforas para volver a nombrar el mundo – hasta meternos en el bar de la esquina, en hoteles, en carreteras, en el tráfico de la ciudad o en el color de las botas de jugadores de fútbol, con un prosaísmo y un lenguaje tan cotidiano que la poesía pierde todo el misterio, toda la música o cualquier ambición metafísica.
Antes bien, esta última forma expresiva ha conseguido durante décadas asfixiar a voces muy valiosas, bajo el paraguas económico e institucional del aparato ideológico del Estado. La censura moderna no funciona prohibiendo o denostando lo que fuere, sino que hoy lo hace de manera más silenciosa: puedes publicar, pero nadie te lee y puedes opinar como yo estoy haciendo ahora mismo, pero el sistema no te recomienda y, cuando esto ocurre, formalmente tienes libertad de expresión, pero en la práctica tu voz queda en nada, porque no llega a ningún sitio. He leído a grandes poetas de la actualidad granadina – capital mundial de la poesía – como Antonio Enrique, José Lupiañez, Enrique Morón, Fernando de Villena, entre otros, en donde sus obras líricas demuestran que el verso debe ser un templo de belleza y de trascendencia absolutas y que la poesía de grandes autores – no solo locales, sino internacionales – no está para certificar la vulgaridad del día, sino para salvarnos de ella a través del ritmo, la forma bien construida, los silencios y el temblor del sentimiento cuando se libera de lo cotidiano.





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