Antonio María junto a la familia de Gerardo y Casilda/Cortesía de su hermana Patrocinio Grande García. [Restaurada y coloreada con IA]

Antonio María y la experiencia cooperativa en Cogollos

Quien camina solo llega más rápido, pero quien camina acompañado llega más lejos” (Proverbio árabe)

Si alguna vez se dejaron arrastrar por el impulso apasionado de las actividades colaborativas y cooperativas estas líneas no les serán de ningún modo ajenas, aunque se circunscriban a un espacio temporal y geográfico determinado: el municipio de Cogollos de Guadix en los años del tardofranquismo. En este caso, dedicadas a la memoria de uno de sus hijos; a alguien que luchó por alcanzar un sueño colectivo y que trató de insuflar esperanza a un pueblo anclado todavía en el atraso y la pobreza.

Antes de nada, reconoceré que en un tiempo lejano, mientras estudiaba en la Universidad Laboral de Tarragona, a mí también me asaltaron ideas ligadas al progreso social y económico del terruño. El descubrimiento personal del mágico mundo de las Artes Gráficas hizo que rondara con insistencia por mi cabeza la instalación allí de una imprenta. Una empresa con la que, rodeado de familiares y amigos, afrontar el futuro con optimismo. Pero, solo fue un frágil anhelo, una aspiración vana y una ilusión de juventud.

Antonio María junto a su hermana Herminia a la izquierda, su cuñado Paco a la derecha y su sobrino José María abajo/Cortesía de Feliciano García Carreño [Restaurada y coloreada con IA ]

Antonio María nació el 1 de agosto de 1901 en el Barrio de Enmedio de Cogollos. Sus padres fueron Maximiliano García Soto y Patrocinio Molero Porcel. Pasada su infancia de niño inquieto y despierto, como solía ocurrir con la mayoría de los jóvenes de origen humilde de la época, la única vía para continuar los estudios fue su ingreso en el Seminario Menor San Torcuato de Guadix. Allí permanecerá durante seis cursos preparatorios, hasta que, junto a varios compañeros del pueblo, tomará la decisión de salirse. Una postura que sus padres no compartirán ni comprenderán.

En esos momentos de crisis e incertidumbre vital determinará marcharse a América. Así, se trasladará hasta el puerto de Almería. Una vez allí cambiará de planes y pondrá rumbo al norte de África. Inicialmente con destino a la ciudad de Tánger; pues en dicho lugar había fallecido uno de sus hermanos en la Guerra de Marruecos. Después dirigirá sus pasos hacia la población surgida tras el conocido desembarco hispano-francés de septiembre de 1925 en la costa rifeña (Rif), Villa Alhucemas anteriormente bajo la denominación de Villa SanJurjo. Lugar este en el que entrará en contacto con el conocido fotógrafo José Lacalle Quijano, que le propuso dar clases a sus hijos y a cambio le introdujo en el arte de la fotografía. Un aprendizaje que le permitió iniciar el primer negocio: un estudio fotográfico. Le seguirá su incursión, junto a otro socio, en el próspero sector de la industria de la construcción: tejas de arcilla y hornos de cal. Además, se adentró en el sector primario con la puesta en marcha de una granja de cerdos. Incluso algunos de sus familiares y amigos se desplazarán hasta tierras norteafricanas para colaborar en la gestión de las empresas, que requerían abundante mano de obra. Durante estos años también se unió en matrimonio coránico con su pareja, Luisa (Luwiza). Unos tiempos felices que pronto empezarán a mostrar sus más agrios reveses: desde el punto de vista sentimental su mujer, que tenía origen marroquí, fue obligada al destierro a Casablanca y, en lo estrictamente económico, una epidemia de peste porcina le obligará al sacrificio de los animales. Del descalabro económico poco a poco se recuperará, del afectivo puede que no tanto.

Estado de abandono de la nave de la cooperativa en el verano de 1972/Erik Klijzing

Ahora sí, después de pasados más de veinte años, regresará al pueblo natal, intensificará los contactos familiares y se comprometerá en la organización de la tradicional fiesta de La Carretá. De aquel encuentro y del conocimiento profundo que seguía manteniendo de la realidad de la localidad puede que surgiera su apuesta por hallar una salida de desarrollo para Cogollos; sus iniciativas en el Protectorado Español de Marruecos bien podrían ser el ejemplo a seguir.

Emplazamiento de la nave de la cooperativa con la sierra al fondo/Erik Klijzing

La experiencia duró un año escaso, entró en bancarrota y dejó de existir. Los jóvenes estudiantes recogieron dos posibles versiones del aún reciente fracaso. Por una parte, nuestro protagonista atribuyó el resultado adverso del proyecto “a las intrigas de un número de personas con importantes poderes económicos en el pueblo que ocupan cargos distinguidos. Cuando ellos se vieron amenazados en sus posiciones trataron de desacreditarme con que iba a desfalcar el dinero de la cooperativa”. Otra versión, aludía, sin dejar de lado los rumores sobre la posible estafa y deshonestidad, “a que al pueblo [aún] le faltaba la confianza y unidad”.

En mi opinión, ambas teorías son compatibles en una sola: el promotor de la sociedad cooperativa, un hombre bueno y sencillo, arriesgó su dinero (él mismo lo llegó a cuantificar en más de 600.000 pesetas) y el resto especialmente los más influyentes socialmente a rentabilizar al máximo su aportación, es decir, a aprovechar la situación: retirada particular de abonos, piensos, trigo, etc.

Después del fracaso solo le quedaría asumir la derrota, cargar con las pérdidas y malvivir entre los animales que aún quedaban entre las inacabadas instalaciones (era frecuente escuchar entre el vecindario la sentencia de: “cualquier día se lo van a comer los cerdos”). Tal vez, esta fue su forma de ayudar a los demás y de llevar a la práctica las convicciones religiosas que nunca había perdido. Hasta que las zarpas de la desgracia, que ya le venían acechando, le cercaron en un oscuro callejón del pueblo. A las diecisiete horas del día 18 de septiembre del año 1980, un traicionero golpe y una hemorragia aguda segaron su vida. Tenía 79 años casi recién cumplidos. Todo un injusto y triste final para quien un día abandonó su situación privilegiada y quiso regresar para trabajar en un proyecto único, para transformar Cogollos y, sobre todo, haciéndolo en compañía de sus vecinos.

Placa errónea del callejero de Cogollos/Jesús Fernández Osorio

Una loable iniciativa personal y una experiencia honesta y ambiciosa sobre la que, más de medio siglo después, sigue reinando el mayor de los desconocimientos. Es cierto y debo precisar que, el Ayuntamiento de Cogollos de Guadix, siendo alcalde Francisco Fernández Molero, le dedicó una calle del municipio, pero el paso de los años, la desidia y el olvido han visto alterado hasta su nombre verdadero. Sirvan estas líneas para recuperar la memoria de Antonio María García Molero, reivindicar su figura y lamentarnos, una vez más, de lo que pudo haber sido y no fue, por la avaricia y egoísmo de algunos y el silencio cómplice de otros.

Jesús Fernández Osorio

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