Marco Flores, Joaquín Marín Flores, El Quini, y José Tomás Jiménez, en uno de los momentos del XLII Festival Flamenco de Víznar. Foto: Yolanda Girón.

XLII Festival Flamenco de Víznar: Del temblor de la tierra al temblor del arte

Una noche en la que el arte, la música y el baile se convirtieron en otra forma de vivir plenamente el presente.

Un camino que nunca es el mismo y no me canso de recorrer

Una de mis últimas caminatas de Alfacar a Víznar, donde me recibe un día más el busto de Federico García Lorca con su frase: «Lo que más me importa es vivir». Foto: Pilar Posadas.

Durante quince años viví en Alfacar y recorrí infinidad de veces el camino que lleva de Alfacar a Víznar, para mí un binomio inseparable, porque no podía habitar en uno sin acabar yendo al otro. Lo he recorrido corriendo, paseando, a pleno sol, con lluvia, nevado y con hielo; en mis tiempos de estudiante, embarazada, como observadora incansable, dejándome fluir en momentos de plena gratitud e inspirándome en su belleza en los momentos difíciles.

Una de mis últimas caminatas de Alfacar a Víznar, donde me recibe un día más el busto de Federico García Lorca con su frase: «Lo que más me importa es vivir». Foto: Pilar Posadas

Ahora soy vecina de Jun, y no voy con tanta frecuencia, pero ese camino me sigue llamando. Cada vez que lo transito mi momento es distinto, mi paisaje interno también y mi forma de verlo, sentirlo y recorrerlo cambia. Por ello no me canso de hacerlo.

Víznar es para mí un lugar muy cercano. También he paseado muchas veces por sus senderos y, por supuesto, por el Barranco, unido a nuestro Federico García Lorca. Siempre me inspira estar allí. Amo profundamente a Lorca y su obra, y allí siento muy cerca todo lo que nos dejó: su poesía, su música, su sensibilidad y esa manera tan especial de expresarse. También me hace sentir la fugacidad de la vida pero al mismo tiempo la intensidad con la que se puede vivir y la posibilidad de aportar belleza y arte a cualquier situación.

Volver a Víznar aquella noche de agosto para asistir a su Festival Flamenco era para mí volver a un lugar querido para celebrar la memoria de un hombre para mí también muy querido.

Una apuesta firme por la cultura

Juan Pinilla, Ana María Huete, David Espigares y María Ortega durante la presentación del XLII Festival Flamenco de Víznar. Foto: Yolanda Girón.

La presentación de la noche estuvo a cargo del cantaor Juan Pinilla, que con su conocimiento del flamenco, cercanía y sentido del humor supo dar ritmo y calidez a la velada. A ella se sumaron las intervenciones de Ana María Huete, concejala de Juventud y Deportes; María Ortega, concejala de Cultura, y David Espigares, alcalde de Víznar.

Las palabras de los representantes del Ayuntamiento me reafirmaron en una idea que para mí es importante destacar: la apuesta de Víznar por la cultura en todas sus formas. Durante su Semana Cultural, distintos rincones del pueblo se convierten en escenarios para la música, el teatro, el humor o la magia, con propuestas muy diferentes entre sí. Yo misma había asistido también esa semana a un fantástico concierto de afrobeat en la Placeta del Horno, una muestra más de esa diversidad.

Se nota, además, que detrás de la programación hay personas que aman y conocen la cultura. David Espigares, el alcalde, hermano del director de orquesta Ricardo Espigares, se ha criado rodeado de música y la vive desde dentro; y esa sensibilidad se percibe. María Ortega y todo el equipo de Cultura ponen también cercanía, profesionalidad y cariño en la manera de recibir y cuidar a quienes pasan por sus escenarios.

Lo sé también como artista. Cuando Mostafá Bakkali y yo estrenamos allí Hijas del Canto y la Palabra —un espectáculo que propone un recorrido histórico por nuestro patrimonio musical y poético y por las mujeres que han contribuido a conservarlo y transmitirlo—, pudimos vivir ese cuidado en primera persona. La sala se llenó y el público nos acogió con tal entusiasmo que, para nosotros, aquella noche fue como cantar en casa.

Por eso, al regresar ahora como espectadora, reconocí de nuevo esa misma manera de entender la cultura: diversa, cercana y cuidada.

Mayte Martín: cerrar los ojos y escuchar

El lirismo del cante de Mayte Martín en diálogo con la guitarra de José Gálvez. Foto: Juan Francisco Díaz Carrillo (Fran), de Punto Vuela Víznar.

Y, terminadas las presentaciones, llegó el momento de escuchar.

Con Mayte Martín sentí enseguida la necesidad de cerrar los ojos. Qué contraste con aquella mañana: el corazón que horas antes se había alterado con los temblores de un nuevo terremoto estaba ahora en calma, dispuesto simplemente a escuchar.

El enorme lirismo de su voz, su riqueza de matices, los silencios, la delicadeza de unas frases y la fuerza vibrante y llena de emoción de otras me fueron llevando a otro estado. Su cante podía recogerme y llevarme hacia dentro y, un instante después, devolverme toda la fuerza con la potencia de su voz.

Y junto a ella, la guitarra de José Gálvez. Me fascinó el ensamblaje entre ambos: la guitarra escuchaba al cante y parecía respirar con él; Mayte dejaba espacio a las cuerdas y después volvía a entrar. Voz y guitarra se encontraban, se respondían y se sostenían mutuamente.

Sin buscarlo, fui entrando en lo que yo llamo meditación en acción. Cerraba los ojos y mi espacio interior se aquietaba aún más. Los abría y allí estaban Víznar, la cálida brisa de la noche y el arte, regalándome bienestar, fuerza y equilibrio después de un día intenso.

Y volvía a cerrarlos.

La tierra había temblado por la mañana. Ahora, en cambio, todo invitaba al disfrute.

Marco Flores: abrir los ojos y sentir el temblor del arte

Marco Flores y José Tomás Jiménez: baile y guitarra entregados a la memoria viva de Federico García Lorca. Foto: Pilar Posadas

Esta vez no iba a venir de la tierra. Venía de los pies de Marco Flores.

Si con Mayte Martín había sentido la necesidad de cerrar los ojos, ahora necesitaba mantenerlos bien abiertos. No quería perderme un solo gesto, casi ni parpadear.

Primero llegó un verdadero duelo entre las palmas de Joaquín Marín Flores, El Quini, y el taconeo de Marco Flores. No hacía falta nada más. Entre los dos llenaban el espacio y también el silencio. Marco, con movimientos elegantes y a la vez llenos de garra, respondía con sus pies a unas palmas que parecían contener mucho más que un ritmo: estaban llenas de sonido y de memoria.

Se escuchaban, se retaban, se respondían.

Y entonces sentí de nuevo el temblor. El zapateado de Marco hacía vibrar el escenario y, con él, parecía zarandear también los miedos que habían acompañado el día.

El sonido del temblor de la tierra se había transformado ahora en el sonido seco y vibrante del taconeo, un nuevo temblor que, lejos de inquietarnos, alegraba los corazones y nos dejaba casi perplejos ante lo que estaba sucediendo sobre el escenario.

Ya sin sobresalto, solo a compás.

Y el diálogo continuó. Esta vez entre el baile de Marco Flores y la guitarra de José Tomás Jiménez. Parecía una conversación en la que cada uno escuchaba al otro antes de responder: el movimiento encontraba su réplica en las cuerdas y la guitarra provocaba una nueva respuesta del cuerpo. Una conversación con sabor antiguo y nuevo a la vez.

Por momentos, el dúo se convertía en trío con las intervenciones de El Quini. Palmas, guitarra y baile se encontraban y se separaban, dejando espacio a cada uno y volviendo después a reunirse.

El retrato de Federico García Lorca, rodeado de rosas, presidió el homenaje. Foto: Ana Ruiz

.Y llegamos a Lorca y a sus canciones. Esas canciones que me enamoran y que también canto, que nos llevan a nuestro folclore, a otra época, a sus sonidos, a su olor.

El rojo de los pantalones del bailaor se tornó en la sangre viva de Lorca, cuando se cumplen 90 años de su partida, recordándonos que en realidad nunca se fue sino que sigue vivo. Ese rojo se hizo luz en el escenario, en las rosas que adornaban el retrato de Lorca, contrastando con el blanco de la luna que nos vigilaba sonriendo y haciéndonos un guiño aquella noche, como si quisiera formar parte de ese sentido homenaje. Ella, esa luna a la que tanto había hablado, narrado y cantado el poeta.

Y Marco se acercaba y se alejaba de la imagen de Federico al son de sus tacones y al ritmo de su mirada, manteniendo con él una conversación silenciosa y, al mismo tiempo, llena de sonido. Piano y forte, rápidos y lentos, sus pies parecían hablar, preguntar, responder, redoblando el sonido de una memoria que aquella noche estaba más presente y viva que nunca.

Y con las palmas de El Quini y el taconeo de Marco Flores, el espectáculo terminó en silencio.

Un silencio interrumpido únicamente por el estruendo de los aplausos, que nos devolvieron de pronto al Parque de la Libertad de Víznar, saliendo de una noche de embrujo, misterio, belleza y arte ante la mirada serena de un Federico García Lorca agradecido y libre.

Del temblor de la tierra al momento presente

Después del espectáculo, todavía bajo el embrujo de la noche, con Beatriz, Abel y Fran, de Punto Vuela Víznar. Foto cedida por Juan Francisco Díaz Carrillo (Fran).

Después del espectáculo, todavía bajo el embrujo de la noche, con Beatriz, Abel y Fran, de Punto Vuela Víznar. Foto cedida por Juan Francisco Díaz Carrillo (Fran).

El espectáculo llegó a su fin. Los temblores que por la mañana nos habían inquietado dejaban paso a otros que nos conectaban con el arte y con la vida.

Ya en casa, reflexionaba sobre todo lo vivido aquel día.

Por la mañana había temblado la tierra. Por la noche había temblado el arte. Había sentido ambos temblores en mi propio cuerpo, pero cada uno había despertado emociones, pensamientos y sensaciones muy diferentes.

Fue entonces cuando volví a reconocer una de las grandes capacidades del arte: la trascendencia, el quinto elemento de CRAFT —programa de bienestar del que soy creadora y formadora—. No como una forma de escapar de lo que nos sucede, sino como la posibilidad de atravesarlo, transformarlo y vivirlo de otra manera.

El arte no había cambiado lo sucedido, pero sí mi forma de sentirlo. El sobresalto se había convertido en escucha, emoción, belleza y compás. El arte se había convertido, una vez más, en una forma de meditación en acción: estar plenamente presente mientras escuchamos, sentimos, creamos o contemplamos.

En ello reside también, para mí, su enorme valor pedagógico. Educar a través del arte no es solo enseñar a crear o a apreciar la belleza; es ofrecer herramientas para conocernos, expresar lo que sentimos y transformar nuestra experiencia.

Del temblor de la tierra al temblor del arte, había regresado al presente. Pero lo hacía de otra manera.

Un camino que siempre vuelve a Víznar

Puesta de sol en el camino de Nuevo Jun a Víznar. Foto: Pilar Posadas.

Ahora soy vecina de Nuevo Jun y es curioso porque, aun habiendo cambiado de lugar, en mi vida cotidiana sigo recorriendo un caminito entre olivos que, inexorablemente, me lleva a Víznar. Por ese camino sigo corriendo, paseando, contemplando, meditando…sigo viviendo… siendo parte de todo lo que contemplo.

Parece que algunos caminos nos llevan a lugares donde nuestro corazón se calma y se nutre.

Y Víznar es uno de esos lugares con los que cada vez me unen más vivencias y experiencias que, como esta, forman parte de los tesoros de mi cajita de cristal.

Después de escribir estas líneas, cobra aún más sentido el trovo que escribí para Víznar y al que pusimos música como broche final de Hijas del Canto y la Palabra, espectáculo que estrenamos allí y con el que Mostafá Bakkali y yo venimos trabajando en la recuperación, recreación y difusión de nuestro patrimonio musical y poético. Una labor que posteriormente fue distinguida por la Cátedra Iberoamericana de Trovo y Poesía Improvisada de la Universidad de Granada.

Decía así:

En Víznar hay muchas gentes
que quieren bien la cultura.
Bebed de todas sus fuentes,
que el alma se vuelve pura
por Víznar y sus simientes.

Y hoy, después de aquella noche, lo volvería a escribir y cantar.

Sin duda hay caminos que uno elige recorrer y otros que, de alguna manera, parecen elegirnos a nosotros. El mío sigue llevándome a Víznar.

Pilar Posadas

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