Hay miedos que llegan sin avisar. No llaman a la puerta, no hacen ruido antes de entrar. Simplemente aparecen. Y cuando la tierra empieza a moverse bajo nuestros pies, aunque sólo sean unos segundos, descubrimos lo frágiles que podemos sentirnos ante algo que no podemos controlar –no lo dudemos: ¡somos vulnerables!–.
Granada conoce bien esa sensación. Quienes vivimos aquí sabemos que el suelo se estremece de vez en cuando, pero una cosa es saberlo y otra muy distinta sentirlo. Hasta que sucede, un terremoto parece algo lejano, casi abstracto. Después, basta con que se balancee una lámpara, cruja una pared o se mueva ligeramente una puerta para que todo cambie.
Hay algo especialmente inquietante en los seísmos: no podemos verlos venir. No tenemos tiempo para prepararnos emocionalmente. Estamos desayunando, trabajando, durmiendo o hablando con alguien y, de repente, todo se mueve. Durante unos instantes, nuestro mundo cotidiano deja de parecer seguro.
Y entonces aparece el miedo.
Es un miedo extraño, porque no siempre sabemos exactamente qué es lo que nos conmueve. Quizá sea a que vuelva a trepidar. A que el siguiente movimiento sea más fuerte. A que ocurra mientras dormimos. A no saber qué está pasando. A escuchar las conversaciones de los vecinos, mirar el teléfono constantemente o esperar noticias que nos digan que todo ha terminado.
Después de una “sacudida”, incluso cuando vuelve la calma, algo permanece. Prestamos atención a ruidos que antes ignorábamos. Nos fijamos en las paredes. Sentimos cualquier pequeño movimiento y, durante un instante, nos preguntamos si ha vuelto a temblar o si simplemente lo hemos imaginado.
También está el miedo compartido. El mensaje que llega, la llamada de un familiar preguntando si estamos bien, la conversación en la calle, en el trabajo o en casa. De repente, todos hablamos de lo mismo. Personas que quizá nunca se habían planteado un terremoto descubren que aquella tierra que parecía completamente quieta también tiene memoria, movimiento y fuerza.
Pero quizá haya algo profundamente humano en todo esto: sentir miedo no significa ser débil. Significa que hemos tomado conciencia de algo que nos supera.
Pero recordad que la tierra seguirá su curso, ajena a nuestras preocupaciones. Y que, quizá, la verdadera serenidad tenga que ampararnos así: no con la ausencia de miedo, sino aprendiendo a convivir con él sin permitir que nos quite la vida cotidiana.





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