Esta experiencia se vincula con la Pedagogía Andariega al reconocer el caminar como medio para generar conocimiento, acción y aprendizaje significativo. El desplazamiento físico se ha convertido, una vez más, en un acto cognitivo, esencialmente activo y provechoso. En definitiva, para nosotros aprender es movernos: movernos como forma de investigar y colaborar con el bien común.
El objetivo, en este caso, ha sido aprender a levantar maquetas con nuestras propias manos, aprovechando los recursos geológicos y vegetales del entorno, aplicando técnicas constructivas a nuestro alcance. Para ello, hemos integrado saberes científicos y culturales de nuestros vecinos y antepasados con nuestras propias habilidades.
Esta experiencia se ha desarrollado a través de una gimkana andariega en la que el alumnado, organizado en equipos cooperativos, ha recorrido su entorno cercano para localizar, identificar y recopilar elementos constructivos de distinta naturaleza. Para ello, hemos contado con la colaboración de personas de oficio: canteros, agricultores, albañiles y artesanos locales.

El aprendizaje se ha llevado a cabo mediante el desplazamiento, la observación directa y la interacción con el saber experto. La motivación final ha sido el reconocimiento de la labor realizada por parte de familiares y vecinos, materializado en una exposición colectiva.
El punto de partida ha sido el territorio. El alumnado ha salido del aula para caminar, observar y recolectar, convirtiendo el entorno en un espacio educativo. Cada equipo ha recibido un itinerario con una serie de pistas que lo han conducido a distintas personas y lugares: talleres, caminos, riberas, construcciones antiguas, hornos, yacimientos, canteras o huertos.
Hemos analizado in situ las características de las rocas de la zona —areniscas, calizas, pizarras, travertinos, peridotitas, dolomías y mármol— que dan lugar a las particularidades arquitectónicas que definen el territorio andaluz en el que nos encontramos, integrado en la Ruta de los Pueblos Blancos. Asimismo, hemos estudiado su utilidad en muros de piedra seca, empedrados, cubiertas y tejados, zócalos y remates de piedra, fuentes, pilares y lavaderos, así como en hornos de cal o de cerámica.

Durante el recorrido, el alumnado ha localizado y recopilado materiales de distinta composición y textura: arcillas, calizas, areniscas, palos de madroño, brezos, fresnos, entre otros. Con todo, el acceso al conocimiento no ha sido inmediato. Cada muestra recogida ha exigido un trabajo previo —buscarla, reconocerla, preguntar, comparar y reflexionar— y un trabajo posterior: encajarla en las maquetas. El aprendizaje se ha completado al obtener un resultado que ha sido, a la vez, premio al esfuerzo colectivo.
Las personas de oficio han desempeñado un papel clave en este proceso. Nos han explicado cómo se ha utilizado tradicionalmente cada piedra, cada palo, caña o ramaje; han mostrado ejemplos reales de su uso en muros, pavimentos, tejados o herramientas; y nos han enseñado a relacionar las propiedades de los materiales con su función constructiva.
Este conocimiento no nos ha sido regalado. Antes bien, hemos debido ganarlo mediante la presencia en el lugar, la formulación de preguntas, el registro de datos y la contrastación de lo aprendido a través de la manipulación directa de los materiales. Así, el saber se ha presentado como un bien valioso que se alcanza mediante la implicación activa y el esfuerzo personal y colectivo.
Una vez finalizada la recogida del material, el trabajo ha continuado bajo techado. Cada equipo ha clasificado las piedras y arcillas según los criterios aprendidos de las personas informantes (origen, dureza, porosidad…), ha relacionado cada elemento con su uso constructivo y, finalmente, ha elaborado una pequeña maqueta, a la que se han adjuntado las explicaciones oportunas.
De este modo, el conocimiento teórico —geología, física de materiales, vocabulario técnico— se ha apoyado en la experiencia práctica y en el contacto directo con la vida laboral del entorno. El aprendizaje no ha sido, por tanto, puramente memorístico, sino interiorizado, vivido y útil.

La colaboración con las personas de oficio ha reforzado el carácter comunitario del aprendizaje. El alumnado ha reconocido el valor del saber popular, vinculándolo con su entorno y comprendiendo que el conocimiento no reside únicamente en los libros, sino también en las realidades y prácticas cotidianas más cercanas y elementales.
En esta gimkana, el aprendizaje no se ha basado en el punto de llegada, sino en el camino recorrido. El alumnado ha aprendido porque ha andado, porque ha buscado y porque ha construido con otros. Las piedras, las arcillas y los elementos vegetales han dejado de ser objetos pasivos para convertirse en mediadores del conocimiento, articulando territorio, oficio y utilidad bajo los principios de lo que hemos dado en llamar Pedagogía Andariega.
Esta experiencia, junto a las muestras de piedras, rocas, vegetales y piezas museísticas elaboradas, serán expuestas en la próxima Feria de Inventos y Talentos a celebrar este año en Ronda (Málaga-España).






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