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Aristóteles: Orígenes de la misoginia occidental (2/3)

II. Naturaleza de la alteridad femenina

Sin embargo, ¿cuál es verdaderamente la naturaleza de la alteridad u “oposición” femenina? En su argumentación del Libro IV. De la generación de los animales, Aristóteles, después de haber discutido las doctrinas de los predecesores (Anaxágoras y Empédocles), establece la cuestión de la reproducción sobre la base de la oposición entre calor y frío, seco y húmedo, activo y pasivo, forma y materia, connotando el calor como masculino y la frialdad como femenina (1). Y ello es así porque una premisa fundamental de la biología de Aristóteles es que el calor es el principio fundamental de la perfección de los animales. Los alimentos que comemos, mediante cocciones sucesivas, se van transformando en sangre y en otros tejidos. El menstruo es un residuo de dichas cocciones que, en la hembra embarazada, se utiliza como material para la formación de la cría y, en la no embarazada, se pierde periódicamente (la menstruación). Este residuo se produce porque las hembras no son capaces de llevar el proceso de cocciones sucesivas hasta su extremo, como los machos, que en su última cocción o destilación de la sangre produce el esperma. Sólo el esperma transmite forma y actividad: el esperma no aporta ninguna materia al feto. Es puro pneuma, soplo, forma.

El calor sirve, pues, para desarrollar la materia. Cuanto más calor pueda generar un animal, más desarrollado será. Y el animal que tenga menos calor será más débil (D. G. A. 727 b 33). El animal varón/macho, con su calor, es el que puede realizar la cocción de la sangre y transformarla en semen, que contiene el principio de la forma. En cambio, la mujer/hembra, por insuficiencia de calor, no puede realizar esta cocción. Las mujeres, por su naturaleza fría,son incapaces de alcanzar la temperatura requerida para producir el esperma/semen, y por ello, en el proceso de la procreación, está reducida a ser simple materia, receptáculo. El “semen de la mujer”, deficitario en comparación con el del hombre, demuestra empíricamente que la mujer no tiene suficiente calor (2).

Para Aristóteles la mujer es, pues, el resultado de un defecto de calor en el proceso de gestación, resultado de una incapacidad como para concentrar y “cocer” su semen (D. G. A. 726 b 30-31). Eso significa que son menos perfectas, que son animales imperfectos. Aristóteles explica la debilidad de la constitución femenina con la humedad y la frialdad, provocadas por la pérdida de sustancia sanguínea que sufren regularmente las mujeres, mientras que los hombres sólo pierden lo sangre porque lo eligen, en determinadas ocasiones, por ejemplo, en la guerra. Sin embargo, las mujeres “sufren” las pérdidas de sangre sin poderlas controlar. En esta desigualdad está la matriz de la valencia diferencial entre los sexos y se manifiesta la voluntad de controlar la reproducción por parte de los varones

La figura masculina se constituye, así como netamente positiva, mientras que la imagen de la mujer aparece como obtenida de la del varón con un procedimiento de privación o disminución física(D. G. A. 775 a, 14-16). Para no resquebrajar la unidad de la especie, no será un principio activo, autónomo y opuesto al masculino. Más bien habrá que pensar que el macho es el “hombre verdadero”, incluso en el sentido zoológico, y que la hembra constituye una variante defectuosa de este paradigma. Para el Estagirita la mujer es explícitamente una “enferma natural”.

Así que la mujer es un hombre defectuoso o subhombre, un varón fallido o truncado, un hombre mutilado (D. G. A. 737 a 27-28), pues si su desarrollo en el vientre hubiera ido bien, habría sido hombre. Es semejante al niño incapaz de crecer (3). La mujer ve así transformada su “oposición” al varón en una anomalía de la especie -cuya reproducción de macho adulto a macho adulto puede tolerar el estadio intermedio temporal de la infancia, pero no la desviación del eje teleológico de que es primer signo lo femenino.

Ahora bien, la cuestión es que Aristóteles no estaba sólo describiendo e intentando explicar las diferencias entre hombres y mujeres, sino incluso que las variaciones biológicas son vistas como defectos de la mujer (D. G. A. 727 a 24-25). La gestación de un feto que pasa a convertirse en hembra es vista también como un fallo, anomalía o error de la naturaleza (D. G. A. 767 b 8-9). Se debe a un principio de monstruosidad, a un “desvío del prototipo” (D. G. A. 766 a 17-21). La “forma plena” del ser humano es la masculina. Así, cuando un hombre engendra una niña en lugar de un niño, nos encontramos con una desviación (parekbasis) en relación a la norma, a la esencia de la especie (4).

La mujer constituye de hecho el primer escalón en el camino descendente que conduce del hombre al animal y del animal al monstruo. A la inversa, el monstruo no es sino una especie de mujer empeorada. El hecho de que la mujer tenga menos dientes que el hombre — hecho debidamente observado (¡sic!), si creemos a Aristóteles —- ¿no prueba con creces que se encuentra muy avanzada en el camino de la teratología animal? (5) Pero dice que la monstruosidad de la mujer es necesaria para la reproducción de la especie (D. G. A. 766 b 28-33). Aunque defectuosa y anómala, la mujer debe existir para que el hombre, privado de su terrena materialidad, de su infantil impotencia, pueda ser verdaderamente un hombre. Y para que por medio de la reproducción sexual nazcan otros hombres (6).

En Aristóteles son numerosísimos los textos que intentan justificar esta conceptualización diferenciada de la mujer respecto al hombre mediante consideraciones de orden fisiológico y cuantitativo: el que la mujer tenga menos calor significa que la mujer es más pequeña y débil que el hombre y que por esto las mujeres viven menos que los hombres, que es más blanda, menos musculosa. Asimismo, tiene un cerebro más pequeño: incluso cuando la argumentación, que él siempre conduce según el criterio cuantitativo del más y del menos, podría ser favorable a la mujer, como en el caso de los senos, que, evidentemente, son más gruesos en la mujer, Aristóteles encuentra el modo de demostrar la superioridad masculina. En este caso hace intervenir el criterio de la firmeza y la musculatura de los tejidos, para que, también aquí, la mujer resulte inferior al varón. Es menos agresiva y tiene menos iniciativa, menos capacidad para defenderse, y necesita menos alimento (Historia de los animales 608 b 9-13).

Su cuerpo es cóncavo y frío, su embrión se forma a la izquierda del útero, su semen es débil: leche y menstruación forman un peculiar sistema hidráulico con diversas aperturas; para los ginecólogos del siglo V sufre de un mal “histérico” que le es connatural junto con el útero, y cuya única terapia son el falo y el parto. Como podemos fácilmente inducir, de todo ello, la demostración de la inferioridad de la mujer es, en Aristóteles, sistemática y constitutivo-natural, y atraviesa de un extremo a otro el “corpus” de su saber y se manifiesta en todos los planos de su ser: la define siempre, en consecuencia, en términos de laguna, imperfección, insuficiencia, carencia, privación. Así pues, del examen de esas las diferencias biológicas entre los sexos, el Estagirita encuentra que se pueden asociar diferentes rasgos caracteriológicos a mujeres y a hombres por esas diferencias, es decir, que se les puede atribuir diferentes naturalezas por razón del sexo.

En efecto, para Aristóteles al ser el alma inseparable del cuerpo -pues la forma no puede existir separada de la materia y el alma es la forma del cuerpo (Sobre el alma II. 1) (7) ésta determina no sólo su configuración corporal sino sus rasgos y características afectivas y emocionales: la mujer es más compasiva que el hombre, llora más fácilmente, es más celosa, más apta para regañar, más negativa al ver las cosas, más desvergonzada, más falsa al hablar, más engañosa, y tiene mejor memoria, le cuesta más pasar a la acción. Estas deficiencias bio-fisiológicas de las mujeres afectan también a su capacidad intelectual y a su carácter moral (8). La conclusión, obviamente, deja a la mujer en una posición inferior: el hombre es más virtuoso, valiente, recto y, en pocas palabras, mejor que la mujer.

BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS

1. Para Aristóteles en la jerarquía de los seres — en función de la cual los animales sanguíneos se encuentran por encima de los animales que carecen de sangre, y el hombre a la cabeza de los animales sanguíneos — la mujer aparece como inferior al hombre ya que no participa tanto como él de lo caliente y de lo seco.

2. La concepción de Aristóteleses monoseminal: identifica el semen masculino con la menstruación femenina como deficiencia de aquel (“D. G. A. 727 a 3-4). El semen es blanco y aparece en poca cantidad, lamenstruación es roja y abundante. Aristóteles cree que el semen viene de la sangre, que ha sufrido una transformación (alcanzar el color blanco y reconcentrarse en densidad) debido al calor que hay en el hombre.

3. “Hay semejanza, incluso de forma, entre un niño y una mujer, y la mujer es como un hombre estéril. La hembra está marcada por la impotencia: no es capaz, a causa de su naturaleza fría, de realizar la cocción del semen a partir del alimento básico, es decir, la sangre” (D. G. A. 728, a, 17 y ss).

4. La procreación de hijas se debe, pues, a una imperfección o anomalía, a una impotencia parcial del semen masculino que, cuando es completo, solo tendría que engendrar hijos varones. Cuando hay debilidad en el varón y la materia (lo femenino) no está dominada, entonces falta la forma (que es siempre de origen masculino) y prevalece la animalidad, es decir, se da paso al monstruo, de la cual la mujer es el primer grado, mientras que en los sucesivos grados se encuentran los gemelos y otras anomalías de los recién nacidos.

5. A pesar de ser un gran biólogo cuyas observaciones empíricas para clasificar y describir la naturaleza posibilitaron sentar las bases para la formación y estudio de la biología como ciencia, llegará a afirmar (Historia Animalium, libro V, cap. 11) que “los hombres tienen más dientes que las mujeres” y que esta diferencia es evidente “en las especies que tienen dientes largos y puntiagudos”. Tal vez la causa de su error se debiera a basar muchas de sus observaciones en la disección de animales, pero no en seres humanos, ya que era una práctica poco común en su época, y a la falta de una observación directa y sistemática de un gran número de cráneos humanos de ambos sexos. Se ha sugerido que pudo haber llegado a esta conclusión a través de la observación de algunas mandíbulas en particular, quizás de ancianos, donde la pérdida de dientes era común, o que simplemente aceptó una creencia popular de la época sin verificar escrupulosamente.

6. Necesaria, pues, porque es indispensable, al igual que en la “Política” (III, 5) son indispensables para la ciudad los trabajadores manuales y los esclavos, pero que no por ello son verdaderos ciudadanos.

7. Aristóteles divide las facultades del alma en cinco partes. De menos perfecta a más perfecta serían: la nutritiva, la sensible, la apetitiva, la motora y la intelectual. Aunque creía que todos los seres vivos tenían alma, no creía que todos tuvieran todas estas facultades. La mujer sí tiene las cinco partes del alma, pero no en los mismos grados que el hombre Piensa que el hombre al tener más calor, tiene más intelecto, y que la mujer, al tener menos calor, tiene el intelecto imperfectamente desarrollado (D.G.A. 744 a 29-30 y Partes de los animales 648 a 9-14).

8. “Los cuerpos de las mujeres prueban que éstas tienen un carácter cobarde y blando, con sus cabezas pequeñas, rostros y cuellos finos, torsos, rodillas débiles, caderas redondeadas y pies pequeños” (Fisognómica: 809b 3-10).

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Tomás Moreno Fernández

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