Adoración de los Reyes Magos, (1619). Diego de Velázquez. Óleo sobre lienzo, (203 x 125 cm.) Museo del Prado.

El relato del domingo, por Pedro Ruiz-Cabello (68): Adoración de los Reyes Magos

Desde las tierras de Babilonia, tres magos se habían puesto en camino para adorar al rey que nacería en el país de Judá. Eran sabios: llevaban años haciendo alambicadas cavilaciones acerca de las posiciones y de los movimientos de los astros; sus atentas observaciones y sus estudios les habían permitido ahondar en misterios del universo que al resto de mortales estaban vedados. La aparición de una nueva estrella los había llevado a creer en el nacimiento de un rey que cambiaría el destino del mundo. Estaban seguros de que aquella señal no los engañaría. Una fuerza interior los había movido a salir de sus tierras para buscar al rey de los judíos. Eran conscientes de que el viaje sería para ellos largo y penoso; sin embargo, sabían que la esperanza que alumbraba sus corazones los ayudaría a soportarlo.

Los tres eran de parecida estampa; vestían largas túnicas, ajustadas a las cinturas con ceñidores de cuero. Melchor, el más alto, parecía por su mayor desenvoltura el jefe de la expedición; sus ojos eran dos gotas de azogue en medio de la nieve de su abundante barba y de su sedoso cabello. Gaspar, de recia complexión, tenía la nariz grande y la mirada melancólica; su pelo y su barba copiosa eran de color taheño. Baltasar, el más joven, era gallardo de figura y oscuro de piel, con manos de gigante; en la expresión de su cara, de labios prominentes, afloraba siempre una gentil sonrisa, un gesto de inequívoca bonhomía. Cabalgaban en sendos camellos, de cuyos ronzales tiraban humildes criados. Habían tardado, por razón de la distancia, varias semanas en llegar a Jerusalén. Cuando avistaron en la distancia la ciudad, con sus torres y sus cúpulas esculpidas sobre las grises colinas en que se asienta, se llenaron de inmenso regocijo, parecido al que experimenta el que ve cumplido un deseo que largamente ha albergado.

Llegaron a una hora avanzada de la tarde, con un sol que dejaba rastros de luz bermeja sobre las almenas y sobre los jaspes de las columnas. Tenían la impresión de que se adentraban en una ciudad muy vieja, velada por las sombras de un tiempo detenido en un pasado penumbroso. Los ruidos se habían apagado para dar paso a una quietud de recinto cerrado, en el que el silencio era un grito extinguido en los rincones. La comitiva, con paso sigiloso, se dirigió al palacio de Herodes, donde los magos suponían que había nacido el Salvador de los hombres, pues con tal condición no podía haber venido al mundo en otro sitio. «¿Dónde está el rey de los judíos? Una estrella nueva nos ha anunciado su nacimiento y venimos a adorarlo», preguntaron a los centinelas que los recibieron, los cuales, después de conocer su propósito, no tardaron en comunicárselo en privado a su señor. Como era natural, las palabras de los recién llegados sobresaltaron a Herodes, quien vio amenazado su poder. La noticia, sin que se supiera muy bien cómo, se difundió casi de inmediato por toda Jerusalén, causando también en sus pobladores una gran conmoción.

Herodes, antes de dar respuesta, hizo reunir en su palacio a los sumos sacerdotes y a los escribas de la región. Sin disimular su preocupación, les preguntó dónde había de nacer el Mesías prometido. «En Belén de Judá —le contestó uno de ellos en nombre de todos—, porque así lo ha anunciado el profeta.» Y recordó las palabras exactas con que lo había escrito: «Y tú, Belén, no eres la última de las poblaciones de Judá, puesto que de ti saldrá un rey que pastoreará al pueblo de Israel.»

Herodes, después de escuchar aquello, concibió un plan y, una vez que se fueron los sumos sacerdotes y los escribas, hizo llamar a los magos. Cuando los vio entrar en su cámara, donde nadie más había, tuvo la impresión de que eran hombres que habían vivido siempre en medio del desierto, sin ningún contacto con otros seres de su especie. Sin levantarse de su trono, donde estaba sentado, dejó que se acercaran. Quería afirmar de esa manera el poder que lo asistía, con el cual ningún otro podía compararse. Los magos, por su parte, vieron en él una figura triste, abrumado de ropajes recamados de oro. Ningún símbolo humano los intimidaba; estaban acostumbrados a desdeñar coronas e insignias que solo servían para alimentar la vanagloria, el encumbramiento de un afán que siempre se topará con sus propios límites. Nada había definitivo si no era la sabiduría fundada en sanos principios.

Herodes, cuando los tuvo delante, los miró con altivez antes de dar a conocer su propósito. Les dijo con voz gruesa que estaba interesado en saber el tiempo preciso en que había aparecido la estrella que seguían. Melchor, erigiéndose en portavoz del grupo, informó del día concreto en que la habían visto brillar en el cielo. Añadió, no sin cierto entusiasmo, que era la de mayor resplandor que hasta entonces habían conocido. Se trataba, según habían deducido, de un fenómeno extraordinario, del cual solo cabía esperar algo muy bueno. Herodes entonces, con afectada cortesía, les comunicó que el rey de los judíos al que ellos buscaban había nacido, según sus informes, en Belén de Judá, tal como habían predicho los profetas de Israel. Melchor, dando por bueno lo que les había comunicado, declaró que se dirigirían allí mismo enseguida, pues ardían en deseos de adorar al que habría de traer a su pueblo la liberación anunciada. Ante aquella nueva prueba de confianza en la Divinidad de los israelitas, Herodes no pudo evitar estremecerse de nuevo, pues era un modo de confirmar que lo que tanto había temido era cierto. Durante un rato estuvo cavilando con el ceño fruncido, hasta que en un arranque de soberbia, de forma taimada, les propuso a los extranjeros que a su vuelta, después de haber cumplido con su anhelo, se detuviesen en su palacio para decirles más cosas sobre el niño, pues él también pensaba ir a adorarlo.

La despedida fue rápida, igual que la llegada: Herodes les deseó suerte y ellos le correspondieron, mientras ya se marchaban, con gestos vagos de agradecimiento, sin barruntar las aviesas intenciones que albergaba.

Al retomar el camino, vieron otra vez la estrella, como si les estuviera indicando la dirección que habían de seguir para llegar a Belén. Lucía más que ningún otro astro de los que iluminaban el cielo aquella noche. Sus ojos la habían distinguido al momento, avezados ya a su luz diamantina. Nunca habían estado tan seguros de su destino. Después de haber atravesado tantas tierras y de haber hablado con Herodes, no les cabía duda de cuál era su misión. Dios mismo, a través de numerosas señales, los guiaba, los conducía hacia donde habían de ir. Al comprenderlo, sus corazones desbordaban de gozo, de un gozo que superaba a todos los que antes habían sentido. Lo que se lo procuraba no era la realización de un trabajo, con el que se cumpliese un objetivo largamente esperado: era la misma fuerza que los movía a buscar al rey que había nacido, presentido con la aparición de la estrella, lo que les proporcionaba aquel sentimiento de regocijante plenitud.

Durante el viaje, estuvieron hablando de ello. Los tres coincidían en destacar que aquella experiencia les había cambiado sus vidas. Ahora los saberes adquiridos tenían un sentido: habían hallado la fuente de la que mana toda la sabiduría, la verdad que late detrás de todas las verdades del mundo.

Cuando ya estaban cerca de Belén, observaron que la estrella se había detenido, posándose sobre el punto al que se habían de dirigir. Ya no necesitaban hacer cálculos o deducciones: se dejaban guiar por la intuición, por un instinto primario, por el amor que dentro de ellos ardía como un fuego inextinguible.

Aún era de noche cuando llegaron a la cueva donde había nacido el niño. Después de bajarse de los camellos, entraron en ella con cierta cautela, con el respeto que infunde el encuentro con un ser que era entonces el centro del universo. El interior de la cueva estaba iluminado por la llama de una lámpara de aceite, colocada sobre una artesa. En el centro vieron una cuna, construida con viejos tablones: en ella, echado sobre pajas, se hallaba el niño. De pie, al lado de él, estaba la madre, la cual, al verlos entrar, sonrió dulcemente. Lo primero que hicieron los recién llegados fue hincarse de rodillas delante de la cuna. El pequeño dormía plácidamente. Melchor, Gaspar y Baltasar permanecieron unos instantes en silencio, adorando al Salvador del mundo. La madre, sin dejar de sonreír, contemplaba la escena, complacida de la solicitud de aquellos hombres tan extraños que habían venido probablemente de lueñes tierras para adorar a su hijo. Dios había querido manifestarse a todas las gentes, pensaba ella mientras los miraba; por alguna señal secreta debía de haberles mostrado el camino para que llegaran a aquel establo, a aquel lugar preciso que había escogido para hacerse presente sobre la tierra. La luz del alba ya se insinuaba en el exterior, de un tono de húmeda ceniza. Se oyó el canto agudo de un gallo, al que replicó otro más lejano. Un perro ladró. La ciudad de Belén comenzaba a desperezarse en un día que no parecía diferenciarse de los demás. Se diría que nada había cambiado en la vida de los hombres. María pensó en José, que había salido. El niño debió de percibir una presencia extraña, pues comenzó a moverse. Los magos, de hinojos frente a él, continuaban adorándolo. Al ver que se movía, María lo tomó en brazos. Le gustaba tenerlo consigo; de ese modo sentía cómo su amor de madre se hacía más intenso, más delicado. Los tres visitantes, después de que ella lo cogiera, se levantaron y se aproximaron más a él. Llevaban sendos cofres de un tamaño pequeño para ofrecérselos. «Sabemos que él es el rey de los judíos porque una estrella nos lo ha anunciado —dijo Melchor a María al tiempo que depositaba su cofre junto a la cuna—. El oro que yo le ofrezco simboliza su grandeza.» El rostro de María se iluminó con una nueva sonrisa al escuchar aquellas palabras. «El incienso del que yo le hago entrega supone que el que ha nacido es hijo del Altísimo, de un Dios que todo lo puede», intervino Gaspar, haciendo lo mismo que su antecesor. María, entretanto, no dejaba de sonreír, emocionada con los presentes que aquellos adivinos le habían llevado a Jesús. «La mirra que este cofre contiene —oyó que decía el tercero, Baltasar— sirve para vencer a la muerte: con mirra se uncen los cuerpos para que ella no los destruya.»

Después de adorar al niño y de presentarle los regalos, los magos decidieron hacer un breve descanso antes de emprender el regreso y, pidiendo permiso a María, se recostaron sobre unos montones de paja que al lado de la entrada había. La fatiga del viaje hizo que muy pronto se quedaran dormidos. En los sueños que tuvieron, escucharon la voz de un oráculo que les decía que no fueran a ver a Herodes, por lo que cuando despertaron tomaron la determinación de regresar a su tierra por otro camino.

Pedro Ruiz-Cabello Fernández

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