El relato del domingo, por Pedro Ruiz-Cabello (69): Simeón

Simeón tenía el presentimiento de que aquel día sería grande para él. Había estado más de dos horas orando en su casa y, al salir para el templo, como todas las mañanas, lo asaltó aquella corazonada. No era como otras veces, en las que se había presentado como un tibio alborozo provocado por sus ratos de recogimiento. Se trataba ahora más bien de una certeza, promovida en su interior por la misma confianza que tenía en el Dios de su pueblo.

La mañana era radiante, de una pureza prístina que evocaba la que hubiese existido en los albores de la creación. Ninguna nube empañaba el cielo. Jerusalén se aparecía como la ciudad santa, envuelta en un halo azulado de leyenda. El sol derramaba su luz de miel por las calles empinadas de la ciudad, otorgándoles la apariencia de una pintura antigua. Apenas se oían ruidos que turbasen la paz que reinaba en aquel recinto glorioso. Casi creía Simeón que se dirigía al encuentro con aquel mismo Dios, al que tantos secretos había confiado a lo largo de su vida: su Espíritu lo había guiado siempre y ahora lo conducía de un modo cada vez más claro hacia el templo, donde tenía pensado escuchar la Palabra en boca de algún lector. La Palabra alimentaba su fe: la esperanza que en su ánimo suscitaba la lectura de ella se había convertido en el fundamento de su existencia, en el pilar sobre el que se sostenían todos sus pensamientos; sin ella, no podría vivir, lo más seguro era que hubiese sucumbido a la desazón y al desaliento, como tantos otros que se habían apartado de los caminos del Señor.

Él, en cambio, era un hombre piadoso que aguardaba el consuelo de Israel: nunca había dejado de creer que lo anunciado por los profetas alguna vez se haría realidad. El Espíritu del Señor le había revelado incluso que no se moriría sin haber conocido antes al Mesías, al Salvador que había de nacer. Mientras se dirigía al templo aquella mañana, pensaba que quizá la corazonada que había sentido tuviese alguna relación con aquello, con lo que le hubiese sido prometido hacía tiempo. Nada le parecía casual entonces. La misma luz que se deslizaba por las calles y que envolvía la ciudad en un aura de dulzura semejaba una señal del cielo, el anuncio de que había de sucederle algo importante.

Por el camino se cruzó con algunos conocidos, a los que saludó con un afecto que acaso les pasó desapercibido. Jerusalén a aquella hora comenzaba a llenarse de mercaderes y de campesinos que se proponían vender sus productos. A pesar de que nada debía de haber cambiado, Simeón tenía la sensación de que todo fuese nuevo, quizá por efecto de los sentimientos que lo impulsaban aquel día. Era como si hubiese rejuvenecido o como si él fuese un forastero en la ciudad, llegado de un lugar remoto para recorrerla por primera vez. La distancia que había desde su casa hasta el templo era grande, por lo que tuvo ocasión de discurrir largamente sobre las impresiones que iba teniendo. De pronto le parecía que una nueva fuerza lo movía y que se desplazaba con más rapidez que en días anteriores, sin las molestias que la cantidad de años vividos había causado en él. Quizá se trataba de un milagro, propiciado también por su propia fe, por la confianza absoluta que tenía en el Señor. Se decía que lo que daba vigor y energía al ser humano era el empuje de su alma, sin el cual ni el cuerpo ni la mente podrían alcanzar los logros soñados. Nada es imposible cuando se cree, cuando al alma la anima el deseo de conquistar algo mejor. El espíritu no languidece cuando la esperanza lo mantiene, cuando la ilusión lo fortalece en su afanosa lucha.

Él nunca había cedido a la molicie o a los placeres mundanos; se había dado cuenta de que si cedía a ellos se podía desviar de su camino, del camino que había emprendido desde que empezó a seguir al Señor. Era el primer mandamiento del buen israelita: debía amar a su Dios con todo su corazón y con todas sus fuerzas, para lo cual había de renunciar a lo que pudiese apartarlo de aquel objetivo. Tal era la austeridad con que vivía que apenas prestaba atención a la imagen que ofrecía. En otro tiempo se había acicalado o había buscado el modo de parecer más elegante; ahora el matorral de su barba, de un tono ceniciento, emborronaba su cara, de piel muy arrugada; vestía una túnica marrón, percudida por los años, sobre la que llevaba echado un manto muy viejo. A él no le importaba lo que la gente pensase; se había acostumbrado a escuchar solo la voz de su conciencia, a través de la cual también le hablaba Dios.

Cuando Simeón llegó al templo aquel día, se encontró en la entrada con un hombre y una mujer que llevaba a un niño pequeño en brazos. El hombre, de aspecto humilde, sostenía una jaula de madera, en la que transportaba dos tórtolas y dos pichones, por lo que Simeón supuso que era aquella la ofrenda con la que se disponían a presentar al niño al Señor. Enseguida infirió también que eran pobres, pues de lo contrario hubiesen llevado un cordero y una tórtola o un pichón. Cumplían así con lo que estaba escrito en el Libro del Levítico, en el cual se ordenaba que toda mujer que diese a luz un varón debía ofrecer al cabo de cuarenta días un sacrificio de purificación. Eran, por tanto, buenos cumplidores de la Ley, israelitas legítimos que seguían los mandatos de su Dios. Simeón, movido por un repentino impulso, se fijó con más detenimiento en el niño y, sin dudarlo, vio en él al Mesías prometido.

Con gran emoción, se lo arrebató a la madre y lo tomó en brazos para proclamar lo que en aquel momento le inspirase su corazón. «Ahora, Señor, de acuerdo con tu promesa, puedes dejar a tu siervo irse en paz —dijo—. Porque mis ojos han visto al Salvador, a quien has revelado a todos los hombres: será luz para alumbrar a las naciones y gloria para tu pueblo, Israel.» El padre y la madre no pudieron ocultar su asombro después de haber escuchado las palabras de aquel hombre: era, para ellos, una nueva señal de Yahvé, con la cual les demostraba que daba a conocer sus designios a quien él quería, a quien estuviese preparado por su honda piedad para entenderlos. Simeón entonces los bendijo y, sin soltar todavía al niño, le confió a la madre: «Este ha sido puesto para que muchos en Israel caigan y se levanten; será como un signo de contradicción y a ti, mujer, una espada te atravesará el alma.» Se trataba, sin duda, de una profecía inquietante; de un modo que ella no hubiera podido explicar, la madre había intuido que la salvación anunciada habría de pasar por el dolor. Lo que le había dicho el anciano venía a confirmar, por tanto, su intuición.

Después de devolver al niño, Simeón, como tenía previsto, entró en el templo. Al hacerlo, creyó que ingresaba en la gloria, donde lo estaba aguardando el Creador del universo.

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Pedro Ruiz-Cabello Fernández

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