Nunca había imaginado que podría prescindir del amor. Con un espíritu muy sensible, siempre había sido proclive a enamorarme, a depender de los sentimientos que me hubiera despertado una mujer, por lo que no creía que alguna vez pudiera no estar sujeto a aquella especie de hechizo. Sin embargo, después de un desengaño amoroso que me había causado no pocos quebrantos sobrevino una etapa más tranquila, quizá porque el tiempo mitiga los dolores, como se suele decir. Fue una etapa en la que mi ánimo se sintió más aliviado y buscó motivos de distracción. Uno de estos motivos lo constituyeron los paseos que yo daba por la vega en las tardes en las que las condiciones atmosféricas lo permitían. El ejercicio físico y la contemplación del paisaje me relajaban, hasta el punto de que muchas veces me hacían olvidar los sufrimientos padecidos. Se trataba ya de un hábito, de una costumbre que me reportaba grandes beneficios y que por eso mismo estaba decidido a mantener.
Lo que no había pensado era que a fuerza de aparcar aquellos sentimientos llegara a caer en una suerte de estado de indolencia afectiva que me volvía inmune al amor. Sin rehuir el trato con mujeres, conseguía que ninguno de los atractivos que ellas tenían pudiese conmoverme, como antes había ocurrido por una mirada turbadora o por unas palabras de melifluo acento que alguna hubiera dirigido a mí.
El pueblo en el que vivo está situado al pie de unos cerros pedregosos de color ceniciento; delante de él se extiende una vega ancha y fértil, festoneada de gráciles choperas que se agolpan en la distancia como embarcaciones encalladas. Yo, al principio, salía a pasear por los caminos de la vega sin otra intención que entretenerme un rato, pero poco a poco le fui tomando afición a aquella actividad, con la cual no solo despejaba la mente, sino que también recreaba el espíritu, falto de sensaciones que lo exaltasen.
Al final, por esa tendencia a la repetición tan común en los seres humanos, di en tomar el mismo camino, un camino viejo de tierra blanquecina que culebreaba entre las hazas y que se perdía a lo lejos en el corazón de la vega. En la tardes de primavera, era muy grato pasear por allí, ya que la vega presentaba entonces una estampa magnífica, como si fuera la representación más fiel de la plenitud de la existencia.
No me alejaba demasiado; casi siempre llegaba hasta el mismo punto, desde el que emprendía el regreso. Sin embargo, una tarde de finales de abril, en lugar de dar la vuelta, me senté en un balate alfombrado de mullidas hierbas, deseoso de contemplar por unos instantes el maravilloso panorama que a mis ojos se ofrecía, dividido en numerosas parcelas de labor, tras las que se alzaba el ingente paredón de la sierra, con su parte más alta cubierta todavía de albendas de nieve. Era una estampa que había contemplado muchas veces en mis paseos, una imagen de singular belleza; sin embargo, aquel día me pareció descubrir en ella algo nuevo, un brillo acaso en el que no hubiera reparado nunca. Quizá influía en tal impresión mi estado de ánimo, proclive a percibir matices que normalmente pasan inadvertidos. Los labrantíos, muchos cuajados de frutos, se mostraban perfectamente delimitados por linderos y balates; había barbechos erizados de terrones, besanas de un siena turbio, huertas cercadas de tosca albarrada, secaderos de tabaco, cortijos abandonados con el techo hundido. En la distancia las choperas arracimadas semejaban entonces palacios encantados, envueltos en un aura de leyenda. La sierra, esbelta, colosal, se alzaba como una especie de ensoñación. Se diría que nada era a aquella hora real; más bien, uno se figuraba que era el producto de un sueño. A veces tenía la sensación de que iba a ser testigo de un prodigio, de una especie de revelación. Mi imaginación lo transformaba todo, excitada por lo que estaba sintiendo y descubriendo en aquellos momentos mágicos.
Era un cuadro único en el que los colores parecían haber adquirido unas tonalidades distintas, imposibles de reproducir por la paleta de un pintor. Yo permanecí absorto en la contemplación del paisaje, tratando de adivinar la causa de que pudiera ser tan hermoso. Imaginaba que había vivido allí en otro tiempo y que entonces se me revelaba la vega de un modo nuevo. Era un espacio extraordinario con el cual me había encontrado de repente, un espacio en el que era gratificante recrearse con cada detalle que en él se presentase. El sol de primavera, a punto de iniciar su declive, arrojaba una luz jubilosa que se esparcía por los terrenos y que dejaba un reguero de brillos sobre las aguas de los acequias y de los azarbes. El tiempo se había detenido. Corría una brisa suave que oreaba los sembrados y las hierbas. Olía a tierra seca, a heno recién cortado. Aunque en la vega no había labriegos, no me sentía solo. Una presencia extraña me acompañaba, tal vez el mismo espíritu del campo. Estaba en paz conmigo mismo, lo cual hacía que me encontrase sereno, embargado de una dicha profunda. Nada me inquietaba. Los amores pasados se habían convertido en un recuerdo difuso, como si pertenecieran a una historia ajena. Yo era un hombre nuevo, liberado de los afectos a los que había estado sometido antes, un campesino que gozaba con la vista del lugar en el que desde siempre hubiera vivido, un hombre curtido por los trabajos y por las inclemencias del tiempo. Veía la vega como un paraíso, con sus colores exuberantes y sus herbazales viciosos; la sierra, enfrente, era el límite natural de aquel territorio fabuloso en el que yo me hallaba; las choperas, en la lejanía, ocultaban acaso seres extraordinarios, procedentes de otros mundos. Podía suceder en cualquier momento; podía obrarse el presentido prodigio cuando menos lo esperase, porque la hora estaba cargada de magia. Una y otra vez volvía a tener la impresión de que había escapado a la realidad y de que aquello se asemejaba a un sueño, a un episodio fantástico del que yo iba a ser testigo; sentado en el balate, sin moverme, aguardaba a que algo de pronto ocurriese, a que por uno de aquellos caminos apareciese un viajero de otra época, vestido con ropas talares, quizá con aire de caballero medieval, o a que oyese la voz de un antiguo morador de aquellos pagos, una voz menuda que se confundiese con la brisa y que me hablase al oído en secreto. Todo era posible entonces, en aquella tarde de abril que ya languidecía, con un sol de primavera que vertía sus últimos rayos sobre los campos. La sospecha anterior era ya certeza: había traspasado una frontera imprecisa; por efecto de un extraño fenómeno, me encontraba en una dimensión nueva, en un espacio que se me antojaba infinito.
La luz caía mansa, de un color añejo. Era un momento que se prolongaba extrañamente en el tiempo, un instante plácido en el que yo creía habitar un territorio misterioso. Había una fuerza superior que obraba en lo oculto y que lo hacía posible. Se oía el murmullo del agua en alguna acequia: era un canto remoto que llegaba a través de las grietas del silencio, por los intersticios de la historia. Parecía un mensaje, un anuncio de lo que habría de suceder. Yo seguía esperando, conmovido por lo que estaba sintiendo. La nieve de la sierra comenzaba a teñirse de rosa, en tanto que el soplo de la brisa era a veces más fresco. Estaba muy a gusto, en comunión con la naturaleza, en medio de una vega que se me figuraba como un paraíso, como un lugar soñado.





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