Collejas

El relato del domingo, por Pedro Ruiz-Cabello (71): Por unas collejas

El cielo estaba parcialmente nublado cuando José salió del pueblo, por lo que no imaginó lo que unas horas después le ocurriría, aun cuando él no solía fallar en los pronósticos que hacía del tiempo. Se había dirigido, como otras muchas mañanas, a la sierra con la excusa de recoger unas collejas con las que su mujer pudiera preparar por la noche unas tortillas. Conocía la sierra palmo a palmo, pues la había recorrido a menudo en los tiempos en que era pastor. La había cruzado de un extremo a otro y se había adentrado por parajes en los que seguramente no habían estado otros. La sierra se hallaba a no mucha distancia del pueblo, tras una serie de lomas y de colinas pobladas de olivos; se componía de cerros de color ceniciento y de peñas abruptas, tras los que se alzaban, un poco más lejanos, unos montes pedregosos, cuyas faldas estaban cubiertas de pinos.

No llevaba José mucho andado cuando notó que unos densos nubarrones avanzaban por el poniente, si bien no quiso darle demasiada importancia, pues todavía había claros por los que asomaba el esmalte fúlgido de un cielo azul de primavera. Las collejas crecían en una zona que no se encontraba muy lejos, en un terreno arenoso que se hallaba en el balate de un camino. Cuando era pastor, no habría tardado más de una hora en llegar hasta allí; pero con setenta años que tenía, lo más normal era que invirtiese más tiempo. Los achaques que venía padeciendo habían menguado, evidentemente, sus facultades, aun cuando no le impedían seguir andando por la sierra a un ritmo más pausado que el de antes.

A medida que avanzaba, el cielo se iba nublando más, de modo que ya quedaban pocos claros en él. Era aquella, sin duda, una mala señal, a pesar de lo cual José no dudó en continuar su marcha. Había llegado a una zona más alta, en la que ya solo había hoscos roquedales. El camino por el que iba se retorcía entre ellos, a veces con repechos muy empinados.

José y Manuela, que así se llamaba la mujer, solo tenían un hijo, el cual se había independizado ya de ellos y se había ido a vivir a otro lugar, donde había formado una familia. Residían los dos solos en la misma casa de siempre, en una casa vieja que estaba situada casi en las afueras del pueblo y que por algunos lados presentaba un aspecto ruinoso. La verdad es que nunca habían estado sobrados de recursos; siempre habían vivido con escasos medios, solo con el jornal que José ganaba con su trabajo de pastor. Desde hacía poco, después de que él se había jubilado, se mantenían con la exigua paga que recibía del Estado. La vida había sido muy dura para ambos, pues a la precaria economía se habían sumado enfermedades y diversos contratiempos que habían superado con grandes fatigas.

Aquel camino que discurría entre rocas desembocó en otro más estrecho, surcado de pequeñas cárcavas. En sus bordes crecían desmedrados almendros y matas de tomillo. José calculó que tardaría algo más de media hora en llegar al sitio donde se encontraban las collejas, justo al final de aquel mismo camino. Los nubarrones del poniente formaban ya una masa compacta que se cernía sobre los montes. El sol había desaparecido y una penumbra gris comenzaba a extenderse por todos lados. José, en vista de aquello, no tenía duda de que dentro de poco llovería, aunque siguió avanzando. Estaba empeñado en recoger las collejas y en llevárselas a la mujer para que preparase las tortillas.

La necesidad que tenía le hizo andar un poco más ligero, a pesar de lo cual no sentía cansancio. Le parecía raro que no lloviese, pues la penumbra se había vuelto más oscura. En aquellos momentos no tenía miedo, aunque de vez en cuando pensaba en su mujer, pues lo más seguro era que estuviera preocupada por él.

Tal como había previsto, comenzaron a caer las primeras gotas; eran unas gotas gruesas que formaban anchas huellas en el suelo, aunque por suerte faltaba ya poco para que llegase al balate donde crecían las collejas. Las gotas, en poco tiempo, se hicieron más intensas, dando lugar a una lluvia torrencial. Llovía mucho más de lo que José había creído. A tales alturas, ya no podía volver atrás; sea como fuese, tenía que seguir. La lluvia había arreciado de tal modo que tenía ante sí una cortina espesa de agua, tras la que aparecía muy borroso el camino. Llevaba la ropa empapada y el pelo muy mojado. En el suelo, se habían formado enormes charcos y por las cárcavas circulaban corrientes impetuosas de agua. Por mucho que le hubiera llovido en la sierra o en el campo, jamás había vivido nada parecido. Procuraba andar por los bordes del camino, con cuidado de no resbalar. Por un instante pensó que no alcanzaría su objetivo, pero se dijo que no debía cejar en su empeño, en su deseo de cortar unas collejas para que Manuela hiciera unas tortillas. Las gotas de lluvia se deslizaban por su rostro, cegaban sus ojos. Tenía la impresión de que las nubes estaban muy bajas, de que él se hallaba en medio de ellas. Sin detenerse, consiguió llegar a donde estaban las collejas. Cortó con las manos varias matas y sin dilación emprendió el regreso. Llevaba las botas llenas de agua, con las suelas cubiertas de barro, por lo que le costaba mucho caminar.

El ambiente era muy húmedo, muy frío, así que lo más probable era que contrajera un tremendo constipado. Durante unos minutos procuró no pensar en otra cosa que en caminar; cada trecho que recorría suponía un pequeño triunfo. Era, verdaderamente, increíble que pudiera resistir tanto; las piernas habían comenzado a dolerle, con punzadas que eran a ratos muy agudas. Aquel día no había sido precavido, pero entonces era mejor no pensar en eso. Era preferible, según había comprobado más de una vez, olvidar las cosas que no tenían remedio. Delante de él continuaba habiendo una cortina de agua, aunque empezaba a sospechar que era menos densa que antes. Quizá se trataba esta de una sensación producida por el deseo que tenía de que acabara pronto aquella insufrible travesía. La mente, sin duda, se crea ilusiones cuando las situaciones son más adversas, discurrió entonces al ver lo que le sucedía. La verdad es que nunca había dejado de creer en sí mismo, a pesar de lo mal que lo estaba pasando. La sensación anterior volvía a producirse: en medio de aquella tiniebla gris comenzaba a distinguir sombras, a percibir las formas de las rocas. Eso significaba que la lluvia ya no era tan recia o que no caía del modo de antes. El camino era impracticable, aunque él poco a poco seguía avanzando. Habría cubierto ya la mitad del recorrido, quizá algo menos. Ahora el objetivo se cifraba en llegar al pueblo, en presentarse ante su mujer con las matas de collejas. Manuela estaría muy preocupada; seguramente habría pensado que le había ocurrido algo malo, aunque ella no era de natural pesimista.

La lluvia, en efecto, empezó a ceder. José distinguía ya con cierta nitidez los contornos de los cerros, las colinas de olivos. Las nubes habían tomado un tono blanquecino, lo cual parecía indicar que ya no eran tan espesas. A José le asaltaba la impresión de que había salido de una pesadilla, en la cual probablemente hubiese estado a punto de perecer. Había regresado a la vida, aunque iba cubierto de barro, con la cara completamente desfigurada.

Cuando llegó a la casa, Manuela se abrazó llorando a él. Entre sollozos, le confesó que había temido lo peor, pues él ya no tenía edad para resistir aquel temporal. José, luego que estuvieron abrazados, le mostró las matas de collejas. «Son para ti; te las he traído para que prepares con ellas unas tortillas», le dijo, satisfecho de su proeza.

Pedro Ruiz-Cabello Fernández

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