Durante más de un año, coincidí con él en el bar al que yo suelo ir a tomar café por las tardes. Cuando llegaba al bar, a una hora siempre temprana, ya estaba allí, sentado a una mesa del fondo, junto a una ventana que daba a la calle. Desde el principio me había llamado la atención por su aspecto estrafalario y huidizo, por su aire de bohemio incorregible. Llevaba una chaqueta gris que nunca se quitaba, ni siquiera en los días de más calor. Era viejo, con el pelo blanco, a menudo despeinado y revuelto; sus ojos, de un azul desvaído, casi se perdían entre unos párpados muy gruesos; la nariz era prominente, más propia de un prócer romano que de un ciudadano corriente.
No hablaba con nadie, solo con el camarero que a la sazón lo atendía, el cual se limitaba a cruzar con él las frases consabidas que intercambiaba con cualquier otro cliente. Yo tenía costumbre de ocupar un lugar del mostrador, desde el que con disimulo observaba cada tarde a aquel parroquiano singular. He de reconocer que soy curioso y que no dejo de interesarme por casos que me resultan peculiares. Durante algún tiempo, me dio por imaginar a qué se dedicaría aquel señor, cuál era el motivo de que visitase el bar a la misma hora y de que ocupase el mismo sitio, desde el que podía observar a través de la ventana la calle. Pensé que podría estar esperando a alguien, con quien hubiera quedado, pero con el paso de los días deseché la idea, por lo que barajé otras hipótesis. Ninguno de los camareros, por otra parte, sabía nada acerca de su vida, ya que nunca se había referido a ella ni había dado señales por las que se pudiera colegir algún dato significativo; acostumbrados a tratar a gran variedad de clientes, lo consideraban como un tipo misterioso, muy parecido a otros a los que habían conocido.
Pedía, igual que yo, un café solo, al que daba breves sorbos, a veces muy espaciados, como si no tuviera prisa en tomarlo o como si quisiera demorar la consumición con el fin de prolongar la estancia en el local. Había momentos en que se quedaba pensativo, con la mirada perdida en el vacío, tal vez en un recuerdo lejano; cuando esto ocurría, colocaba los codos sobre la mesa y se sujetaba la cara con ambas manos, adoptando así una postura que debía de resultarle bastante cómoda.
A fuerza de verlo a diario, se convirtió para mí en una figura familiar, si bien había algo en él que siempre despertaba mi curiosidad. Notaba, por ejemplo, cierto desvalimiento en su modo de mirar o de comportarse, aunque no hubiera sabido decir a qué se debía. Su expresión era, por lo común, triste, meditabunda, como si continuamente su mente estuviera enredada en escenas del pasado, en algún episodio que lo hubiera marcado definitivamente. Algunas tardes sacaba un cuaderno de tapas negras del bolsillo de la chaqueta y se ponía a leer con calma las notas que había escritas en sus páginas; pensé, en vista de ello, que podía tratarse de un dietario o de una especie de borrador de una novela, por lo que se me antojó que era un escritor, un escritor que hubiera publicado acaso varios libros en otro tiempo, pero del que ya nadie se acordaba. Sus trazas de hombre extravagante coincidían, indudablemente, con tal deducción, de acuerdo con la imagen que me he fabricado de ciertos escritores.
Un día que entrábamos los dos a la vez en el bar estuve a punto de entablar conversación con él pero no supe el modo de abordarlo, la manera de iniciar el diálogo sin que le pareciera impertinente, ya que es esta una de las cosas que pretendo siempre evitar.
La posibilidad de que fuera escritor hizo que más me atrajese, ya que es un oficio al que he profesado una gran admiración, quizá porque es el que yo durante muchos años había deseado tener. Por eso, cada vez que lo veía leer las notas del cuaderno me daba a imaginar que lo que en él estaba escrito era un diario o un esbozo incluso de novela, compuesto de un resumen del argumento y de una presentación sucinta de los personajes. Sería tal vez su última obra, con la que vendría soñando desde hacía mucho tiempo; quizá le faltaban detalles o aspectos que considerara imprescindibles, sin los cuales no se atrevía a escribirla, aunque era posible que no la iniciara nunca por no disponer de la energía necesaria que sí había tenido cuando era joven. Todo esto lo pensaba mientras tomaba el café en la barra, ya que era un hombre que no podía pasar inadvertido, al menos para quien como yo tenía un espíritu observador. Lo imaginaba soltero, pues no me entraba en la cabeza que hubiera formado una familia; por alguna razón especial, quizá por su mismo carácter, no se habría casado, sino que se habría acostumbrado a vivir siempre solo, en una casa vieja, heredada de los padres. El cultivo de la literatura lo había salvado probablemente de caer en la depresión, ya que permite a quien en él se ejercita evadirse de la realidad. Aquella mirada soñadora, clavada en un punto lejano, era un signo evidente de que era propenso a crear mundos ficticios, a inventar historias.
Permanecía en el bar más de una hora, ajeno a los demás clientes que en él se daban cita. Por su actitud, se infería que no le gustaba entrometerse en la vida de nadie, como es normal en otras personas. Si por un instante se fijaba en alguien no era por el deseo de escrutarlo, sino por mera casualidad. Cuando no apoyaba los codos sobre la mesa o cuando no estaba leyendo, solía tener los hombros caídos, con las manos posadas sobre los muslos. En su rostro no se dibujaba ningún gesto de inquietud o de impaciencia; se diría que podría estar sentado en la misma mesa muchas horas sin dar muestras de cansancio o de aburrimiento, como le habría ocurrido a cualquiera.
Una tarde de invierno, después de haber repasado con morosidad los apuntes del cuaderno, extrajo del bolsillo de la chaqueta un lápiz y lo colocó junto a la taza de café. El hecho, por ser nuevo, no me pasó inadvertido. Me apercibí de que el lápiz era grueso y de que tenía la punta afilada. Sin duda, estaba dispuesto a escribir, aunque parecía meditar antes de hacerlo; como siempre, presentaba el gesto pensativo, con los labios ligeramente fruncidos. Una mano, la derecha, la había dejado posada sobre el borde de la mesa, quizá porque era con la que había de ejecutar la escritura. Sus movimientos eran, en cualquier caso, siempre muy lentos, como si requiriesen de un esfuerzo o de una orden del cerebro que tardase en llegar. De nuevo me asaltaba la impresión de que era un hombre desvalido, al que tal vez le faltaba algo, algo que echase profundamente de menos.
Fue, en efecto, al cabo de unos minutos cuando se puso a escribir en el cuaderno. Rellenaría dos o tres páginas, siempre de forma pausada, por lo que colegí que su caligrafía era de trazos firmes, acaso primorosa. Llevado por mi fantasía, que en aquel punto se hallaba bastante excitaba, di en creer que estaba escribiendo un pasaje importante de su futura novela, tal vez el pasaje decisivo, el que rematase la historia, aunque nada en su semblante denotaba el sentimiento que lo embargaba. Escribía con la mano derecha, mientras que con la izquierda mantenía abierto el cuaderno. A veces levantaba la cabeza y fijaba la vista en el lugar que estuviese recreando su imaginación, posiblemente en un lugar de su pasado, en una escena del pasado que se le volviese muy borrosa. Yo lo observé aquella tarde sin disimulo, pues estaba seguro de que él no lo notaría. Una vez que consumí el café, pedí una copa de licor, lo cual no era muy frecuente en mí; lo hice por el interés que me había suscitado aquel nuevo episodio, por el deseo de saber en qué concluía. Ya he apuntado que soy por naturaleza curioso, quizá demasiado curioso. Ninguno de los otros clientes del bar había reparado en aquella novedad. Era yo el único que me había dado cuenta de ella. El señor de la chaqueta gris parecía vivir en otro mundo, en su propio mundo, muy alejado de la realidad. Siempre será para mí un misterio lo que escribió aquella tarde de invierno. Ocurrió poco antes de que dejara de visitar el bar, por lo que nunca podría desvelar el misterio.
Es una de esas figuras que forman parte por un tiempo de la vida de un lugar y que de pronto desaparecen sin que se conozca el motivo. Lo normal es que al cabo de los días la gente se olvide de ellas; sin embargo, yo siempre me acordaré de aquel hombre que tanto interés me despertó. Más que una persona real se me representa en el recuerdo como un ser ficticio, procedente de un mundo imaginario, quizá de alguna de las historias que se refieren en los libros. Lo recuerdo como el personaje de un relato, del relato que yo nunca me he atrevido a escribir, con su chaqueta gris, el cuaderno de tapas negras, el lápiz que guardaba en el bolsillo, con su aire inconfundible de escritor bohemio. No, posiblemente no fuese real; en mi memoria aparece como alguien con el que he soñado alguna vez, en un tiempo que se me figura muy lejano. Quizá vuelva a encontrarme con él en un sueño, igual que me ocurre de vez en cuando con seres que han muerto. Nada es improbable cuando se sueña, en las imágenes que crea el inconsciente, porque en él está todo almacenado, cubierto de capas de silencio.





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