La timidez es una condición innata que se corrige o que incluso se vence en un determinado momento, cuando se reúne un cúmulo de experiencias que lo favorecen. Hay unos años en que resulta imposible doblegarla a pesar de los esfuerzos que se hagan para conseguirlo, como a mí me pasó durante gran parte de la infancia y en los inicios de la adolescencia. Ya un maestro, en mi último curso en el colegio, me había advertido que sería un gran obstáculo para mí si no lograba superarla a tiempo. La timidez me retraía, me hacía reservado y hasta huraño a veces en el trato con los compañeros; me obligaba a adoptar una actitud huidiza, especialmente cuando había de relacionarme con chicas. A muchas de ellas les parecería rara mi conducta, pues no era normal verme tan inhibido, como si un sentido del pudor exacerbado me alejara de ellas; casi rozaba lo patológico, lo que puede ser considerado susceptible de algún tipo de terapia psicológica. Era posible que obedeciera no solo a algo congénito, sino también a determinados factores ambientales que hubieran concurrido en los primeros años de la infancia, a un hecho concreto del que yo ni siquiera tuviera memoria.
Lo cierto es que lo pasé mal en muchos momentos, en especial durante mi etapa inicial en el instituto, durante la cual yo tenía conciencia de que no se correspondía mi comportamiento con el que habría de tener un estudiante de bachillerato, al que ya no se le consideraba un niño. Es verdad que tuve amigos y que con ellos me relacioné con perfecta normalidad, pero se presentaban circunstancias en las que había de actuar de un modo maduro y me lo impedía la timidez, el acceso de vergüenza que entonces me asaltaba y que era la causa de que me retrajera y de que a veces me ruborizara de un modo indecoroso. Como era natural, aquello me hacía sufrir, pues me veía impotente e incapaz de sobreponerme al estado de apocamiento en que me hallaba.
El instituto estaba situado en las afueras del pueblo; además del edificio, que era de reciente construcción, disponía de varios campos de deporte y de zonas en las que crecía una vegetación viciosa; al otro lado de la verja del instituto se hallaba la vega, dividida en parcelas de labor de diferentes proporciones, tras la que se alzaba el enorme telón de la sierra, con sus cumbres nevadas en la mayor parte del año. La cercanía de las primeras hazas de la vega, de las que llegaban frescos olores, confería al lugar un especial encanto, ya que parecía que formase parte del espacio de feraces labrantíos que frente a él se extendía. En los días claros de primavera, con muchos frutos ya crecidos, el panorama que los campos ofrecían detrás de la verja alegraba el espíritu; era realmente un gozo para la vista, que se recreaba con un cuadro maravilloso, de una belleza que quedaba para siempre guardada en la retina. En aquellos días yo me sentía más animado, como si la primavera también me hubiera transformado por dentro. Era un cambio que debía de ser advertido por compañeros y profesores, pues me volvía más sociable y llegaba a intervenir de vez en cuando en las clases.
Poco a poco fui saliendo de mi introversión; en el segundo curso de bachillerato, ya me podía considerar integrado plenamente en el ambiente del instituto. A pesar de que todavía conservaba restos de timidez, ya que la timidez es algo que quizá nunca se pierde del todo, no tenía tanta dificultad para relacionarme con los demás. Notaba, entre otras cosas, que ya no me ruborizaba como antes en presencia de las compañeras y que incluso me atrevía a intercambiar palabras con algunas de ellas, especialmente con las más extrovertidas, con las que me inspiraban más confianza. No, yo no era un tipo raro, como alguna vez había creído o como tal vez los compañeros y los profesores en más de una ocasión habrían pensado. En el instituto me sentía cada día más a gusto; era para mí como mi segunda casa, en la cual se me ofrecía además la oportunidad de aprender y de progresar en los estudios. Una de mis principales aficiones de entonces era la lectura; no solo constituía ya un hábito del que no podía prescindir, sino que se había convertido desde el curso anterior en una fuente de placer. Cada nuevo libro que me disponía a leer suponía para mí una aventura, gracias a la cual descubriría innumerables tesoros. Me apasionaban por aquel tiempo las novelas; Galdós y Baroja eran dos de mis autores preferidos, a los que se iban sumando otros, como Delibes y Ana María Matute. El amor que se me había despertado por la literatura hizo, además, que trabara amistad con Manuela, una compañera de curso que era también una gran lectora. Está claro que una pasión compartida une más que otras cosas, siempre circunstanciales o transitorias. A los dos nos gustaba mucho hablar sobre lo último que habíamos leído, sobre los descubrimientos que habíamos hecho en materia de literatura. Manuela era una chica muy sensible que se entusiasmaba con facilidad cuando leía algo que le resultaba maravilloso, cuando creía haberse encontrado con una obra de arte. Tenía, como yo, a ciertos escritores idealizados, si bien sus preferencias eran a veces diferentes de las mías.
Manuela no pasaba por ser guapa o por estar agraciada con un buen tipo. Era, por el contrario, delgaducha, algo destartalada de figura, con los hombros siempre encogidos. Tenía el pelo lacio, de color castaño, los ojos rasgados, la nariz larga y estrecha. Su mayor atractivo radicaba en su modo de sonreír, casi continuo, y en la energía con que exponía sus pensamientos, sobre todo si la movía aquel entusiasmo que le deparaba la lectura de algunos libros. Una tarde de otoño en que había faltado un profesor se nos permitió a los alumnos del grupo estar fuera del aula, en las zonas aledañas al edificio. Manuela y yo, casi por puro azar, estuvimos reunidos en la parte de atrás del gimnasio, en un lugar invadido de hierbas, muy cerca de la verja que delimitaba los terrenos del instituto. Nos habíamos sentado en las hierbas para poder estar más cómodos. El tema de conversación, como no podía ser de otro modo, tenía que ver con la literatura; estuvimos hablando en concreto sobre El licenciado Vidriera de Cervantes, que los dos habíamos leído recientemente por ser una lectura obligatoria del curso. Nos había parecido magnífico el ingenio de Cervantes, así como su arte de narrar. Manuela, como era de esperar, se mostró deslumbrada por aquella novela, hasta tal punto que aseguraba que el próximo libro que leería habría de ser el Quijote, una obra cuya lectura venía aplazando desde hacía mucho tiempo. Era una tarde apacible de otoño; en la estampa que presentaba la vega al otro lado de la verja predominaban los trazos ocres y siena, junto a los de tono verde de alcaceres y alfalfares tupidos. El sol, a punto de declinar en el horizonte, derramaba su luz rubia sobre los campos, cubriéndolos de un aura de leyenda vieja. Estábamos Manuela y yo solos en aquel sector del instituto; los compañeros se hallaban lejos. Después de decirme que estaba dispuesta a leer el Quijote, ella sonrió, mirándome a los ojos con determinación, quizá como hasta entonces nunca lo había hecho. Parecía como si quisiera decirme algo importante, pero al final compuso un gesto vago con los labios, como si de pronto hubiera decidido revelármelo en otro momento.





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