El relato del domingo, por Pedro Ruiz-Cabello (80): Pasiones

El padre de Antonio casi siempre estaba enfermo. Como él era el hijo mayor, le correspondía la obligación de encargarse de las tareas que el padre muchas veces por su enfermedad no podía atender. Con catorce años, tenía ya fuerzas suficientes para realizar la mayoría de las faenas del campo, igual que les había ocurrido a otros muchos labradores del pueblo con su edad, en unos tiempos en los que lo más normal era que los muchachos abandonasen los estudios para dedicarse a trabajar. Antonio iba preferentemente al campo los fines de semana y en los periodos de vacaciones, pues tenía intención de continuar estudiando. Estaba ya cursando el bachillerato en el instituto, al que había accedido con un magnífico expediente escolar. Como era muy responsable, trataba de sacar el máximo provecho a las horas en que se dedicaba a estudiar. El esfuerzo que hacía era enorme, como ya habían reconocido algunos de sus profesores. En el instituto el ambiente que había encontrado era muy diferente del que conociera en la escuela, pues en él se habían dado cita profesores de un gran nivel y estudiantes de diferentes pueblos. Los primeros días habían sido de gran novedad, pues suponía pasar de un mundo conocido a otro de mayores exigencias al que forzosamente se había de adaptar. Debido a que era de naturaleza bastante sociable, no había tardado en entablar amistad con algunos compañeros de la clase, con los cuales empezaría a compartir experiencias e inquietudes. Desde el principio, había tomado predilección por la asignatura de Lengua Española, quizá porque él estaba ya predispuesto para que le gustase. La impartía un profesor joven, recién llegado al instituto. Era alto, enjuto de rostro, con los ojos negros, varados en una expresión melancólica. Vestía con cierto descuido, con un estilo moderno que no era común entonces entre el profesorado. Quizá lo que más atraía de él era la forma de dar las clases, con una voz mesurada, suave, sin grandes inflexiones. Se notaba que dominaba la materia y que disfrutaba impartiéndola. Antonio pensaba que ello ocurría por el entusiasmo que en el fondo sentía por ejercer una profesión en la que hacía poco que se había iniciado. Muchas veces decía que había que amar la lengua y que el mejor modo de amarla era leyendo a los escritores que habían hecho un buen uso de ella; para él, la literatura era necesaria para que la lengua prosperase y diese abundantes frutos, porque eran los escritores quienes en sus obras ensanchaban sus posibilidades y establecían los modelos en los que los demás usuarios debían fijarse. Antonio, que no había leído mucho, comenzó a aficionarse a la lectura, hasta que la convirtió en un hábito del que no podía prescindir. Leía en los pocos ratos que tenía libres, en los recreos, en las horas en que faltaba algún profesor, en las tardes de los domingos… Descubrió así un nuevo placer, un placer de índole espiritual que le reportaba grandes beneficios. A los libros que el profesor recomendaba él añadía otros que le habían parecido interesantes. El dinero con que su padre lo remuneraba por los trabajos realizados en el campo lo invertía en la adquisición de nuevos ejemplares. A algunos de sus amigos no dejaba de sorprenderles que gastase dinero en libros, pues ellos eran partidarios de adquirir otro tipo de productos.

Leer para Antonio constituía una aventura, gracias a la cual se adentraba en territorios desconocidos que encerraban inusitados tesoros. Le gustaban toda clase de obras, aunque sentía preferencia por las de carácter narrativo, siempre que tuvieran una buena dosis de poesía. Poco a poco, casi sin que él se lo propusiera, se iba configurando su gusto; había autores que lo deslumbraban y otros que, sin llegar a tal extremo, servían para que siguiera aumentando su amor por la literatura. El padre, que era hombre sin estudios que se había criado en el campo, no acababa de entender que Antonio pudiera estar tanto tiempo leyendo. En broma, le solía decir que se le iban a secar los sesos con tanta lectura, a lo que él siempre contestaba que los libros eran un alimento para su espíritu y que alguna vez se había de dar cuenta de todo lo que de ellos había aprendido.

En los siguientes cursos se afianzó aquella afición con el descubrimiento de más escritores. Lo suyo era ya una verdadera pasión: ni los estudios, a los que tenía que prestar cada vez más atención, ni el trabajo en el campo lo apartaban de ella. La lectura, además, había multiplicado las capacidades de su mente, por lo que no había dejado tampoco de descollar en el instituto.

Un día aquella misma pasión lo llevó a escribir su primer relato. Era una historia de amor, en la que un muchacho tímido después de sufrir un enorme desengaño acababa hallando un inopinado consuelo en la literatura. A aquel primero relato, del que estaba muy contento, siguieron otros, con los que fue forjando un estilo propio. Aunque los temas eran muy variados, predominaban los de carácter amoroso, debido sobre todo al afecto que por aquel tiempo sentía por María del Valle, una chica que estudiaba en un colegio de monjas, situado en las afueras del pueblo en el que ambos vivían. Ella era guapa; tenía el cabello rubio, la frente despejada, los ojos de un tono azulado. Quizá lo que más le había llamado la atención de ella era la alegría que se desprendía siempre de su persona, de su modo de comportarse. A Antonio le había gustado, por esta razón, verla pasar por la calle, muchas veces camino de la casa de sus abuelos, donde solía quedarse de visita un buen rato por las tardes.

Desde que una vez la mirada de María del Valle se quedó prendida de la suya, Antonio sintió su corazón atravesado por una daga de amor desbordante. Sus pensamientos, cuando no los tenía puestos en los estudios o en cualquier tarea relacionada con la literatura, los empleaba en recrear su figura, en evocarla con intensa delectación. Se diría que vivía bajo el efecto de un embrujo y que siempre habría de estar sometido a él. Por eso era natural que en muchos de sus relatos apareciesen personajes enamorados, cuya suerte podía variar según las circunstancias a las que les tocaba enfrentarse. Unos eran tímidos y otros, más decididos, como él; los había jóvenes y también adultos, cercanos incluso a la vejez. El amor se les presentaba de improviso, como un vendaval de emociones que acababa por trastornarlos y por convertirlos en unos seres apasionados. Sus amadas eran, por lo general, huidizas, de una condición difícil de entender; en unos casos era la diferencia de edad el factor determinante y en otros, la falta de compenetración o la aparición de alguien que reunía para ellas más atractivo que su anterior pretendiente. Todo ello era causa de decepciones y de sufrimientos que se hacían insoportables y que conducían al amante en ocasiones a una gran depresión. Eran, pues, amores contrariados que sucedían en sitios muy diversos, en ambientes urbanos y en pueblos muy apartados de la geografía; tenían lugar unas veces bajo una lluvia torrencial y otras en una tarde apacible de verano o en una mañana áurea de otoño, en un camino acaso flanqueado de álamos que discurría por la ribera de un río o en un áspero pedregal erizado de breñas… Ninguno de aquellos cuentos terminaba bien; los protagonistas perseguían un sueño que no podían alcanzar, si bien algunos lograban superar el desengaño sufrido, dedicándose a tareas con las que lo conseguían mitigar.

Antonio no podía saber aún cómo acabaría su propia historia, ya que la verdad era que no había hecho más que empezar. Por ciertos indicios, pensaba que no habría de concluir como la mayoría de sus relatos, con el desencanto del protagonista: todo llevaba a creer, en efecto, que María del Valle estaba interesada en él y que a poco que se tratasen se entenderían muy bien. El amor que por ella había comenzado a sentir lo inducía a ser optimista, a confiar en su suerte: parecían María del Valle y él haber sido destinados a amarse, a unir sus vidas para siempre. La dicha que experimentaba al soñar con el futuro que le aguadaba era indescriptible. Era una dicha que le daba una energía extraordinaria para seguir escribiendo, para continuar inventando historias, aun cuando en ellas los personajes que las protagonizaban no fuesen tan afortunados como él. Todo le sonreía: aunque no había publicado nada, tenía la seguridad de que algún día terminaría haciéndolo. Era posible que con aquel libro de relatos se iniciara su carrera como escritor, aunque él aún no aspiraba a ser reconocido como tal. Poseía el maravilloso don de escribir y con eso le bastaba, pues era suficiente para ser inmensamente feliz. Tenía aún dieciocho años, por lo que le quedaba mucho camino por recorrer, en el cual se sucederían diversas etapas. El trabajo en el campo le había otorgado una gran resistencia. Era también un labrador, un obrero de la tierra. Tenía, por tanto, dos ocupaciones, además de la de los estudios, que nunca debía abandonar. Había pensado por entonces cursar Filología Hispánica, ya que era en lo que podía tener un mayor rendimiento. No se planteaba en principio alcanzar un doctorado o una plaza de profesor, sino solo aprender. Siempre había sido un buen estudiante, al cual nunca habían rendido dificultades ni parabienes. Estaba viviendo un momento importante, un momento que se le antojaba decisivo; por un lado, la literatura se le presentaba como un mundo fascinante y por otro, el amor le deparaba bellas perspectivas.

Pedro Ruiz-Cabello Fernández

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