A no mucha distancia del pueblo, en plena vega, había un cortijo abandonado que estaba en ruinas. En él se instaló hace años, cuando yo era pequeño, una familia pobre, venida de otras tierras. Aunque en el pueblo había gente que vivía también en condiciones miserables, nunca había visto en nadie tal grado de pobreza. Eran seres escuálidos, desmedrados, vestidos con harapos. Los hijos, sobre todo, eran quienes presentaban un aspecto más astroso: tenían el rostro enjuto y atezado, las manos y las piernas llenas de costras y arañazos; eran, además, cinco: un niño que sería un poco mayor que yo, una niña de edad parecida a la mía y tres niños que oscilarían entre los cinco y los dos años. El padre era alto, con un bigote espeso, la mirada adusta; llevaba una camisa de pana muy percudida y un pantalón de tela, sujeto a la cintura con una soga gruesa; en los días de sol se cubría la cabeza con un sombrero de paja que tenía el ala rota. La madre era de cara redonda, con el pelo enmarañado; sobre un jersey de lana roja y una falda con muchos remiendos se ponía un delantal a cuadros, en cuyos bolsillos guardaba muchas cosas.
Algunos días iba con mi abuelo al campo y pasaba con él por delante del cortijo. Según mi abuelo, era gente nómada que se había asentado allí por un tiempo y que dentro de unos meses o de unos años se iría a vivir a otro sitio. Él lo decía con la seguridad que le proporcionaba la experiencia, pues la que reunía mi abuelo era muy amplia, como así se comprobaba por la gran cantidad de anécdotas que contaba; él también había vivido en muchos sitios y había conocido por razones de su oficio de viajante de comercio a muchas clases de personas.
El cortijo estaba rodeado de hazas, en las que algunos labradores del pueblo cultivaban sus frutos; delante de la puerta había una especie de patio empedrado de guijos pequeños, entre los que crecían mechones de hierbas. A lo largo de la fachada principal, llena de desconchones, se extendía un poyete bajo de piedra, en el que aquella mujer greñuda solía estar sentada vigilando a los hijos, que jugaban en las cercanías del cortijo. El mayor, según nos enteramos un día, salía a veces en compañía del padre en busca de trabajo, con el cual ganaban un salario que permitía sustentar a la numerosa familia.
Cada vez que pasábamos por allí, mi abuelo le dirigía a la mujer un escueto saludo, al cual ella siempre correspondía con un ligero asentimiento de la cabeza. Los hijos, a menudo cubiertos de polvo, con la cara muy sucia, me miraban con cierto recelo, quizá porque no les inspiraba demasiada confianza o porque me veían como un ser privilegiado en comparación con ellos.
Yo, a pesar de tener pocos años, me daba cuenta del modo que tenían de mirarme y reparaba ya, por efecto de aquellas miradas, en las grandes desigualdades que había en el mundo. Entre ellos y yo existían enormes diferencias, pues ellos habían vivido desde que nacieron en medio de una gran miseria y yo en cambio me había visto por capricho del destino favorecido con innumerables comodidades. Mientras que yo recibía una formación en la escuela, ellos no debían de contar con ninguna, por lo que lo más probable era que no supieran leer ni escribir, a no ser que el padre o la madre les hubieran enseñado en el caso de que alguno de los dos sí hubiera tenido una mínima instrucción.
Eran, a juzgar por su apariencia, unos niños salvajes, cuya mentalidad apenas variaría con respecto a quienes habitan en los lugares más apartados del planeta. Mi abuelo, después de haber pasado por delante de ellos, me decía siempre que le daban mucha lástima y que de buena gana los socorrería, aunque después no aclaraba el modo en que lo haría.
Una tarde que regresábamos al pueblo, nos encontramos con el padre y el hijo mayor, quienes probablemente volvían al cortijo después de haber realizado juntos alguna faena en el campo. Como de algún modo ya nos conocíamos, fue inevitable que mi abuelo, después de saludarlos, se parara a hablar con ellos. Se dirigió, naturalmente, al padre, quien no parecía creer que aquel señor al que muchas veces había visto pasar con el nieto tuviera interés en conversar con él. Fue muy poco, sin embargo, lo que hablaron. Mi abuelo quiso saber de dónde eran y por qué se habían asentado allí y el hombre, con una voz bronca, farfullando las palabras, refirió que eran de otro país y que después de haber atravesado muchas tierras habían tomado asiento en aquella vega porque les había parecido un lugar muy agradable para vivir. Mi abuelo, después de escucharlo, se ofreció para prestarles la ayuda que necesitaran, por lo que le dijo al hombre que no dudara en pedírsela la próxima vez que lo viera, sobre todo si servía para que los hijos pudieran vivir mejor, ya que a él le daba mucha pena que los niños pasaran fatigas o tuvieran que padecer enfermedades por falta de medicinas. Agradecido por el ofrecimiento de mi abuelo, aquel padre de familia dijo que lo tendría en cuenta pero que ellos estaban ya acostumbrados a soportar trabajos y a sufrir enfermedades sin medicinas. El hijo, mientras uno y otro conversaban, no dejaba de mirarme, aunque esta vez no lo hacía con la misma desconfianza de antes.
Estuvieron residiendo en el cortijo unos meses más. Un día que mi abuelo y yo volvimos a pasar por allí ya se habían ido; nos había extrañado al principio que no estuvieran los niños pequeños jugando en las hazas de alrededor. La madre, al faltar ellos, tampoco se encontraba sentada en el poyete de piedra. La puerta del cortijo se hallaba entreabierta, pero dentro no había nadie, según comprobamos. «Son nómadas, por lo que nunca tomarán asiento definitivo en ningún sitio», afirmó mi abuelo después de haberse asegurado de que se habían marchado.





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