Cada 30 de enero, las escuelas se llenan de palomas de papel, murales colectivos y canciones que hablan de convivencia.
En los patios se forman círculos, se leen proclamas y se recuerda a Mahatma Gandhi. El calendario escolar reserva ese día para el Día Escolar de la No Violencia y la Paz.
Es una escena que se repite año tras año, como si de un ritual manido y rutinario se tratara. Sin embargo, en estos días, una pregunta incómoda pone en alerta nuestras conciencias educativas: ¿qué hacemos, colectiva e institucionalmente, cuando ocurren sucesos terribles como el asesinato impune de niñas y niños en la escuela de Shajarah Tayyebeh, en Irán, o en hospitales infantiles de Gaza y Cisjordania? Excepto algún que otro manifiesto, que nosotros sepamos, no se ha salido masivamente al patio de ningún colegio ni a ninguna calle o plaza a protestar por semejante latrocinio.
¿Habrá mayor hipocresía que celebrar la paz en el mundo y no reaccionar de forma unánime, manifiesta y reflexiva cuando esas víctimas son precisamente niñas y niños que, como nosotros, se hallaban recibiendo educación o atención médica en escuelas y hospitales? ¿Qué solidaridad es esa que no denuncia enérgica y públicamente masacres semejantes? Nuestros alumnos han de saberlo: si han ido a por ellos y no reaccionamos, mañana pueden venir a por nosotros.
Cuando la educación sucede en el vacío, se torna perversa y malsana. Cuando la escuela habla de la paz en abstracto —como un valor universal sin referencias cercanas, como una palabra rutilante o una paloma blanca en un mural— corre el riesgo de convertirse en impostura.
Muchos centros educativos, tanto públicos como privados, optan por mirar para otro lado en aras de una prudencia anodina ante los conflictos internacionales. El miedo a la politización, la presión de las familias, la dificultad de explicar realidades complejas o la voluntad de proteger emocionalmente a los más pequeños son algunas de las razones que se exponen para evitar un compromiso real con la paz y la humanidad.

La paz abstracta la expresamos mediante símbolos, celebraciones y consignas que casi nadie cuestiona. Es la paz que cabe en un cartel, en una canción o en una actividad escolar. Pero la violencia tiene rostros, lugares y culpables ¡y nuestros alumnos han de saberlo!
Desde Pedagogía Andariega educamos para la paz aprendiendo a sostener preguntas difíciles. Hablamos de la guerra con un lenguaje que no destruye la esperanza. Reconocemos el sufrimiento sin convertirlo en espectáculo. En definitiva, acompañamos a los niños a mirar el mundo sin perder la capacidad de imaginar que podemos mejorarlo. Sin duda, nos resulta imprescindible seguir dándoles la palabra y favoreciendo la difusión de sus ideas.
Somos conscientes de que no existen recetas universales. Cada comunidad debe encontrar su propio modo de abordar y denunciar estas atrocidades.
Hoy, desde estas páginas, queremos realizar un pequeño gesto simbólico: guardar un momento de silencio lector por las niñas de aquella escuela en Irán y por los niños y niñas que hoy crecen bajo la violencia en Gaza y otros lugares.
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Durante este silencio imaginario, hemos creído percibir las plazas de nuestros pueblos y ciudades repletas de niños y jóvenes: personas comprometidas que, saliendo de sus recintos escolares, han sido capaces de rebelarse y mostrar a la sociedad su dolor y su respuesta. Una respuesta expresada por esta niña, Nerea, con una idea, con un sueño solidario que, rubricado en abrazo colectivo, les devuelva a aquellos otros niños, ya desaparecidos y hermanos nuestros, la vida que, cruel y alevosamente, les han robado.
Mi sueño. Por Nerea
Mi sueño es que algún día volváis a nacer,
aunque parezca mentira, yo lo intentaré.
Cuando miro el amplio mar
me recuerda vuestros ojos;
y cuando miro las estrellas,
veo vuestra sombra en ellas.
Yo nunca me rendiré
y mi sueño lo cumpliré:
mi sueño es que algún día volváis a nacer.
Aunque parezca imposible yo lo intentaré.





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