Escultura que rinde homenaje a Santiago Ramón y Cajal, padre de la neurociencia, inaugurada en el Parque de las Ciencias el 12 de marzo de 2023. La escultura, en bronce fundido, del escultor y orfebre José María Moreno fue sido realizada en el taller de los hermanos Moreno, a una escala mayor que la real ::A. ARENAS

Sobre ‘El mundo visto a los ochenta años. Impresiones de un arteriosclerótico’, de Santiago Ramón y Cajal

Hemos llegado sin sentir a los helados dominios de Vejecia, a ese invierno de la vida sin retorno vernal, con sus honores y horrores, según decía Gracián.

El tiempo empuja tan solapadamente con el fluir sempiterno de los días, que apenas reparamos en que, distanciados de los contemporáneos, nos encontramos solos, en plena supervivencia. Porque el tiempo “corre lento al comenzar la jornada y vertiginosamente al terminarla” (Schopenhauer, Parerga).”

Con estas palabras empieza Santiago Ramón y Cajal la Introducción que hace a su libro El mundo visto a los ochenta años. Impresiones de un arteriosclerótico terminado de escribir en mayo de 1934, cuatro meses antes de morir en octubre del mismo año con 82 años.

Portada de El mundo visto a los ochenta años. Impresiones de un arteriosclerótico

En esta misma Introducción Ramón y Cajal apunta los temas sobre los que va a escribir : “En la presente obra pasaré revista, siquiera sea muy sucintamente, a las decadencias inevitables de los ancianos, singularmente de los octogenarios, agravadas por achaques o enfermedades eventuales.”

Pero también hablará sobre cuestiones referidas a España y cómo no cuestiones científicas y otras referidas a él mismo de las que se disculpa: “ La índole de este libro me ha obligado a hablar hartas veces de mí mismo, poniéndome como ejemplo de las desventuras y tribulaciones de un anciano trabajador.”

Termina con estas palabras: “El lector, benévolo y comprensivo, perdonará ciertas confidencias y expansiones inoportunas, en gracia de la intención docente y utilitaria en que se inspiran. Y será indulgente también con ciertas consideraciones fastidiosamente científicas inexcusables en los dos primeros capítulos.”

Encontré este obra en la Feria del Libro de Granada del año pasado, 2025, en una pequeña edición facsímil de la Editorial Maxtor de Valladolid, editorial que tiene una preciosa colección de facsímiles.

Yo había leído de Ramón y Cajal Charlas de Café, delicioso libro en el que el autor recoge impresiones, aforismos, críticas agudas, juicios certeros… y cuando vi el de la editorial Maxtor no dudé en comprarlo, atraída no solo por el autor sino por el título que ya indicaba un tema que tratado por un sabio como Ramón y Cajal haría su lectura muy gratificante y entretenida, como así fue.

Portada del libro ‘Charlas de café’, en la edición de Austral

Santiago Ramón y Cajal (1852-1934), fue un científico, médico, histólogo y catedrático español. Fundador de la Escuela Neurohistológica española.

Hijo de un médico rural, Cajal estudió Medicina en la Universidad de Zaragoza, finalizando sus estudios de grado en 1873, con 21 años. En este punto es interesante y aleccionador para padres y educadores recordar que cuando estaba estudiando el bachillerato en Huesca (había nacido en Petilla de Aragón) abandonó sus estudios como castigo impuesto por sus padres y profesores debido a su escasa aplicación. Entró de aprendiz en una barbería y después en un taller de zapatero. Más reflexivo y arrepentido de sus rebeldías, volvió al Instituto, aprobando con muy buenas notas las asignaturas que le faltaban para alcanzar el título de bachiller.

En los inicios de su carrera profesional, ganó unas oposiciones al Cuerpo de Sanidad Militar y estuvo destinado en la Guerra de Cuba, donde contrajo el paludismo.

De vuelta a España y recuperada la salud, realizó su doctorado en la Universidad Central de Madrid en 1877. En los años siguientes trabajó como médico al mismo tiempo que ocupó sucesivamente las cátedras de Anatomía de la Universidad de Valencia; la de Histología de la Universidad de Barcelona y la de Histología Normal y Anatomía Patológica de la Facultad de Medicina de San Carlos, de Madrid que ocuparía hasta su jubilación en 1922.

En 1901 el gobierno creó un moderno Laboratorio de Investigaciones Biológicas que pasó a dirigir Cajal.

Pasaporte de Santiago Ramón y Cajal

Entre los numerosos reconocimientos internacionales que recibió destaca el Premio Nobel en Fisiología y Medicina que le fue concedido, junto con Camilo Golgi, en el año 1906. Se lo concedieron por sus investigaciones sobre la estructura del sistema nervioso. Su trabajo demostró la doctrina de las neuronas, estableciendo que las neuronas son células separadas y no una red continua como se creía anteriormente. Esta doctrina ha sido la base de la neurociencia moderna.

Además ocupó otros destacados cargos públicos como el de Presidente de la Junta de Ampliación de Estudios. En 1920 se creó el Instituto Cajal, del que fue su primer Director.

Dice mucho de su carácter y honestidad varios ejemplos: uno, el hecho de que, cuando en 1908 fue elegido senador en representación de la Universidad de Madrid, y dos años más tarde fue designado senador vitalicio aceptó estos cargos porque eran gratuitos (no tenía asignación económica), en cambio no aceptó ningún nombramiento de contenido político, hasta el punto de que rechazó el de Ministro de Instrucción Pública en 1906.

Otro detalle relevante fue que cuando se le nombró director del Laboratorio de Investigaciones Biológicas, el Gobierno le asignó un sueldo de diez mil pesetas anuales, Cajal pidió que se lo rebajaran a seis mil.

Siendo presidente de la Junta para la Ampliación de Estudios envió al extranjero a su hijo Jorge, investigador como él, pagando los gastos de su bolsillo. Cuando se le preguntó porqué no le había pensionado con una beca, como era habitual, y más siendo su hijo, Ramón y Cajal respondió: “Por eso mismo, por ser mi hijo”.

¿Cuántos harían hoy lo mismo que Cajal?

En cuanto al Ramón y Cajal literato podría decirse que el científico casi malogró al hombre de letras, no dejándole tiempo para dedicarse a la literatura.

Tenia una vasta cultura, una prosa fácil, un fino sentido crítico, ideas profundas, naturalidad expresiva, humor, sensibilidad. Podía haber sido un ensayista excelente, un cuentista admirable, un crítico de calidad, pero la ciencia no le dejó…

Juan Valera fue el primero en descubrir y elogiar las obras puramente literarias de Santiago Ramón y Cajal. Estas obras son: Mi infancia y mi juventud; El mundo visto a los ochenta años; Cuentos de vacaciones; Charlas de café ; El Quijote y el quijotismo.

Cuatro partes

Su obra El mundo visto a los ochenta años. Impresiones de un arteriosclerótico tiene cuatro partes: 1ª) Las tribulaciones del anciano; 2ª) Los cambios del ambiente físico y moral; 3ª) Las teorías de la senectud y de la muerte y 4ª)Los paliativos y consuelos de la senectud. En total veintiún capítulos en los que Cajal despliega su cultura, su inteligencia y su sensibilidad. Excepto la parte tercera que es una síntesis sobre las principales teorías científicas acerca de la senectud y de la muerte, las otra tres partes son de amena lectura.

En la primera parte escribe de lo que él llama “desfallecimientos fisiológicos y psíquicos” : vista , oído, debilidad muscular, insomnios, olvidos…y de la arteriosclerosis cerebral que él ha empezado a padecer y le pide perdón al lector por “estas fastidiosas confidencias autopatológicas” describe cómo le aprecieron los primeros síntomas con 69 años y cómo le recomendaron yodo y quietud y escribe literalmente “Me brindaban, pues, a guisa de problemático paliativo, el tedio de la inacción: la congelación del pensamiento, más horrenda que la misma inexistencia.

¡Bonito porvenir! Pero yo, que fui siempre terco y rebelde, decreté para mi capote, aunque sin gran convicción, que gozaba de buena salud. Me autosugestioné una euforia rezumante por todas las expansiones de las neuronas cerebrales; y decidí trabajar, a pesar de los doctores y de la anatomía patológica. Con todo eso, por si la ciencia tenía razón, moderé de vez en cuando mi actividad, no sin entablar encarnizadas batallas con un temperamento harto locuaz y expansivo. A regañadientes adopté un régimen de abstención y de silencio. Frecuenté los cafés gélidos y solitarios para poder leer tranquilamente un periódico. Y para escribir en casa durante el estío me confiné en el sótano, donde instalé caudalosa biblioteca. Allí organicé también, a mis expensas, un pequeño laboratorio para alternar la observación con la lectura, y la pluma con el microscopio”

Denegó “entrevistas solemnes y reportajes vocingleros. A la prensa no agradó mi actitud reservada ”y algunos reporteros “me gratificaron con los epítetos de huraño, orgulloso, hosco y gruñón”.

Sigo copiando este largo párrafo porque creo que es esclarecedor del talante de Cajal y también de su estilo ameno que invita a no dejar de leer: “…Los artículos destinados a la efímera prensa diaria no me seducen. Y hoy dispongo de nuevos argumentos. Mi fatiga cerebral me ha hecho descontentadizo y meticuloso para hablar y escribir. Perdióse, si lo tuve (que lo dudo) la antigua facilidad, ese don supremo de los dioses. Cada cuartilla me cuesta tres o cuatro copias, y jamás queda a mi gusto. A ser posible reharía y refundiría todos mis libros, cuyas ediciones -dicho sea de pasada- a causa de tan justificada desconfianza, apenas se parecen. Siempre encuentro en ellos algo que rectificar o que añadir”. (Parte primera, capítulo 3)

En esta líneas está el Nobel trabajador, meticuloso, fuerte, ajeno a críticas y volcado en su obra científica y literaria a pesar de la enfermedad y hasta el último momento de su vida.

La parte segunda del libro la dedica a los cambios en las ciudades, en el lenguaje, en las costumbres (habla de los deportes , las modas), incluso dedica una parte al abuso de la luz solar, citando un viejo refrán, repetido por Quevedo de que “cenas, penas y soles son las tres cosas a cuyo cargo está despachar de esta vida para la otra”.

También escribe sobre España, el arte y la fotografía a la que era muy aficionado.

Y en la parte cuarta (he anotado más arriba que la parte tercera es científica) escribe sobre los consuelos en la senectud: leer (recomienda lecturas, principalmente a los clásicos; periódicos; libros de viajes, y nada de libros melancólicos) escribir, hacer excursiones, fotografías… y abstenerse de la política…

Cita una frase del rey Alonso de Aragón, que solo deseaba en su senectud : “Leña vieja que quemar, vino viejo que beber, viejos libros que leer y viejos amigos para hablar”.

Precioso libro que yo recomiendo siguiendo la máxima de Alonso de Aragón “viejo libro que leer”, que para mí son los mejores de todos.

Fuentes

Ediciones utilizadas:

  • Ramón y Cajal. Santiago. (1939). El mundo visto a los ochenta años. Impresiones de un arteriosclerótico. Madrid. Librería Beltrán. (Edición facsímil, 2008, editorial Maxtor)
  • Ramón y Cajal, Santiago.(1962). Charlas de café. Madrid. Editorial Aguilar.

DISPONIBLE EN:

Coral del Castillo Vivancos

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