Permítaseme la utilización de la expresión “J’accuse”, título de la la célebre carta abierta por Émile Zola en el contexto del conocido por todos Caso Dreyfus publicado en el periódico L’Aurore del 13 de enero de 19898 y dirigida al Presidente de la República Francesa, Felix Faure. A fuer de ser tildado de apocalíptico, jeremíaco, casandrista o “fanático religioso”, me atrevo a denunciar un muy reciente, luctuoso y trágico suceso ante el que nuestra sociedad, biempensante, alegre y confiada, apenas ha manifestado indignación o repulsa contrastándolo con otro evento acaecido hace ya aproximadamente doce años, que sí desencadenó un aluvión de indignación popular, rasgado de vestiduras y tomas de posición histriónicamente dramáticas.
El segundo de estos acontecimientos, se produjo en 2014; fue el protagonizado por el caso de un perrito, “Excalibur”, mascota de una auxiliar de enfermería española madrileña contagiada por el virus del Ébola en Africa Occidental, al regresar con él a Madrid. El sacrificio del perrito ordenado por la Comunidad de Madrid, sin haber llevado a cabo las pruebas preceptivas para confirmar o no su contagio provocó toda una avalancha de masivas protestas, manifestaciones en 24 ciudades de toda España para protestar por la ejecución (sic) del animalito, pese a que la consejería de salud madrileña argumentara que mantenerlo vivo supondría un riesgo potencial científicamente probado.
El primero de estos sucesos, lo hemos conocido todos recientemente, el pasado jueves, día 26 de marzo: el caso de la jovencita catalana Noelia, a la que, por propia petición y después de cumplirse los requisitos exigidos por la Ley de Eutanasia vigente, se le aplicó la misma con el visto bueno de todas las Instituciones responsables de su legal y correcta aplicación. Al conocer este desenlace, escribí un comentario en “Ideal Digital” (curiosa y paradójicamente a un artículo mío elogiando “el deber de la compasión”, como “desiderátum” máximo de cualquier sociedad civilizada y responsable) para manifestar mi pesar y mi indignación por el hecho de que acontecimiento tan luctuoso aunque “legal,” como la eutanasia de Noelia, haya sido posible sin la menor manifestación, crítica, denuncia o comentario tanto de las asociaciones y colegios profesionales, culturales, universitarios de todo tipo de nuestra sociedad civil como de las del Estado.
A ese comentario mío les remito, por entender que en una “Carta al director” no podemos sobrepasar determinados límites de espacio. El contraste ante la reacción social ante ambos eventos merecería un muy serio y grave “examen de conciencia” sobre el tipo de sociedad que estamos construyendo para nuestros hijos y nietos.
[NOTA: Esta Carta al Director se ha publicado en la edición impresa de IDEAL, correspondiente al jueves, 3 de abril de 2026, pág. 21]





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