José Luis Abraham López: «Retos virales y vitales»

Arriesgar la vida, poner en duda la dignidad de la persona, someter a la autoestima a una flagelación gratuita… ¿Quién da más?

A falta de inteligencia o de talento contrastado, cuando no de un escándalo mediático, hay quienes buscan popularidad en los retos virales (challenge). Ya saben: grabar y difundir por redes sociales una acción con la intención de que esta se repita exponencialmente gracias al ciberactivismo.

Ya no sabemos el grado de conciencia de estos sujetos por el riesgo propio y por el ajeno pero lo cierto es que ni cortos ni perezosos abruman con un atrevimiento del tamaño de un delito. Los principales gregarios son adolescentes que encuentran en estas formas extravagantes un modelo de juego y diversión, incitados muchas veces por la afiliación de conocidos youtubers. Para comprender hasta dónde es el poder de conquista de la estupidez humana basta con recurrir a algunos ejemplos. Los que animan a la autolesión ocupan un lugar destacado, como “La ballena azul” y “Momo”. Otros lo hacen para ingerir cápsulas de detergente dando lugar a serias intoxicaciones (“Tide pod challenge”) o indigestiones cuando nos echamos al estómago alimentos con los envoltorios (“TheShell Challenge”). Para aquellos aspirantes a superhéroes “Train surfing” proponía grabarse en el techo de un tren. Y para quien cree que el fuego quema pero no mata se inventaron el “Reto del fuego”: rociar el cuerpo con alcohol y seguidamente prenderse fuego.

O probar estados catatónicos como “El juego de la asfixia” o de caídas por “balconing”. Con “El aliento del dragón” se pretende expulsar canela por la nariz o la boca. En muchas ocasiones, “la gracia” radica en hacérselo a otra persona, que el ejecutor observe cómo la víctima padece de quemaduras al arrojársele agua hirviendo (“Hot water challenge”).

También llamó mucho la atención el ridículo reto conocido como “In my feelings challenge”; esto es, bajarse de un coche en marcha y bailar. Huelga decir que todos ellos se han cobrado víctimas de frívolos emuladores que buscaban en la réplica unos segundos de gloria.

Arriesgar la vida, poner en duda la dignidad de la persona, someter a la autoestima a una flagelación gratuita… ¿Quién da más? Cuesta permanecer impasible ante vídeos que muestran tanta estupidez como inconsciencia.

Un estudio de la Ciberpsicología de la Universidad Internacional de La Rioja es concluyente: uno de cada diez adolescentes españoles reconoce haber realizado retos virales peligrosos. Algo estamos haciendo francamente muy mal cuando nuestros jóvenes se estimulan con lo excéntrico, el borreguismo y la transgresión, cuando el desafío no es moral sino delictivo, si la temeridad es más valorada que la valentía. ¿Familia, sistema educativo, políticas, redes sociales? ¿Qué tanto por ciento de responsabilidad le asignaríamos a cada uno de ellos?

De qué manera explicar y sobre todo hacerles ver a los adolescentes que experimentar sensaciones se puede hacer de muy distintas maneras, todas ellas inocuas y hasta muy placenteras. O que la popularidad también puede provenir de una cualidad innata o desarrollada con sano juicio y que la aceptación de uno mismo nada tiene que ver con que los demás aprueben lo que haces. ¿Acaso existe una acción inofensiva que no tenga consecuencias?

 

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José Luis Abraham López

Profesor de Educación Secundaria y Bachillerato

 

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