Álvaro Salvador con un ejemplar de sus poesías reunidas FOTO: ANTONIO ARENAS

Vandalia publica la poesía reunida de Álvaro Salvador

La obra del poeta granadino, uno de los impulsores de la ‘otra sentimentalidad’, aúna el fondo ético y la renovación formal. La recopilación incluye sus libros publicados y el hasta ahora inédito ‘Aguaparra‘. Este libro, publicado por la Fundación José Manuel Lara en su colección Vandalia de poesía y que cuenta con la colaboración del grupo de Investigación Estudios Literarios de la UGR, será presenta el próximo lunes, día 24, a las 19.30 h. y en el Ateneo de Granada (C/ Martín Bohórquez, Nº 3) donde junto a Álvaro Salvador intervendrán Francisco Díaz de Castro, Ignacio Garmendia y Gracia Morales, responsable de la edición. La nota musical la pondrá Juan Pinilla que cantará algunos de los poemas.

Fruto de más de medio siglo de dedicación a la poesía, este volumen reúne la obra en verso de Álvaro Salvador, uno de los autores más sólidos y coherentes de su generación. Editada e introducida por Gracia Morales, que recorre en su texto preliminar el itinerario y las claves de su poética, la recopilación incluye una selección de sus primeros libros y los ocho publicados entre Las cortezas del fruto (1980) y Un cielo sin salida (2020), a los que se añade el hasta ahora inédito Aguaparra, un poemario donde se conjugan magistralmente la más afilada actualidad con el ejercicio pausado de la memoria.

Como escribió Ángel González, «la poesía de Álvaro Salvador no se limita a ser relato, inventario o recuento de la vida. En ella el recuento es más bien reencuentro, recapitulación –ordenación y valoración– de todas esas cosas, actividad imaginativa de la memoria que hace del inventario una invención equivalente a un descubrimiento. Y lo que en ocasiones el poeta acaba descubriendo en su escritura es el sentido moral de la experiencia».

Para Marcela Romano, «Salvador entreteje en sus poemas una suerte de coro trashumante donde se encuentran los elegíacos latinos con los lamentos trasnochados del blues y del tango, la aquietada cadencia clásica con los fervores rítmicos del modernismo, la brevedad de la canción popular con los recorridos meditativos, de largo aliento, al estilo de Borges y Cernuda, todos ellos y otros, timbres de “un discurso polifónico […] que es también metáfora de la voluntaria apertura a lo plural”, como señaló Araceli Iravedra.

—Ha muerto hace poco su amigo y compañero de generación Antonio Jiménez Millán, con el que seguro que compartía muchos recuerdos…
—Sí, Antonio fue para mí como un hermano. Lo conocí hace exactamente cincuenta años, cuando una tarde se dirigió a mí en la Facultad de Letras para pedirme permiso para asistir a mis clases. Desde entonces, a pesar de que él se marchó a Málaga, como yo también tuve durante mucho tiempo una relación familiar con esa ciudad, siempre hemos colaborado, participado en proyectos, en campañas, en gustos estéticos, poéticos y de otro tipo. Nunca tuve con él el menor conflicto. Y duele mucho su ausencia.

—Usted abanderó, con Ángeles Mora, Javier Egea y Luis García Montero, entre otros, la tendencia llamada de la “otra sentimentalidad”, de la que se dice que fue el germen de la posterior poesía de la experiencia.
—Así fue. En realidad, los impulsores fuimos en el mismo grado Javier, Luis y yo, después se unieron Ángeles, Teresa Gómez, el mismo Antonio, Benjamín Prado y finalmente Inmaculada Mengíbar, que era mucho más joven. Nos divertimos mucho y, gracias al profesor Juan Carlos Rodríguez, pusimos en marcha una poética bastante sólida y duradera.

—¿Cómo diría que ha evolucionado su poética en todos estos años, más de medio siglo desde sus primeras entregas de la década de los setenta?
—Creo que ha evolucionado sobre todo en calidad. Uno aprende con los años a decir las cosas mejor y de un modo más efectivo. Creo que mi tono quizá se haya suavizado, pero también creo que hay una serie de espesores, temáticos y formales, que no han cambiado demasiado.

—Hay un fuerte compromiso ético en su poesía, pero también conciencia de la tradición, especialmente de los clásicos contemporáneos.
—El compromiso ético obedece a una cierta concepción del mundo que atañe también al poeta como persona. En ese sentido, creo que no he cambiado desde que tenía veintiún años. Por otra parte, la tradición es necesaria. Somos, como decían Machado y Borges, meras gotas en el río de la tradición literaria, que es siempre la misma y siempre diferente.

—¿Sigue siendo necesaria la poesía comprometida?
—Por supuesto. No hay más que mirar a nuestro alrededor. Y cada año que pase va a ser más y más necesaria.

—Ha tenido mucha relación con Hispanoamérica y sus poetas, a veces mal conocidos entre nosotros, ¿han influido en su propia obra?, ¿qué nombres destacaría?
—Sí, mi especialización académica ha sido la Literatura Hispanoamericana. Y sí que han influido, desde los grandes maestros como José Martí, Rubén Darío, Pablo Neruda, Nicanor Parra, hasta compañeros más contemporáneos como Waldo Leyva, Eduardo Chirinos, Fabio Morábito, William Ospina, Piedad Bonnett y un largo etcétera que podríamos citar.

—Una parte de su poesía se acoge al calificativo de outsider, ¿en qué sentido emplea el término para definir su posición?
—En el sentido del que está entre bambalinas. Nunca me ha gustado el excesivo protagonismo ni ser publicista de mí mismo. Me ha satisfecho más ser el que está en el interior de la máquina para que esta funcione, sin necesidad de que se me vea la cara.

—El libro inédito que se incluye en la recopilación, Aguaparra, contiene toda una serie de poemas que evocan los escenarios de la infancia.
—Sí, efectivamente. Yo tuve la inmensa suerte de alternar en mi infancia la vida de la ciudad con la del campo, campo además agreste y muy natural. Ese contacto con la naturaleza, con sus habitantes y condiciones, ha sido fundamental en mi educación, en mi formación como persona y como escritor. Era un homenaje que me merecía a mí mismo, esa vuelta poetizada a mi infancia, a mi familia, a los seres queridos de aquella época mágica.

El profesor emérito de la UGR y poeta con un ejemplar de su libro ‘La guarida inútil. Poesía reunida (1970-2024) ::A. ARENAS

El autor

Álvaro Salvador (Granada, 1950) es Catedrático Emérito de Literatura Hispanoamericana y Española en la Universidad de Granada. Ha publicado doce libros de poemas, entre los que destacan Las cortezas del fruto (1980), Tristia (en colaboración con Luis García Montero, 1982; reeditado en edición exenta como Diario de Firenze, 2017), El agua de noviembre (1985), La condición del personaje (1992), Ahora, todavía (2001), La canción del outsider (2009, Premio Generación del 27), Fumando con mis muertos (2015) y Un cielo sin salida (2020), además de los volúmenes antológicos Suena una música (1996, 2008), POPoemas (2014), Caras B (2018), 70 poemas (2024) y Ora, Ancora (2024). Junto a Ángeles Mora, Javier Egea y Luis García Montero promocionó la tendencia poética denominada otra sentimentalidad. Ha publicado además dos novelas, una treintena de libros de ensayo académico, varias obras de teatro y dos libros de aforismos: Después de la poesía (2006) y La vida no te espera (2014). Algunas de estas publicaciones han merecido distintos galardones como el Premio de Poesía Jaén (1991), el Premio Casa de las Américas de Cuba de Ensayo (2001), el Premio Antonio Machado de los Ferrocarriles Españoles (2007) y el Premio Internacional de Poesía Generación del 27 (2008). En 2021 le fue concedido el Premio Dama de Baza a toda su trayectoria.

El libro

‘LA GUARIDA INÚTIL. POESÍA REUNIDA (1970-2024)’, ÁLVARO SALVADOR
Código: 0010360069
EAN: 9788419132512
PVP: 24,04 / 25 euros
Pp.: 584

Redacción

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