En invierno el sol lucía sin fuerza; sus rayos, en los días claros, apenas calentaban, parecían rendidos por el frío, por el ambiente que reinaba entonces. El paisaje había perdido la gracia que tenía todavía en otoño; predominaban en él los tonos grises, los sienas pálidos. La vida también semejaba que se hubiera tornado mustia, más vieja. Por las mañanas amanecía el pueblo cubierto de espejos resplandecientes de escarcha, como si hubiera nevado. Había un silencio hondo que solo interrumpían de vez en cuando ruidos agrios, voces macilentas. En los días nublados o lluviosos, una penumbra fría lo invadía todo, penetraba en los rincones, extendía su dominio por el interior de las casas, adormecía los cuartos. El alma quedaba inundada de tristeza por su causa, de una tristeza oscura y espesa. A veces se sentía nostalgia por cosas pasadas que se daban ya por perdidas, por instantes vividos que ya no retornarían.
En invierno las horas de colegio eran también más ingratas, con los cristales del aula empañados de vaho, tras los que caía una lluvia continua o colgaban jirones sucios de niebla. Las tareas escolares que se hacían resultaban enojosas, pues se ejecutaban con escaso ánimo, por una rutina a la que no había forma de sustraerse.
Eran días turbios, plomizos, de una melancolía que pesaba en el alma. Parecía como si uno estuviese recluido en un presidio del que no podía escapar, si no era a través del sueño o de un vuelo súbito de la fantasía. Ningún indicio de claridad o de esperanza se vislumbraba; el sol, cuando asomaba entre las nubes, semejaba enfermo, a punto de extinguirse para siempre, de dejar el mundo sepultado en sombras.
Las tardes de invierno eran muy breves. Entre la hora de salida de las clases y el anochecer había un espacio muy corto de tiempo si se descontaba el que se empleaba en el regreso al hogar y en la merienda, que siempre era obligatoria antes de emprender cualquier juego. Conscientes de esto, los niños tratábamos de vivir las tardes con la máxima intensidad, sin desaprovechar ningún momento. Si no jugábamos en la plaza de la iglesia, lo hacíamos en los corrales de las casas, donde la luz comenzaba a menguar antes que en los lugares más despejados y abiertos. Los corrales eran de irregulares proporciones, con el suelo de tierra lleno de yerbajos húmedos y de charcos muy grandes de agua, en cuya superficie emborronada podía verse la faz desfigurada del cielo. Estaban cercados de tapias viejas de barro y de paredones decrépitos de graneros y pajares desahuciados, con las cuadras en las que se alojaran las bestias, semejantes a grutas oscuras que albergasen algún tipo de misterio.
Cuando el sol ya se había ido y la luz cobraba un tono malva, comenzaba a ensombrecerse todo. La temperatura, además, bajaba bruscamente, pues enseguida se notaban los picotazos del frío en las manos y en la cara; por ser de escasa duración, parecían los juegos de entonces más divertidos que otros, de tal manera que son los que más se recuerdan al cabo del tiempo. Muchas veces, evocándolos, creo que todavía estoy allí, en aquellos corrales sombríos de invierno, con los tejados coronados por una franja de luz lívida, corriendo desenfrenadamente por ellos, ya que era la mejor forma de combatir el frío que hacía en aquellos momentos. Casi no veíamos nada a través del velo de penumbra que se iba extendiendo a medida que caía la noche; nuestras propias figuras eran sombras que se confundían con las sombras que borraban los contornos de aquellos territorios cercados de tapias bajas de barro y de viejos paredones.
Cuando volvíamos a las casas, era ya de noche. Algunos días soplaba un viento gélido que era más recio al volver una esquina o al salir a un espacio menos resguardado. Cuando no estaba nublado, el cielo, de una negrura profunda, aparecía tachonado de diminutas estrechas, de puntos de luz ínfimos que se perdían en la inmensidad de un espacio que se antojaba muy misterioso.
En invierno, sin duda, todo parece más triste, más lejano. La vida se vuelve lánguida, como si estuviera regida por un ritmo distinto, por las leyes de un tiempo que escapa a los patrones del presente. Se diría que se viviese en un mundo irreal, más propio de una historia imaginaria o de una de las muchas leyendas que existen sobre el pasado de un lugar.





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