De los primeros años de vida quedan recuerdos difusos, basados casi todos en vagas sensaciones que permanecen grabadas en algún rincón de la memoria. Son acaso momentos que se confunden con otros y que transforma la imaginación, porque más que experiencias vividas semejan hechos imaginarios o tal vez ocurridos en un sueño lejano. Son, no obstante, recuerdos que reconfortan cuando regresan a la mente, procedentes de ese lugar recóndito de la memoria en el que estaban almacenados. Nadie puede explicar de un modo científico por qué se recuerdan unos instantes y se olvidan otros o por qué lo que creíamos olvidado regresa de pronto.
Yo me veo sentado en un sillón alargado que se halla en un salón muy espacioso que tiene una pared de piedras y una chimenea con la campana pintada de negro. Junto a mí se encuentran sentados en el mismo sillón las figuras de una mujer y de un hombre con las que ya estoy familiarizado, a las que sonrío porque sé que me quieren y me amparan con sus constantes cuidados. La mujer que ahora me sostiene entre sus brazos y que me mece, tal vez para que duerma, es mi madre y el hombre que está a su lado y que me mira con inmenso agrado es mi padre. La casa en la que vivo con mis padres y mis hermanos, que son muy pequeños, está construida con un estilo peculiar; es muy confortable y encierra muchas sorpresas.
También me veo, después de que haya pasado un poco de tiempo, en un comedor antiguo que tiene un mueble de antecámara enorme y un ventanal y una puerta de cristales que dan a un patio. Es un mediodía de primavera o tal vez de verano, porque entra por las vidrieras una luz radiante de tono alimonado. Me hallo también sentado, en este caso en un sillón de mimbre. A mi lado, sentada a su vez en una mecedora de rejilla, está una mujer mayor a la que ya reconozco como mi abuela. Tiene el pelo gris, la cara algo ajada, los ojos de un color azulado. Sin apartar la vista de mí, a veces me acaricia el pelo y me dice frases cariñosas, a las que yo respondo con espontáneas sonrisas. Hay otra mujer que se acerca de vez en cuando y que también se dirige a mí con palabras de cariño; es mi tía abuela, a la que identifico por su mirada apacible; es un poco más alta que su hermana, con el pelo ondulado. Con las dos me siento seguro; me cuidan muy bien, del mismo modo como lo hace mi madre. La casa en la que habitan es grande, de cuartos destartalados en los que hay muebles muy viejos. Huele a polvo y a humedad en ellos, aunque el comedor en el que estoy sentado es muy acogedor, sobre todo a esta hora, en la que está bañado por una luz radiante de primavera o tal vez de verano.
Son imágenes, instantáneas que aparecen en mi cabeza, algunas muy difusas, de un tiempo que se antoja muy lejano. En otra de ellas, camino de la mano de mi abuelo materno por una calle ancha, en la que se congrega mucha gente. Parece un día de fiesta. El cielo es azul, de un azul esplendente. Algunos balcones de las casas están engalanados con banderas y colgaduras de diversos colores. Restallan cohetes. En la plaza de la iglesia, que está muy cerca, toca una banda de música una marcha muy alegre. Yo me siento inmerso en el ambiente de fiesta que reina en el pueblo. Algunos hombres saludan a mi abuelo; otros se detienen a hablar con él y me dicen a mí también algo. Es un instante que parece anunciado, un instante feliz que ahora recuerdo con una punzada de nostalgia.
Me veo, poco después de esto, en medio de una multitud que se congrega en una explanada. Está escuchando en silencio el sermón que le dirige un predicador desde un balcón. El predicador, que es un padre jesuita, según he oído, está revestido con un hábito blanco y habla con mucho brío, moviendo con frecuencia las manos. Yo, como soy ya algo mayor, entiendo parte de lo que dice. Habla del amor que Dios nos tiene, de la obra realizada por Jesucristo; anima a la gente a convertirse, a creer en el Evangelio.
Ha pasado algún tiempo y me hallo en un corral inmenso, cercado de tapias de barro y paredones sucios de graneros y de cuadras abandonadas. Es un día gris de invierno. En el suelo del corral, que es de tierra, hay numerosos charcos. En los bordes crece abundante hierba. No estoy solo, juego con un hermano y un amigo que ha venido a visitarnos. Corremos por aquel espacio grande, con cuidado de no caer en los charcos. Hace frío, aunque nosotros apenas lo notamos. Hay al lado del corral un secadero de tabaco, en el que a veces nos adentramos. Acaba de recogerse el tabaco y han quedado los troncos de las matas apilados junto a una de las paredes. Por los claros penetran haces de una luz fría de invierno. El secadero está sostenido por sólidas columnas de hormigón y tiene bajo el techo unas vigas de madera muy gruesas, sobre las que hay muchos palos y líos de tomizas con las que se cuelgan las matas de tabaco.
El recuerdo, siempre caprichoso, me traslada a otro corral de proporciones irregulares, más viejo que el anterior. A un lado están los tinados y los graneros y, al otro lado, hay una tapia muy alta y un cobertizo con el techo de uralita; al fondo, aparece un portón de madera desportillada, pintado de rojo. Es una tarde de otoño, con una luz morada que se desliza por los tejados. El ambiente es húmedo; hay rincones sombríos en los que ha crecido el musgo. Con una pelota de plástico, juego al fútbol con unos amigos; el portón del fondo es la portería en la que hemos de meter los goles.
Son imágenes que se suceden, unas más claras que otras. En una de ellas me encuentro en el aula de un colegio. El aula es muy espaciosa; tiene unos amplios ventanales que dan a un patio de grandes dimensiones. Yo estoy sentado junto a uno de esos ventanales. Una monja con el hábito azul está subida sobre una tarima y escribe palabras con una esmerada caligrafía en una pizarra. Con una regla las va señalando para que nosotros, los alumnos, las leamos repetidas veces y las copiemos después en nuestro cuaderno. El ambiente del aula es cálido, aunque fuera debe de hacer frío. Yo visto, igual que mis compañeros, un uniforme a rayas. La monja que nos da clase tiene una voz recia; no se cansa de repetir la lección y a veces incluso sonríe cuando alguno de nosotros se equivoca o no copia bien lo que ella ha escrito. Huele a tiza, a las virutas que han quedado en el suelo después de haber sacado punta a los lápices. Fuera ha empezado a llover; unos gruesos lagrimones emborronan el cristal de los ventanales. La monja ha tenido que encender la luz eléctrica porque la visibilidad en la clase había menguado bastante. La vida transcurre lentamente; dentro de poco será la hora de la comida y se interrumpirá la jornada escolar para reanudarla un poco más tarde.
Después de comer, ya no llueve; se han disipado las nubes y luce un sol espléndido. El tiempo cambia pronto en esta época del año. Antes de que empiecen las clases, yo juego con los compañeros en los terrenos que hay a espaldas del colegio y que están cercados por unas tapias bajas, tras las que asoman las copas frondosas de unos árboles frutales. El colegio está situado en las afueras del pueblo y se halla rodeado por hazas y huertos de una vega muy fértil. El tiempo pasa ahora muy rápido y hay que aprovechar cada momento. Nos impulsa a los compañeros y a mí un afán inagotable de aventura, hasta el punto de que a veces sentimos la tentación de saltar alguna de aquellas tapias y de internarnos en un territorio prohibido.
Debido a otro salto de la memoria, me veo en un día de otoño en el mismo colegio, en una tarde que se ha vuelto hosca y lluviosa. El patio del colegio, tras las vidrieras del aula, se muestra velado por una cortina de agua. Falta poco para que acaben las clases y volvamos los alumnos en autobús al pueblo. Parece como si hubiera caído ya la noche. El cielo se ha nublado en poco tiempo y ha empezado a llover de pronto, igual que cuando se desata una tormenta en el verano. Uno ya se ha acostumbrado a presenciar los fenómenos atmosféricos; sabe que son variables, aunque lo normal es que a cada estación corresponda una determinada clase de ellos. El otoño es a veces triste para un colegial de cuatro años y medio, que son los que yo tengo; es una época en la que se producen muchos cambios en la atmósfera: hay días soleados, muy parecidos a los del verano; días nublados en los que corren fuertes ráfagas de viento que arrancan las hojas secas de los árboles y que las arremolinan sobre el suelo y días, como este, en que se diría que se ha anticipado el invierno, con una lluvia que cae de modo impetuoso y que forma grandes charcos en el patio del colegio.
La memoria, como decía, me devuelve momentos de un tiempo que parecía perdido, borrado por el cúmulo de acontecimientos y experiencias que sobre ella después se han precipitado. Sin embargo, nada se olvida del todo; siempre puede resurgir de nuevo, traído por un pensamiento o por una sensación que lo evoca. La verdad es que se trata de un misterio; nadie podrá explicar por qué mecanismos se rige en realidad la memoria, cuáles son las leyes que la gobiernan, igual que sucede, aunque en grado mucho mayor, con el inconsciente. Muchas veces uno cree que una escena del pasado que regresa no fue vivida, sino que pertenece a algo que se ha soñado. De repente, me acuerdo de una tarde de finales de la primavera, quizá del mes de mayo. Yo voy por un camino de la vega con mi padre y a nuestro alrededor aparecen numerosos trigales que ondula una ligera brisa. Es posible que tenga ya cinco años. Mi padre anda despacio, mirando con detenimiento el aspecto que presenta el campo. Yo apenas me aparto de su lado; a veces voy cogido a su pantalón, tal vez porque así me siento más seguro, aunque allí no existe ningún peligro de que me pierda. Hay en las hazas algunos labriegos, que saludan desde lejos con la mano a mi padre. La vega me parece inmensa, de una extensión que se me antoja ilimitada. Mi padre es un hombre muy fuerte; es ancho de hombros, de manos muy grandes. Lleva, como en él es costumbre, un sombrero de paja. Nos dirigimos, según me ha dicho, a uno de los terrenos que él labra, en el cual se acaba de sembrar el maíz.
Es probable que no haya un orden cronológico en los recuerdos que a mí vuelven, pero eso ya no creo que importe porque forman parten de una edad lejana en la que muchas cosas se confunden. Aunque trato de rechazarlos, también evoco momentos de miedo o de angustia que experimenté entonces. Son momentos que posiblemente dejaron en mí una huella tan profunda que han acabado por condicionar mi carácter. Uno se da cuenta, cuando sufre, de que la vida es dura, más dura de lo que pensaba. La verdad es que no se puede ser feliz siempre, porque hay sombras o males que sobre la existencia se ciernen.





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