Gil Carrasco y Miguel Javier Dean durante la presentación

Antonio Gil de Carrasco: «Cuando la intolerancia regresa: cinco siglos después, las cenizas siguen ardiendo»

El 10 de abril, en el Centro de Día de Dúrcal, no se presentó solo un libro. Se abrió una puerta. Una puerta que no conduce a una sala, sino a una plaza. Una plaza viva y herida, hecha de voces y silencios, de comercio y celebración, de risas antiguas y memorias incómodas. Una plaza que un día vio arder libros… y callar lenguas: Esa plaza es Bib-Rambla.

Y hacia ella nos llevó Las cenizas de Bib-Rambla, la obra con la que Miguel Javier Dean Guelbenzu cierra su trilogía sobre los moriscos. Pero llamarla “final” sería quedarse corto. Es, más bien, un eco. Una resonancia que no se apaga.

Todo comenzó con La noche de las tres sultanas. Continuó con La Granada desgranada. Y culmina ahora en esta tercera entrega que no cierra una historia, sino que la deja latiendo. No son tres libros: son un tapiz. Un tapiz tejido con hilos de memoria, identidad, pérdida… y resistencia.

Pero antes de adentrarnos en sus páginas, conviene detenerse. Respirar. Preguntar.

¿Quiénes eran los moriscos?

No eran una idea abstracta ni una nota al pie en los libros de historia. Eran vecinos. Eran artesanos, agricultores, madres, niños. Eran personas obligadas a elegir entre su fe, su lengua… y su supervivencia. Convertidos en sospecha, vigilados, expulsados.

Y, sin embargo, apenas ocupan espacio en nuestra memoria.

Por eso esta trilogía no es solo literatura histórica. Es una pregunta lanzada al presente como una piedra en el agua:

¿Qué hacemos con el diferente?
¿Qué hacemos con el miedo?
¿Cuánto cuesta la intolerancia?

En Las cenizas de Bib-Rambla ya no asistimos al incendio, sino a lo que queda después.
Y todos sabemos que las cenizas pueden ser olvido… o pueden ser semilla.

Ahí reside la grandeza de esta obra: no mira al pasado como un museo, sino como una herida abierta. No juzga: comprende. Y comprender —en tiempos de ruido— es quizá el acto más revolucionario que existe: Las calles cambian de nombre, las mezquitas se vuelven iglesias, la lengua se susurra a escondidas… hasta que solo quedan cenizas.

El propio Miguel Javier Dean Guelbenzu encarna esa búsqueda. Navarro de raíces, madrileño de nacimiento y granadino por elección, pertenece a esa estirpe de quienes no solo habitan una ciudad, sino que la escuchan. Porque hay lugares que no se viven: se sienten. Y quien ama Granada termina oyendo sus voces ocultas.

En esta novela atravesamos el siglo XVI como quien recorre una despedida larga:
el eco de Isabel la Católica, la llegada de Carlos V, la herida de la Guerra de las Alpujarras, el misterio de los Libros Plúmbeos del Sacromonte, y finalmente, la sombra irrevocable de la Expulsión de los moriscos de 1609.

No son episodios aislados. Son el relato de un pueblo obligado a desaparecer sin dejar de existir. Porque fueron los primeros granadinos obligados a olvidar su lengua para poder quedarse en su propia tierra. Y toda ciudad que olvida a quienes la habitaron antes… termina por olvidarse a sí misma.

Por eso este libro no habla del pasado. Habla del recuerdo. Y en Granada, el recuerdo siempre encuentra la forma de regresar.

Cada lector que abra estas páginas estará haciendo algo profundamente simbólico:
donde hubo fuego, habrá lectura;
donde hubo silencio, habrá voz;
donde hubo olvido, habrá memoria.

La presentación, que traté de conducir con una sensibilidad luminosa, fue mucho más que un diálogo literario. Fue un encuentro con lo esencial: la identidad, la convivencia, la fragilidad de lo humano. Hablamos de escritura, sí. Pero también de miedo. De ignorancia. De esa intolerancia que, hace siglos, expulsó a quienes ya formaban parte de todo.

Y entonces llegó el cierre: Sencillo. Hondo. Verdadero.

Hay pueblos que desaparecen de los mapas…pero no desaparecen de la memoria.

Mientras alguien escriba,
mientras alguien lea,
mientras alguien pregunte…
las cenizas seguirán hablando.

Y aquella anoche hablaron.

Porque la expulsión de los moriscos —y la intolerancia que la hizo posible— no es solo un episodio remoto. De algún modo, resuena hoy en lugares como Senegal, Ucrania, Gaza o Irán. El mundo cambia, avanza, se transforma… pero hay sombras que persisten: el miedo, la incomprensión, la intolerancia. Y, a veces, no solo perduran, sino que crecen.

Antes de cerrar el acto, quise detener el tiempo con una última pregunta. Le pedí al autor que regresara a ese instante íntimo en el que mi poema sobre los moriscos —incluido en el cierre de la novela— encontró su lugar definitivo. Un poema nacido del intento de escuchar lo que ya no se oye: esas voces apagadas, ese último vistazo atrás, esa llave guardada como promesa imposible de regreso.

Le pregunté qué vio. Qué latido reconoció para decidir que aquellos versos debían cerrar la trilogía.

Y Miguel Javier Dean Guelbenzu respondió con una certeza sencilla y profunda:
que en esos versos habitaba toda la esencia de aquella historia. Toda la memoria.
Toda la pérdida.

La literatura dio entonces paso a la música, como si la memoria necesitara otro lenguaje para seguir respirando. El cantautor hispano/magrebí Suhail Serguini llenó el espacio con canciones de raíz andalusí, tejiendo emoción compartida, ecos que parecían venir de lejos… y de muy dentro.
Y juntos, entre música y palabra, regresamos al poema. A ese cierre que ya no era solo literatura, sino latido colectivo. El aplauso no fue solo reconocimiento: fue memoria despertando.

Y en ese instante final —entre versos, acordes y silencios llenos— algo quedó claro:

La historia puede intentar borrar.
El tiempo puede cubrir de polvo.
Pero hay memorias que arden tanto…
que ni siquiera las cenizas consiguen apagarlas.

Que la memoria siga sonando.

[NOTA: En la tarde del 23 de abril, Miguel Javier Dean Guelbenzu presentará su libro en el Ayuntamiento de Alhama de Granada, donde tendré el gusto de acompañarle (19:30 h), y en la mañana del viernes, 24 de abril, estará en la Feria del Libro de Dúrcal por la mañana, de 10 a 14 horas.]

Redacción

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