Detalle de la portada del libro Don Quijote: de la utopía al mito, de T.M.F., Jizo ediciones, Entorno Gráfico, Atarfe, Granada.

Tomás Moreno Fernández: «Cuando se acerca el Día del Libro: Don Quijote y la utopía»

Nadie duda de que el Quijote es uno de los libros más complejos, proteicos y pluridimensionales que nunca se hayan escrito. Puede calificarse como un Libro de los libros”, en expresión del cervantista francés Michel Moner, (1) y también como una invectiva, ataque o diatriba contra los “malos libros” o contra los “malos géneros literarios”. El “libro” en cuanto tal —texto, objeto y receptáculo de la palabra— es por ello, sin duda, el auténtico protagonista de la fábula cervantina. Él es quien engendra y alienta, en realidad, la locura del héroe: fuente de su utopía y legitimación de sus disparates, a la vez que insoslayable paradigma o modelo a imitar de sus aventuras. “Nacida en una biblioteca, la de don Quijote, la obra llega a convertirse a su vez en una biblioteca: algo así como un prodigioso palimpsesto de experimentos babélicos” (2).

Desde su aparición, hace ya algo más de cuatro siglos, la mayoría de los expertos han calificado la obra de sátira o parodia de los libros de caballerías y, mucho más recientemente, algunos han llegado incluso a incluirla en el género de las ficciones utópicas. Ahora bien, ¿en qué sentido puede entenderse El Quijote como un relato utópico? Para responder a esta pregunta será necesario antes, aunque sea muy someramente, tratar de conocer cuál era el ambiente ideológico y literario de la España de Cervantes: una época, el tardo-Renacimiento y los albores del Barroco, en la que, efectivamente, se produce un espectacular florecer utópico, sobre todo en Inglaterra, Francia e Italia -que se proyectará más tarde hacia la modernidad– con las clásicas obras del género utópico que todos conocemos.

Es cierto, y ello se ha hecho observar con frecuencia por los especialistas, que en España no se produjo ninguna utopía semejante a las de Thomas More, Francis Bacon o Tommaso Campanella. Efectiva y sorprendentemente en España, el país del eutópico Quijote —como lo denomina Jacques Barzun (3) apenas si se tiene tradición o antecedentes de este género literario moreano. Habría que esperar a la Ilustración para que apareciese en nuestro país algún relato o proyecto asimilable al género: la Sinapia ilustrada es una rara avis, un producto único en el panorama literario español, que pasó prácticamente desconocida hasta el año 1976, cuando fue descubierta y editada por Miguel Avilés (4).

Grabado de G. Doré para la edición del Quijote

Sin embargo, y a pesar de ello, lo que sí existió fue precisamente la utopía llevada a la práctica, con espíritu de comunismo de bienes evangélico, característico de la corriente humanista cristiana de la philosophia Christi, a la que pertenecía Erasmo, Thomás More y nuestro Luis Vives, entre otros. Este fue el caso de los proyectos de realización de sociedades armónicas y de estados indocristianos alentados y parcialmente llevados a cabo por Fray Toribio de Benavente (Motolinía), en sus “escuelas-monasterio”, por Vasco de Quiroga, en sus Hospitales-pueblos en México o los impulsados por Fray Juan de Zumárraga en el Perú, así como las Reducciones jesuíticas del Paraguay o las reivindicaciones de un pasado utópico ancestral formuladas por el Inca Garcilaso de la Vega. Quizá la causa fundamental de la escasez de utopías literarias sociales en España se deba al temor a la Inquisición o, como señalaba Miguel Avilés en el prólogo a su edición de la Sinapia, a que el español sólo concibe la utopía a nivel individual, como los místicos (5).

Es cierta, pues, la escasez de utopías hispanas desde el punto de vista literario formal, pero no lo es en lo referente al utopismo en general, si entendemos el término en su variante intencional-crítica, en el sentido que le dio A. Neüssus (6) o en su forma práctica, como utopía ensayada empíricamente. Si partimos, pues, de una concepción más amplia de la utopía como conciencia anticipadora o como sueño de un mejor orden de la vida (en el sentido blochiano o horkheimeriano del término) el caso es que los españoles “no escribieron utopías porque andaban entonces demasiado entretenidos en realizarlas: en vez de imaginar ciudades del sol, como Campanella, las creaban a docenas y alguna, como Quito, sirvió de modelo al fraile calabrés”, como nos recuerda González Seara (7).

Grabado de G. Doré

Toda la conquista española estuvo, sin duda, llena de mitos, de utopías. Los impulsos utópicos que acompañaban la acción de Colón y de los descubridores españoles —como ha puesto de relieve Juan Gil, en su libro Mitos y utopías del descubrimiento(8) así lo prueban fehacientemente. Existe una estrecha relación entre el descubrimiento de América y el surgimiento de la utopía como género literario. En efecto, la aparición, tras su descubrimiento, del Nuevo Mundo en el horizonte vital de los europeos y de los españoles, y el conocimiento de los cronistas de Indias (9) —desde el Diario de a bordo y las Cartas de Cristóbal Colón hasta las obras de Las Casas, con sus denuncias de los encomenderos, o las de Vasco de Quiroga, Bernal Díaz del Castillo, López de Gomara, Bernardino de Sahagún, José de Acosta etc. — constituyeron el caldo de cultivo propicio para la proliferación en Europa de relatos utópicos, de viajes imaginarios, de búsquedas de Eldorado o de las Islas Afortunadas y ciudades del sol, tan presentes en la tradición literaria grecohelenística y latina, redescubierta por los humanistas italianos y cristianos del Renacimiento.

El descubrimiento americano generó, sin duda, una corriente de pensamiento utópico no sólo en Europa, sino, como hemos señalado, en diversos sectores de la sociedad castellana. Por eso, uno de los más grandes expertos conocedores de la temática en España, José Antonio Maravall, ha podido escribir que “la sociedad española se halló en una posición especialmente adecuada para que la voluntad de utopía cobrara fuerzas en proporciones inusitadas”, si bien es verdad que “más que escribirse en el papel” se trató de utopías que “se pretendió levantarlas en la realidad, de Méjico al Paraguay” (10).

Sobre el carácter utópico y quijotesco “avant la lettre” de la aventura americana el escritor colombiano Germán Arciniegas ha escrito unas bellísimas páginas en las que nos habla de lo que denomina “las tres edades del Quijote”: “Cien años antes de haber salido Don Quijote a vivir la vida de aventuras que todos conocemos, ya andaba él, como un loco, por España y América. Las tres edades de Don Quijote están a la vista, primero fueron sus aventuras de un siglo antes de que Cervantes tomara la pluma para escribir ‘su historia’, es decir: su pasado. Luego viene el Quijote que se publica entre 1605 y 1615; es su segunda edad. Por último, el Quijote se sale del libro, de la Mancha, de las manos de Cervantes, y empieza su tercera edad, ya eterna, universal” (11).

G. Doré

La primera edad del Quijote hace referencia, pues, a la aventura americana del descubrimiento y de la colonización. Téngase en cuenta que a los conquistadores también les motivó, al igual que a Don Quijote, la pasión por la aventura y por la búsqueda de fama, gloria y deseo de reconocimiento. Conquistar nombre y fama por sus hazañas solitarias (sin olvidar ambiciones de enriquecimiento fácil y rápido) era uno de sus anhelos y ambiciones, alimentadas, por otra parte, por sus lecturas y conocimientos de los libros de caballerías: todavía en el siglo XVI, escribe Carlos París, “las soñadas y áureas ciudades de la utopía, los paisajes de los Eldorados, los mágicos bálsamos, los héroes, como Palmerín, capaces de ‘partir de un solo tajo tres gigantes como si fuesen habas’ […] impulsaban la mirada de los conquistadores.B. Díaz del Castillo, al contemplar a lo lejos los palacios aztecas, podía decir que parecían cosas de Amadís(12).

En el antes citado ensayo de G. Arciniegas se dice que América será precisamente el gran escenario de los primeros Quijotes. Es allí, nos recuerda, más aún que en España, donde enloquecen los hombres con la lectura de los libros de caballerías. Los conquistadores tuvieron en sus manos una biblioteca caballeresca muy abundante: la gran colección de caballería, que comienza a publicarse en España a partir de 1508, el año de Amadís de Gaula. El siglo de los libros de caballerías se abre entonces, y entre ese año y el de 1602 hay cuando menos cuarenta y dos libros que son el fondo en el que vienen a hundirse las manos del cura y el barbero para explorar de dónde pudo salir la locura de Don Quijote (13).

La aspiración quijotesca a un mundo nuevo en el que reine la justicia y la libertad, responde, evidentemente, a un impulso utópico, lo cual no significa -como ya antes señalábamos- que Cervantes haga una obra dedicada —como ocurre en Utopía de Thomas More— a describir una entera Sociedad-Modelo, pero sí que en su obra encontremos aspectos sugeridos en buena parte por esos ideales utópicos: el ideal o aspiración a un mundo nuevo más justo y feliz. Según J. A. Maravall, el Quijote cumple además con los tres rasgos que definen la utopía: “primero, la disconformidad con su edad presente; segundo, un anhelo de reforma que se eleva pujante sobre esa disconformidad, y tercero, el ideal de la edad dorada” (14).

Pero no ha sido sólo Maravall quien ha señalado este aspecto del Quijote, otros muchos expertos y especialistas cervantinos —Mariarosa Scaramuzza, S. Cro, López Estrada, etc.— (15) han destacado esta dimensión de la obra de Don Miguel de Cervantes. El “sueño quijotesco de la utopía” ha sido, por poner un ilustre ejemplo, brillantemente analizado por Adolfo Sánchez Vázquez en La utopía de Don Quijote. La utopía quijotesca se resume, en su opinión, en la añoranza de aquellos dorados tiempos en que “se ignoraban estas dos palabras de tuyo y mío”, tal como Don Quijote expone a los cabreros. La suya es, en definitiva, la utopía del anhelo por restaurar una humanidad reconciliada consigo misma y con la naturaleza, aunque proyectada hacia el pasado y recreada, sólo parcialmente, en el esfuerzo de la andante caballería por remediar injusticias” (16). Una utopía que, lamentablemente, fracasa.

Y entre las causas que el filósofo mexicano (y español de origen) aduce para explicar este fracaso encuentra las siguientes: En primer lugar, Don Quijote fracasa al invertir la relación entre lo ideal y lo real, y al volverse de espaldas a los cambios de la realidad que pretende transformar (baste recordar las aventuras en que toma la venta por castillo o los molinos de viento por gigantes: así no se puede transformar lo real). En segundo lugar, fracasa porque su fidelidad absoluta a los principios, le impide adecuar sus actos a los cambios en la realidad y hacerse cargo de sus consecuencias y por la inadecuación entre los ambiciosos fines que se propone realizar y los medios raquíticos de que dispone para ello: el escuálido rocín que monta y una olvidada lanza como arma. Fracasa, asimismo, en tercer término, porque las condiciones sociales, las instituciones de la época, la ideología absolutista y la cosmovisión católica de la Contrarreforma dominante hacen imposible el humanismo, de raíz erasmista, que encarna don Quijote. Y fracasa, finalmente, porque el esfuerzo quijotesco, dado su carácter solitario, individual, sin la solidaridad y actividad colectiva necesarias, está condenado a la impotencia. La realización del bien en la tierra no es una empresa individual, sino colectiva, social.

Por su parte, Ernst Bloch, en El Principio Esperanza analizará la figura de Don Quijote –la flor caballeresca tropical-utópica, lo llama- en contraposición a la figura de Fausto, para llegar a concluir que “Don Quijote es el utópico más grandioso, pero, a la vez, su caricatura; y Cervantes le ha hecho objeto de mofa” (17). El diagnóstico de Bloch no difiere sustancialmente del realizado por J. A. Maravall. En ambos se pone de manifiesto la sutil ambigüedad de una obra, Don Quijote, en la que utopía y contrautopía se entremezclan, sobreponen y contraponen: Cervantes en el Quijote construye, según Maravall, las líneas originarias de una utopía para mostrar luego, con la crudeza de su sentimiento de fracaso y con los recursos de comicidad y tristeza —tan peraltados en la literatura renacentista— el abandono en ella de toda vía razonable en el comportamiento de sus gentes que quedan tan fuera del tiempo y del espacio histórico reales. Lo que Cervantes advierte es la denuncia de aquellas construcciones utópicas que buscan una real y eficaz reforma de la sociedad mediante una evasión inoperante.

El Quijote, como obra literaria, representaría un enérgico antídoto contra el utopismo difuso y adormecedor del siglo XVI, encarnado precisamente en el “personaje” Don Quijote, en el que se mostraría, dramáticamente, la lucha entre la rebeldía personal del héroe protagonista que impulsa a la acción en busca del ideal anhelado y la certidumbre inquebrantable del autor de la misma, de su inutilidad o imposibilidad actual de realización. De esta manera la utopía quijotesca se descubre en última instancia como la huida de una realidad frustrante e inmodificable hacia un topos ideal y quimérico, que relegará su repudio y propuesta de transformación a puro y estéril ensueño irreal y onírico. Por decirlo con las precisas y certeras palabras del gran maestro de historiadores José Antonio Maravall:

“Entre la sociedad española que le rodea, tan impregnada de tristeza […], desde los últimos años del XVI hasta ya adelantado el XVII, Cervantes encuentra un conjunto de ilusiones, de aspiraciones, de esperanzas, junto a un estado de inconformismo, de oposición, de crítica, y con esas piezas —cargadas de tensión utópica— construye la utopía del “Quijote”, que sin duda ha atraído su simpatía, pero de la que con sincero desengaño trata de poner de manifiesto su impracticabilidad, su necesario penoso fracaso” (18).

BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS

1. Michel Moner, “La problemática del libro en el Quijote”, en Miguel de Cervantes. La invención poética de la novela moderna, Anthropos nº 98-99, pp. 90-92.

2. Ibid, p. 90.

3. Jacques Barzun, Del Amanecer a la Decadencia. Quinientos años de vida cultural en Occidente. (De 1500 a nuestros días) Taurus, Madrid, 2001, p. 205.

4. Miguel Avilés, Sinapia. Una utopía española del Siglo de las Luces, Editora Nacional, Madrid, 1976. Sobre la ausencia en la literatura española de obras formalmente utópicas véanse: J. A. Maravall, El libro de caballerías como método utópico; Mercedes Vico Monteoliva, Educación y utopía: De los pensadores ilustrados a los reformadores americanos. Universidad de Málaga, Secretaría de Publicaciones, 1992; Fernando Savater, Vente a Sinapia, Austral, Madrid, 1988, pp. 79-80. En su Prólogo escribe: “En España no hay literatura utópica (como tampoco, por otra parte, existe literatura fantástica, salvo esa rama demasiado especializada y abstrusa, la teología); las infrecuentes menciones de temas utópicos son derogatorias o burlescas, por ejemplo, en el caso de las desventuras y gozos de Sancho en la ínsula Barataria”.

5. Op. cit. p. 15.

6. Arnold Neüssus, Utopía, Barral, Barcelona, 1971.

7. Luis González Seara, El Poder y la Palabra. Idea del Estado y vida política en la cultura europea, Tecnos, Madrid, 1995, p. 158.

8. Juan Gil, Mitos y utopías del Descubrimiento. 1. Colón y su tiempo, Alianza Universidad, Madrid, 1989.

9. Sobre el carácter utópico de las crónicas de Indias pueden consultarse: Bartolomé de las Casas, Historias de las Indias, III, en Obras escogidas, Madrid, 1961, BAE, 156, p. 550 y Apologetica historia, ibid. tomo I; Juan A. Maravall, Utopía y reformismo en la España de los Austrias, Madrid, 1982; S. Cro, “Cervantes, el Persiles y la historiografía indiana”, en Anales de Literatura Hispanoamericana, 4, 1975, pp. 5-25; Juan Gil Bermejo-García, “Fray Bartolomé de las Casas y el Quijote”, en Anuarios de los estudios americanos, XXIII, 1966.

10. J. A. Maravall, Utopía y contrautopía en ‘El Quijote’, Visor libros, Madrid, 2006. Eso explicaría lo limitado de la literatura utópica española, inexistente como tal, hasta la Sinapia dieciochesca o el Pío Cid de Ganivet. Maravall apunta en su ensayo que no se produce entre nosotros una obra que integre y sistemáticamente responda a ese típico género de las utopías y que, incluso, hay como una refracción española en esta manera de pensamiento.

11. Germán Arciniegas, “Don Quijote demócrata de izquierda”, en Revista de Occidente, nº 142, Madrid, 1975, pp. 98-99.

12. Carlos París, Fantasía y razón moderna. Don Quijote, Odiseo y Fausto, Alianza Editorial, Madrid 2001, p. 22.

13. Germán Arciniegas, op. cit. El interés por los libros de caballerías no se limitaba únicamente a los conquistadores y misioneros, sino que también los propios indios, una vez alfabetizados, fueron captados por sus encantos y quimeras, produciendo en ellos efectos perniciosos. Darío Villanueva en su comentario Lecturas al capítulo 48 de la Primera Parte (en Miguel De Don Quijote de la Mancha, Edición del Instituto Cervantes dirigida por Francisco Rico, Volumen Complementario, Crítica, Barcelona, 1998, p. 106) nos recuerda que sobre la censura de los libros de caballerías había precedentes muy concretos: una real cédula de 1531 había vetado para las Indias recién descubiertas la impresión o exportación de ese tipo de libros y otras formas de ficción literaria, y en 1555 las Cortes de Valladolid llegaron a solicitar sin éxito su prohibición en España. Véase infra en nota del capítulo 5º, referencia a otra Real cédula, dirigida a la Audiencia y Chancillería del Perú, de 29 de septiembre de 1543 referida al mismo asunto.

14. J. A. Maravall, op. cit., p. 112.

15. Mariarosa Scaramuzza, Luces de utopía en el Quijote, Cahiers d‘Études Romanes, XIV (1989), pp. 93-112; Stelio Cro, La utopía cristiano-social en el Nuevo Mundo, Anales de Literatura Hispanoamericana, VI (1978), pp. 87-129 y del mismo autor: La utopía de un Mundo Nuevo en Cervantes, Anthropos 98–99 (1989), pp. 63-66; F. López Estrada, Tomás Moro y España: sus relaciones hasta el siglo XVIII, Universidad Complutense, Madrid, 1980.

16. Adolfo Sánchez Vázquez, La utopía de Don Quijote, en Entre la realidad y la utopía, F. C. E., México, 2000, pp. 259-272.

17. Ernst Bloch, El Principio Esperanza, Aguilar, vol. III, Madrid, 1977/80, pp. 128-145. El epígrafe en el que Bloch desarrolla su crítica del utopismo abstracto y anacrónico de Don Quijote se denomina “Imágenes desiderativas del momento pleno”.

18. J. A. Maravall, Utopía y contrautopía en ‘El Quijote’, op. cit., p. 250.

[Nota: Este texto, es el capítulo 1º del libro Don Quijote: de la utopía al mito, de T.M.F., Jizo ediciones, Entorno Gráfico, Atarfe, Granada]

Tomás Moreno Fernández

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