Ramón Burgos: «Mentes ¿desquiciadas o sanas?»

La cita –mil veces usada a lo largo del tiempo– del poeta romano Juvenal (siglo II d.C.) en sus “Sátiras”, Mens sana in corpore sano (“mente sana en un cuerpo sano”), manteniendo que la salud física es esencial para la salud mental, parece como si, en estos tiempos convulsos en los que vivimos, esté usándose para apartarse a marchas forzadas de la realidad social.

Basta con asomarse a cualquier visualizador –prensa, radio, televisión, tertulias y encuentros ciudadanos– para percibir un clima de tensión constante: polarización política, crispación social, guerras culturales y una sensación generalizada de incertidumbre. En este contexto, surge una pregunta inquietante: ¿estamos ante una sociedad de mentes desquiciadas o, por el contrario, son las circunstancias las que están poniendo a prueba la cordura colectiva?

La línea que separa lo sano de lo desquiciado nunca ha sido tan difusa. Opiniones que hace unos años parecían marginales hoy ocupan el centro del debate público, mientras que posturas moderadas son percibidas como tibias o irrelevantes. La lógica del enfrentamiento, amplificada por las redes sociales, premia el exceso, la indignación y la simplificación.

Sin embargo, conviene preguntarse –preguntarnos– si lo que interpretamos como desquicio no es, en muchos casos, una reacción –quizá desordenada, pero comprensible– ante una realidad compleja y, a menudo, injusta. La ansiedad, la frustración o la ira no surgen en el vacío.

Al mismo tiempo, no podemos ignorar que existe una cierta banalización del discurso. Se normaliza la descalificación, el insulto y la deshumanización del adversario. Este fenómeno no sólo empobrece el debate público, sino que también contribuye a deteriorar la salud mental colectiva.

Quizá el verdadero reto de nuestro tiempo no sea tanto distinguir entre mentes sanas y desquiciadas, sino crear las condiciones para que la sensatez tenga espacio. Esto implica recuperar el valor del diálogo, fomentar el pensamiento crítico y, sobre todo, asumir que la complejidad no puede reducirse a eslóganes.

Ramón Burgos Ledesma

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