Distintas ediciones de 'Sexo y carácter'

Otto Weininger: La nulidad ontológica de la mujer (6/8)

VI. Sexo y carácter. Un libro que refleja una época

Más que un libro científico, Sexo y carácter es, en efecto, una “visión del mundo”, un tipo de filosofía anclada en un paradigma biológico propio de la de la época en que se escribió y, en consecuencia, obsoleto y absolutamente carente de cualquier base o fundamentación mínimamente científica. Adolece de un fuerte dogmatismo metafísico, de no pocos prejuicios y creencias irracionales y, como ha señalado Castilla del Pino, aunque sólo pueda ser leído como un acontecimiento histórico y, al mismo tiempo, como reflejo o manifestación de una época, está lastrado “por un incorrecto planteamiento asistemático del método, por una parte, y, por otra, por la yuxtaposición de juicios de hecho y juicios de valor en el nivel mismo del texto, en donde argumentos y análisis se ven frecuentemente suplantados por el prejuicio y la racionalización. Se trata de un ensayo, en donde lo “pático”, subjetivo y personal impregnan toda la obra, caracterizándola, por ello, como un “subproducto ideológico, perfectamente situable en el autor, en su época y en su grupo social” (1).

El éxito del libro no sólo se debió a la genial osadía del joven vienés, a que era una obra de fácil lectura y extremadamente provocadora, tampoco a su abrumadora erudición, sino a que la elite intelectual austríaca encontró reflejados en él sus problemas, sus inquietudes, sus miedos y sus paranoias. La obra estaba, en efecto, firmemente anclada, como hemos visto, en la vida, en el ambiente y en la época del autor, la Viena finisecular y de principios del XX, pero su pretensión iba más allá de su marco social y geográfico, era universal: quería proporcionar una explicación de la naturaleza humana basada en su sexualidad.

Sexualidad, ése fue el tema predominante en la literatura y en el arte del cambio de siglo. Sexualidad y misoginia ligadas entre sí como las dos caras de la misma moneda, especialmente en Viena, la ciudad natal de Weininger. Joachim Riedl evoca en su ensayo Viena, infame y genial cómo, en ese tiempo finisecular, inundan las salas de arte y las revistas ilustradas deformadas figuras femeninas, imaginadas, por la fantasía de los artistas y creadores de estilo, en forma de monstruos lascivos o de inocentes mujeres-niña, de mórbida y pálida belleza o de apretada sensualidad. Representadas ya como ángel hogareño o como demonio de degeneración y crueldad, ya como encarnación de la madre o como imagen de la prostituta (precisamente los arquetipos femeninos de Weininger) (2).

Inquietantes mujeres pueblan también las representaciones teatrales de la ciudad: La caja de Pandora de Wedekind, prohibida por la policía, se representa bajo los auspicios de Karl Kraus, un año después del suicidio de Weininger. Asiste a la misma Alban Berg que, sobre el texto del dramaturgo, compondrá más tarde su ópera Lulú. Muchos de los primeros dibujos de Alfred Kubin parecen ilustraciones de la obra de Weininger: “cuerpos de mujeres sensuales, gigantescos, voluptuosos, con un algo de arañas que chupan la sangre de los hombres, en los que los hombres se ahogan y por los que los hombres perecen; una severa dama en un caballito de madera, cuyos balancines son afilados cuchillos, desguaza cuerpos desnudos de hombres; embarazadas que paren cabezas muertas; una vulgar muchacha de la calle alza burlona su falda y desnuda su sexo ante el suicida que yace tendido en un charco de sangre, con la pistola aún humeante” (3). Con frecuencia los artistas especulaban también, como el joven vienés, con el suicidio liberador, y la mayoría seguía sin embargo viviendo de buen grado. Su oficio era el gran gesto. Sólo Weininger lo hizo trágica realidad.

Dibujo de Alfred Kubin

El hecho es que a su muerte siguió casi de manera inminente su fama póstuma. Su ensayo se extendió por toda Europa, se convirtió en envidiado libro de culto, y su autor, Weininger, en leyenda. Apenas hubo algún contemporáneo que pudiera sustraerse a ello. Las tesis del falócrata trágico dieron la vuelta al mundo a la velocidad del viento, calentaron las cabezas y fueron repetidas, adornadas, y transmitidas con entusiasmo. Elias Canetti (4), nacido en 1905, cuenta, por ejemplo, en sus memorias que incluso veinte años después del suicidio de Weininger, en la mayoría de los cafés de Viena se discutía afanosamente su tratado antifemenino y antijudío. Sus afirmaciones pseudocientíficas estaban en boca de todos e influyeron de forma persistente en su postura básicamente misógina. El genio del suicida estaba fuera de toda duda, su manifiesto, apenas atendido en el momento de aparecer, halló de pronto la mayor difusión. Mientras, por ejemplo, pasaron diez años hasta que se vendieron los 600 ejemplares de la primera edición de La interpretación de los sueños de Sigmund Freud, aparecido en 1900 -el libro que había atravesado los muros hacia el descubrimiento de la psique humana- el catecismo filosófico de Weininger iba ya en 1909 por la undécima edición.

En su estudio histórico-cultural El caso Weininger (1982), el germanista Jacques Le Rider (5) rastrea con ejemplar minuciosidad la obra y la historia del impacto del filósofo vienés. Ve en Otto Weininger y en su libro un “documento diagnóstico de la crisis cultural del cambio de siglo”. En su opinión, en ocasiones, y para eludir sus contradicciones internas, la sociedad huye hacia sistemas metafísicos, hacia fantasías omnipotentes pseudorreligiosas y hacia los delirios de una nueva doctrina salvadora y un nuevo orden mundial. Éste sería el caso Weininger, que ofrece similitudes con otro caso patológico coetáneo, analizado por Freud, el famoso caso Schreber. Sin embargo, el diagnóstico de Freud es únicamente –si es que es acertado- un primer paso en el camino hacia la comprensión del fenómeno Weininger.

Jacques Le Rider sentencia por ello que quizá se podría desvelar, desde ambos casos, la patología de todo un siglo. En Weininger topamos, pues, con el resumen de los demonios de esa época. Weininger fue indiscutiblemente uno de los pensadores de moda de su tiempo: un posmoderno, antes aún de que la moderna imagen del mundo hubiera tomado forma. Proporcionó a la opinión antimoderna predominante –presuntuosa, irracional y atrapada en prejuicios ancestrales — un concepto del mundo osado y metafísico; una amalgama filosófico-psicológica que coronó incluso con el elevado ideal ético de Kant. “Todo el mundo”, afirma Le Rider, “podía servirse de ella a voluntad: los tímidos mojigatos, los fanfarrones misóginos, los temerosos mirones, los amantes engañados y los entusiastas incurables, los miembros de asociaciones sólo para hombres de manos sudorosas, y los babeantes comejudíos”.

Sexo y carácter era un psicopompo intelectual, contado desde el alma misma de las incipientes fantasías masculinas de la época. Jacques Le Rider considera que su suicidio mitificó al joven filósofo. Sus admiradores confundieron su acto de desesperación con una fortaleza heroica, con un último esfuerzo para el que ellos mismos ya no se veían en condiciones. Para Joachim Riedl (6) la fascinación que Otto Weininger ejerció sobre su generación y las amplias repercusiones que acompañaron su teoría y obra son apenas comprensibles, a pesar de todos los intentos de explicación diagnóstica. En cualquier caso, la lista de ilustres adoradores y admiradores es larga.

Naturalmente, su coetáneo más radicalmente misógino, el escritor y dramaturgo sueco August Strindberg, hizo de su libro una entusiasta reseña, en la que consideraba que “probablemente con ella había resuelto el más difícil de los problemas, el problema de la mujer” y vio en él una nueva “fuente de luz” honrando “su memoria como la de un bravo luchador masculino”. Ostwald Spengler señala en La Decadencia de Occidente que su dualismo moral representa una concepción puramente mágica, y su muerte, en una lucha del alma — lucha de tipo mágico — entre el bien y el mal, constituye uno de los más sublimes instantes de la religiosidad posterior” (7) y afirma que el de Weininger “es el único ensayo serio de resucitar a Kant dentro de ésta época, poniéndolo en relación con Wagner e Ibsen(8). También el pintor Alfred Kubin y el poeta Fritz von Herzmanofsky-Orlando devoraron a este martillo de judíos de origen vienés. Para Alfred Kubin, Weininger era “el hombre más grande de este siglo”, según confió a su amigo el poeta Herzmanofsky.

BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS

1. “Otto Weininger o la imposibilidad de ser”, op. cit, p. 6-8. Castilla del Pino sostiene (en este Prólogo a Sexo y Carácter) que Weininger estaba, en realidad, postulando una concepción ideológica de lo femenino en la que, en realidad, lo que se pretendía era la “desaparición de la mujer”, su “borrado”, en contradicción de lo que tanto el sentido común, como con lo que la biología científica de su época sostenía acerca del sexo femenino. Considera, en consecuencia, que el libro no era más que “un panfleto apologético de la misoginia” a través de la cual se “expresaba el odio a la mujer de quien no se siente suficientemente masculino”. Y continúa afirmando que “la misoginia es, por tanto, la expresión de la no asunción de la propia homosexualidad y, también, la incapacidad para acceder a la mujer”. […]. Por eso esta Tesis doctoral del joven pensador austriaco era, en su opinión, una teorización no explícita del complejo de castración del propio autor, Otto Weininger, y de sus instancias homosexuales inasumidas. “Odia a la mujer porque se odia a sí mismo en aquello que tiene de femenino” (ibid. p.9). Por eso la misoginia, el odio a la mujer — y la incitación a su borrado, desaparición o eliminación de la faz de la tierra (p.337 de SYC) — deben entenderse, según Castilla del Pino, como un “síndrome o teorización no explícita del complejo de castración” en el varón (Véase al respecto el capítulo XIV de la obra de Weininger, titulado “La mujer y la humanidad” (pp. 328-341).

2. Joachim Riedl, Viena infame y genial, op. cit. p. 102. Sobre esta temática véase al repecto B. Dijkstra, Ídolos de perversidad. La imagen de la mujer en la cultura de fin de siglo, op. cit., Debate, Madrid, 1994, pp. 35-36: “Las mujeres diabólicas con la luz del infierno destelleando en sus ojos acechaban a los hombres por todas partes en el arte de finales del XIX”. El arte y la literatura de la Europa finisecular abundaba, pues, en representaciones femeninas de sirenas, esfinges, seres salvajes, Venus bestiales, medusas aterradoras y vampiros, chupadoras de sangre del varón que se aferraban a los hombres y los arrastraban hacia abajo. Este tipo de representaciones sobre la Mujer, se convirtieron en uno de los motivos más reiterados en el arte de la década de 1890. Véase también: Pilar Pedraza, La bella, enigma y pesadilla. (Esfinge, medusa, pantera), Tusquets, Barcelona, 1991.

3. Ibid, pp. 103-104.

4. Elias Canetti, La antorcha al oído, Muchnik editores, Barcelona, 1982, p. 124.

5. Jacques Le Rider, Le cas Otto Weininger. Racines de l’antiféminisme et l’antisémitisme, PUF/Perspectives critiques, París, 1982.

6. Para lo que sigue véase Joachim Riedl, op. cit. pp. 103-107.

7. Ostwald Spengler, La Decadencia de Occidente. Bosquejo de una morfología de la historia universal. II, Espasa Calpe, Madrid, 1976, p. 376.

8.Ibid, I, p. 467.

ÍNDICEOTTO WEININGER: LA NULIDAD ONTOLÓGICA DE LA MUJER

VI. SEXO Y CARÁCTER. UN LIBRO QUE REFLEJA UNA ÉPOCA

VII. SEXO Y CARÁCTER: SU INFLUENCIA EN EL NAZISMO

VIII. LEGADO Y PROYECCION LITERARIA Y ACTUALIDAD DE WEININGER

Tomás Moreno Fernández

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