Detalle de la portada del libro de Chandak Sengoopta, Otto Weininger. Sex, Science and Self in Imperial Viena. Litografía de Egon Schiele, Autorretrato dibujando una modelo desnuda,

Otto Weininger: La nulidad ontológica de la mujer (5/8)

V. El movimiento de emancipación de las mujeres

Como ha puesto de manifiesto Chandak Sengoopta, la emancipación de las mujeres era un tema explosivo en la Europa central de finales del siglo XIX y principios del XX. Téngase en cuenta que en el momento de la escritura y publicación de la obra de Weininger —los primeros tres años del siglo XX— había en Alemania no menos de 850 organizaciones con cerca de un millón de integrantes en la campaña por los derechos de las mujeres. El concepto de mujer servía “como un signo cuyos significados de la feminidad (y, de hecho, del género en sí) estaban en el centro de los debates acerca de la naturaleza y el futuro de la civilización” (1). A pesar de que desde el principio el objetivo que Weininger se propone es resolver el llamado “problema de la mujer”, en su manera de resolverlo no se incluye —según ha señalado agudamente H. Moreno— una respuesta directa ni a los planteamientos ni a las demandas que las feministas están levantando en ese momento, ni un diálogo con sus voceras. Y aunque en ninguna de las cerca de seis millares de páginas que constituyen su libro, Otto Weininger se refiere directamente al debate público que se está desarrollando con fuerza e intensidad en Europa y Estados Unidos acerca de los derechos de las mujeres, no cabe duda de que, en última instancia, “el interlocutor más visible de Sexo y carácter, y más activamente negado, es el movimiento feminista” (2).

En este sentido el joven filósofo vienés afirmará, en sintonía con sus antecesores Schopenhauer y Nietzsche, que la emancipación femenina —como más adelante examinaremos— era sólo una pretensión de “mujeres masculinas” (3) y que, en cualquier caso, hacía mucho que no podían ser consideradas mujeres en el sentido originario del término. Su misoginismo y antifeminismo virulentos y explícitos (4) recorren, pues, de punta a cabo, todas y cada una de las páginas del libro y apuntan a un claro y reaccionario objetivo: deslegitimar el feminismo de su tiempo en sus dimensiones más profundas, presentando a la mujer como esencialmente o metafísicamente incapacitada para su propia emancipación.

Portada de ‘Sexo y carácter’

Cuando menciona el tema de la emancipación de la mujer siempre deriva en alguna manera de descalificar al sexo femenino en su conjunto. Sexo y carácter pretende demostrar “la nulidad ontológica de la Mujer y la futilidad política del feminismo” (5), llegando, incluso, a sostener que “el mayor, el único enemigo de la emancipación de la mujer es la mujer” (6) como concluye el capítulo VI de su obra, dedicado precisa y específicamente a las mujeres emancipadas. En efecto, nada más comenzar el capítulo VI (7) toma como premisa la conclusión a la que va a llegar: “la necesidad y la capacidad de emancipación de una mujer sólo se basan en la fracción de hombre que ella tenga”. No obstante, Weininger trata de explicar su posición al respecto definiendo qué se entiende verdaderamente por emancipación de la mujer:

En mi opinión, la emancipación de la mujer no es ni siquiera el deseo de alcanzar una paridad externa con el hombre, sino que radica en la problemática aspiración de la mujer a ser internamente igual a él, a gozar de su libertad espiritual y moral y a participar en sus preocupaciones y de su capacidad creadora” (SYC. 75).

Pone un cierto énfasis, en capítulos posteriores, en aclarar que su obra no es “un alegato en defensa del harén” ni es su intención “tratar a la mujer desde el punto de vista asiático”, como una esclava:

Se puede pretender la equiparación legal del hombre y de la mujer sin por ello creer en su igualdad moral e intelectual. Es posible reprobar la barbarie del sexo masculino contra el femenino y simultáneamente reconocer su enorme contraposición cósmica y la diferencia esencial que entre ellos existe” (SYC. 75).

George Sand

Las mujeres defensoras del movimiento emancipador, tanto del pasado como del presente, han pertenecido exclusivamente a esos grados intermedios que apenas pueden ser catalogados como femeninos: “pertenecen a las formas intersexuales más avanzadas —bisexuales u homosexuales— (8). Su “aspecto exterior masculino” las delata. La utilización por parte de sus escritoras más célebres a adoptar nombres masculinos indica que se sentían más cerca de éstos que de la mujer. George Sand usaba un seudónimo masculino y llevaba pantalones porque “ciertas características anatómicas masculinas” se ocultaban bajo los pantalones de terciopelo. Weininger también hace comentarios sobre la amplia frente masculina de George Eliot o sobre los rasgos masculinos de Lavinia Fontana o Helene Petrowna Blavatsky (9). Las verdaderas mujeres no han tenido intervención alguna en la emancipación de la mujer. Las investigaciones históricas han demostrado el bien conocido dicho popular: Cuanto más largos son los cabellos, menor es la inteligencia”. Porque toda lucha por la emancipación de la mujer está destinada, como la historia demuestra, a perder sus conquistas, ya que su principal enemigo es la propia femineidad; es lo varonil que en ella se encierra lo que quiere emanciparse: “Por lo que se refiere a las mujeres emancipadas puede decirse que sólo el hombre que en ellas se alberga es el que pretende emanciparse” (SYC, 77).

Lavinia Fontana

Pero si la necesidad de liberación y de equiparación con los hombres sólo se manifiesta en las mujeres varoniles, estará justificado inducir que la mujer como tal no siente la menor necesidad de emanciparse, aunque tal inducción haya sido obtenida partiendo de consideraciones históricas aisladas y no del examen de las cualidades psíquicas de la mujer. El movimiento de emancipación feminista induce a las mujeres a ocuparse de la cultura y el estudio y las impulsan a ocupaciones masculinas. Nada que objetar, afirma, si se trata de mujeres con rasgos masculinos que, en conformidad con su constitución somática, se ven impulsadas hacia las ocupaciones varoniles. Pero en lo que se refiere a la “formación de partidos”, a su participación en “falsas revoluciones” o en “movimientos feministas integrales -que dan lugar a ensayos antinaturales, artificiosos, en el fondo mendaces-, su rechazo es contundente. Asimismo, expresa su repulsa por su pretensión de “igualdad completa”, ya que la mujer más masculina apenas tiene el 50% de hombre” (SYC, 79).

Elmovimiento feminista es, en definitiva, despreciado y estigmatizado como “un paso desde la maternidad hacia la prostitución”. Para Weininger, en su conjunto, se trataba más bien de la emancipación de las prostitutas que de la emancipación de las mujeres, y su resultado definitivo sería seguramente “una acentuación de la parte de prostituta que se halla en toda mujer” (¡sic!) (SYC, 328-329). Una sociedad patriarcal y masculina, machista, como la suya, amenazada en sus fundamentos por las primeras exigencias de igualdad de derechos de las mujeres, asintió con entusiasmo y regocijo las propuestas que con virulenta osadía había lanzado Weininger y que en absoluto les parecían absurdas en ese ambiente:

“El hombre sólo podrá comenzar a honrar justificadamente a la mujer cuando ella misma deje de querer ser objeto y materia para el hombre, cuando pretenda verdaderamente llegar a una emancipación que sea algo más que la emancipación de la prostituta” (porque) “todavía no se ha dicho abiertamente dónde se encuentra la servidumbre de la mujer: esta servidumbre se halla en el poder soberano que sobre ella posee el falo masculino” (SYC, 340).

Helena Blavatsky hacia 1850 ::Wikipedia

¿No era ésta la respuesta definitiva a la llamada “cuestión femenina” que Weininger había prometido con fanfarronería en un anuncio que acompañó a la aparición de su libro Sexo y carácter? Así habría pensado, sin duda, el hombre burgués: con una sonrisa ante la falta de lógica femenina y con un estremecimiento ante unas figuras de mujer como Naná (Zola) y Lulú (Wedekind) inquietantes y amenazantes. Mujer que sería demonizada con el estereotipo de la figura de la femme fatale que emerge con fuerza en la iconografía literaria y artística de la época (vid. supra, nota 18) y que para M. J. Villaverde “representa el submundo de la castrante sociedad victoriana, una sociedad caracterizada como hermafrodita donde los hombres han perdido su virilidad y las mujeres se han virilizado” (10).

BIBLIOGRAFÍA Y NOTAS

1. Chandak Sengoopta, Otto Weininger. Sex, Science and Self in Imperial Viena, Chicago y Londres, The University of Chicago Press, 2000, 29, pp. 31-32.

2. Hortensia Moreno, Femenino y Masculino en las ideas de Otto Weininger, en Rossana Cassigoli (Coord.), Pensar lo femenino. Un itinerario filosófico hacia la alteridad, p. 145. En efecto, según H. Moreno, Weininger no dialoga de manera directa con el movimiento feminista, lo ningunea, y por tanto desautoriza a los movimientos feministas que en su tiempo luchaban por los derechos de las mujeres; su “receptor “aparente” es una instancia abstracta e inasible, que se puede caracterizar en la aspiración del autor a la inmortalidad, a la trascendencia; el receptor ideal de Weininger es un sujeto, masculino, situado más allá de las querellas terrenales y triviales a que nos empuja la marcha tumultuosa de cientos de miles de mujeres por las principales metrópolis del mundo. “La reflexión de Weininger se postula como la búsqueda de una verdad por fuera del tiempo y del espacio; por fuera de las determinaciones materiales. En apariencia, según la intención expresa de Weininger, el texto no tiene nada que ver con el contexto”, pp.145-148.

3. Así lo confiesa sin ambages: “Todas las mujeres que realmente tienden a la emancipación, todas las que han alcanzado fama con justo derecho se han hecho conocer por algunas de sus condiciones espirituales, presentan siempre numerosos rasgos masculinos, y una observación sagaz permite reconocer en ellas caracteres anatómicos propios del varón, un aspecto somático semejante al del hombre…pertenecen exclusivamente a las formas intersexuales más avanzadas, vecinas a esos grados medios que apenas pueden ser catalogados como femeninos” (SYC, 75)

4. En el Prólogo a su obra confiesa paladinamente: “Aquellas partes de este libro que resulten antifeministas –y puede decirse que lo son casi todas- no serán del agrado de los hombres, quienes no prestarán su completa conformidad, pues su egoísmo sexual les hace ver siempre a la mujer mejor de lo que es, tal como ellos quisieran que fuera, tal como ellos querrían amarla” (SYC, 16).

5. H. Moreno, Femenino y Masculino en las ideas de Otto Weininger, op. cit, p. 145.

6. O. Weininger, SYC, 81.

7.Ibid., pp. 74-83.

8. Otto Weininger, SYC, p. 75.

9. Lo bueno de este tipo de consideraciones”, comenta Eva Figes, es que resultaban indefinidamente adaptables, ya que permitían todas las excepciones que confirmaban la regla, sin necesitar de ciencia ni de lógica: “Se comienza sencillamente por la proposición de que ser macho es ser positivo, racional, activo, dominador, y ser hembra es ser sumisa, pasiva y no muy brillante; y nadie puede decir que no. Luego se aplica a cada caso individual una escala graduada de masculinidad y feminidad, y naturalmente esto estimula la conformidad. La mayoría de las mujeres, ante la amenaza de ver su feminidad controlada como si fuera una fiebre, preferirán quitarse los pantalones de terciopelo, arrojar lejos sus plumas y volver a la falda y a los libros de cocina antes de provocar la sospecha de que bajo su inaceptable apariencia se escondía un pecho peludo o caracteres genitales masculinos” (Actitudes patriarcales: las mujeres en la sociedad, op. cit., p. 139).

10. Un tipo de mujer que, en su anhelo por liberarse de su enclaustrante esencia femenina, se corta el pelo “a lo garçon”, se viste con trajes de hombres y adopta seudónimos masculinos siguiendo el ejemplo de George Sand. Mujeres, en fin, estigmatizadas como anormales, lesbianas y mutiladas, tanto por el mundo científico como por los círculos vanguardistas e incluso por “feministas” como la Lou Andreas-Salomé de la época vienesa que lamentaba su traición a la feminidad. Una feminidad que, desde tiempos inmemoriales, encadena a la mujer a su función reproductora que nadie pone en cuestión, ni siquiera las feministas más relevantes de la época como la sueca Ellen Key, la alemana Clara Zetkin o las austriacas Marianne Hainish o Auguste Fickert, que rinden auténtico culto a la maternidad.

ÍNDICEOTTO WEININGER: LA NULIDAD ONTOLÓGICA DE LA MUJER

VI. SEXO Y CARÁCTER. UN LIBRO QUE REFLEJA UNA ÉPOCA

VII. SEXO Y CARÁCTER: SU INFLUENCIA EN EL NAZISMO

VIII. LEGADO Y PROYECCION LITERARIA Y ACTUALIDAD DE WEININGER

Tomás Moreno Fernández

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