VII. SEXO Y CARÁCTER: SU INFLUENCIA EN EL NAZISMO
En lo que se refiere a la influencia de las ideas de Weininger en el nacionalsocialismo mucho se ha escrito. Concretamente el capítulo XIII de su obra, titulado El judaísmo, rezuma un odio indisimulado hacia el judío y lo inficionado de judaísmo y una admiración sin límites hacia el prototipo ario de humanidad. A pesar de que el propio Weininger quiso mantener distancias respecto a cualquier tipo de persecución contra los judíos (1), no cabe duda de que su obra y sus doctrinas ayudaron a acumular la yesca racista que treinta años más tarde hicieron arder los nazis.
Como ha visto Eva Figes, sólo con la verborrea de la que hace gala a lo largo y ancho de ese capítulo (y de su obra en general), el suicida Otto Weininger, se aseguraba un lugar indiscutible entre quienes prepararon el camino al nacionalsocialismo (2). Recordemos, además, que uno sus más fieles epígonos, el escritor judío Arthur Trebitsch ya anticipaba, siguiendo su estela y antes de la entrada en escena del nazismo, muchas de las patrañas nazis sobre los judíos y la superioridad de los arios.
La resonancia de la obra de Weininger, a pesar de su ascendencia judía, no podía escapar a la atención de Adolf Hitler, que también se inoculó, entre 1907 y 1913 en Viena -una de las cunas del antisemitismo político y suelo nutricio de los genocidas nacionalsocialistas- del morbo antisemita (3). En efecto, Weininger ejerció, indirectamente, una influencia de graves consecuencias sobre Hitler. Durante sus “años de aprendizaje y sufrimiento en Viena” el aspirante a pintor, la mayoría de las veces falto de recursos, era un afanoso lector de la furibunda revista antisemita Ostara, editada por un grotesco epígono de Weininger, Georg Lanz von Liebenfels (4) (su nombre artístico).
En ella se embebería de las delirantes doctrinas racistas que Von Liebensfels había empezado a publicar a partir de 1905; fue sin duda el más tenebroso de los maestros de Hitler (5). Por eso no es de extrañar que en los largos monólogos en el cuartel general del Führer en Wolfsschanze, Hitler contara una noche que su paternal amigo de Munich, Dietrich Eckart, le había asegurado en una ocasión que sólo había “un judío decente […] Otto Weininger, que se quitó la vida cuando se dio cuenta de que el judío vive de la descomposición de otras nacionalidades” (6).

Eva Figes al analizar la relación entre racismo y antifeminismo en la obra de Weininger, nos advierte acerca de los peligros que encierra la pretensión de juzgar a las personas en función del físico, se trate de sexo o de color de piel. El caso Weininger debería servirnos de valiosa lección: “Claro que no sostengo”, matiza la pensadora feminista, “que los filósofos idealistas habrían disculpado al Tercer Reich”. Incluso señala cómo Otto Weininger desequilibrado como estaba, se mantuvo a distancia de la idea de cualquier discriminación efectiva respectiva a judíos o mujeres (7):
“Mas este tipo de actitud es sin duda la parte débil de la palanca. Existe un encadenamiento lógico entre decir que las mujeres son “diferentes” (queriendo en realidad decir inferiores) de los hombres, o que los judíos o los negros son distintos de los blancos caucasianos, y tratarlos efectivamente como distintos. Pues acto seguido resultará posible negar a seres tan inferiores los derechos humanos primordiales, lo mismo que el hombre niega el alma de la mujer. Y la conclusión implícita es que esos seres inferiores no son en absoluto humanos. El Tercer Reich surgió de determinada situación político-económica, pero sus políticos y sus propagadores encontraron sin duda alguna su justificación en una jerga filosófica muy familiar al pueblo alemán. Y era un gobierno no sólo fuertemente antisemita, sino además muy antifeminista” (8).

La historia de Alemania del siglo XX no sólo nos muestra los peligros de ideas y doctrinas que fomenten hostilidad hacia determinados grupos humanos en función de su raza, color, sexo o cualquier tipo de diferencias, reales o inventadas, sino que evidencia también que para cualesquiera fines prácticos se debe tratar a la gente como si fueran todos fundamentalmente iguales, e ignorar esas diferencias. Recuerda Eva Figes a este respecto cómo John Stuart Mill desafiaba a sus lectores a encontrar diferencias sexuales secundarias de carácter y capacidad cuya condición de innatas pudiera ser demostrada, y comparaba la esclavitud de las mujeres con la de los negros. Cien años más tarde, ningún científico ha logrado de modo concluyente refutar su afirmación. Los escritores alemanes elaboraron teorías sobre la diferente naturaleza de la mujer y la compararon con la de los judíos. La nación que más tarde dedicaría tantos esfuerzos científicos a medir calaveras de judíos asesinados estaba ya especializándose en ensayos de la comprobación de que la mujer tenía el cráneo y el cerebro más pequeños. Eva Figes concluye así su denuncia:
Otto Weininger, la última flor de esta dinastía filosófica del pensamiento, que escribió prolijamente sobre la impureza de la mujer y la feminidad de los judíos, indicaba que sólo había dos sistemas morales entre los que elegir: el “socialismo ético” de Bentham y Mill, y el “individualismo ético tal como es enseñado por el cristianismo y el idealismo alemán”. Y cuando nos ponemos a examinar este último encontramos que la romántica senda del bosque de Parsifal conduce, teniendo en cuenta las manos que la construyan, a la cámara de gas” (9).

BIBLIOGRAFIA Y NOTAS
1. “Deseo recalcar”, escribe en SYC (capítulo XIII, p. 308) “aunque debería darse por sobreentendido, que, a pesar de la escasa estima que tengo por los judíos genuinos, no pasa por mi mente justificar con las presentes y futuras observaciones ninguna persecución teórica o práctica contra los semitas. Hablo del judaísmo como idea platónica –no existe un judío absoluto, como no existe un absoluto cristiano-, no hablo de los judíos como individuos, ya que me dolería profundamente ofender a muchos de ellos, y sería, por otra parte, injusto aplicar los conceptos expresados a algunos de sus miembros”.
2.Actitudes patriarcales: las mujeres en la sociedad, op. cit., pp 141.
3. Joachim Riedls, op. cit. p. 131, recuerda cómo Hitler escribiría años más tarde: “En esta época me hice una imagen del mundo y una cosmovisión que se convirtió en granítico fundamento de mi presente actuación. Sólo he tenido que añadir algunas cosas a lo que antaño me creó así, y no he tenido que cambiar nada […] pero Viena fue y sigue siendo para mí la escuela más difícil, pero también más profunda de mi vida”. Porque para él la ciudad era, como confiaría después a sus camaradas, sencillamente “la encarnación del incesto”, una “babilonia de razas” “regida por judíos y clérigos” […] “Vine a Viena con diecisiete años”, confesó en un discurso, “y salí de Viena como un absoluto antisemita”, Para el conocimiento del clima antisemita de la Viena de Weininger ver el capítulo El maestro de Hitler del citado libro de Riedls, pp. 129-155.
4. Georg Lanz von Liebenfels (1872-1954) religioso y ocultista, su verdadero nombre era Adolf Joseph Lanz. Antiguo monje en la abadía católica cisterciense de Heiligenkreutz en 1893, exclaustrado por un vergonzoso “amor carnal” (1899) predicó una doctrina de pureza racial curiosamente pseudorreligiosa, en la que se dividía a la Humanidad en “ario-héroes” y “cándalos” (o “chandalas”, denominación despreciativa para el grupo más inferior de la sociedad hindú, situado fuera del sistema de castas) también denominados “simios” o sátiros”, enredados entre sí en una lucha decisiva. Tras el juicio final “de los rubios sobre los simios”, la implacable lucha terminará con la liquidación de los “cándalos”. Fundó una Orden ario-cristiana inspirada en los templarios, a la que llamó Ordo Novo Templi. Su revista Ostara (entre 1905 y 1918), órgano de expresión de su esotérica religión racista y antisemita, fascinó a Hitler y captó lectores en todos los estratos sociales. Vid. también pp. 149-155. Cfr. Rosa Sala Rose, op. cit. pp 455.
5. J. Riedl, op. cit., p. 104. El escrito programático esencial de Georg Lanz von Liebenfels, un amplio tratado con el nombre de “Teozoología”, se lee como una copia de la doctrina de Weininger liberada de los últimos anclajes lógicos
6.Ibid.
7. Según Eva Figes, Weininger suponía que la obtención de los derechos civiles por parte de la mujer no iba a cambiar en nada la situación social real, porque su inferioridad innata le impediría hacer un uso constructivo de la igualdad social.
8.Actitudes patriarcales: las mujeres en la sociedad, op. cit., pp. 142-143.
9.Ibid, p. 129. María José Villaverde (loc. cit.) interpreta su figura de manera semejante y escribe que “su muerte –disparándose un tiro en el corazón y no en el cerebro- simboliza la derrota de la razón frente al sentimiento, pero también el fracaso de una generación que había perdido la fe en los valores ilustrados –razón, derechos del individuo, cosmopolitismo- y que no encontró más alternativa que la irracionalidad, el nacionalismo y el racismo que la encaminaron hacia el horror del nazismo”. (‘Sexo y carácter’ (en el centenario de Weininger), El País, sábado 4 de octubre de 2003.
ÍNDICE: OTTO WEININGER: LA NULIDAD ONTOLÓGICA DE LA MUJER
I. VIENA: UN DISPARO EN MEDIO DE LA NIEBLA
II. LA VIDA BREVE DE UN FILÓSOFO DILETANTE
III. EL CONTEXTO Y LA POLÉMICA SOBRE LA BISEXUALIDAD ORIGINARIA
IV. EL CLIMA IDEOLOGICO: ANTISEMITISMO Y ANTIFEMINISMO
V. EL MOVIMIENTO DE EMANCIPACIÓN DE LAS MUJERES
VI. SEXO Y CARÁCTER. UN LIBRO QUE REFLEJA UNA ÉPOCA
VII. SEXO Y CARÁCTER: SU INFLUENCIA EN EL NAZISMO
VIII. LEGADO Y PROYECCION LITERARIA Y ACTUALIDAD DE WEININGER





Deja una respuesta