Hoy nos vamos a entretener en uno de esos puntos que aparecen en el mapa y no son siempre fáciles de ubicar, pero ahí está en el mundo de las naciones independientes a pesar de su liliputiense tamaño: su carretera circular apenas necesitará más de una hora para recorrer la distancia que tenemos de Alhama a Granada. Por supuesto merece la pena entretenerse en el camino, escudriñar el horizonte y disfrutar de su naturaleza como ya hicieran los primeros intrépidos navegantes de la península que quedaron extasiados de su belleza natural.
Hasta allí llegaron los españoles hace más de quinientos años [ahora se discute, incluso en el Congreso, sobre aquellos hechos ¿pueden hacer más ballicherías sus señorías?] Y, si nos metemos en el famoso triángulo u oasis catalán, la cosa aún se complica más al negar los hechos, la realidad de un país cuyo topónimo arranca hace más de dos milenios. Colegiremos: qué pobres son aquellos que, para sobresalir en algo, tienen que destruir todo lo que hay a su alrededor; con lo bonito y gratificante que es vivir y, compartir, incluso en el más apartado rincón del orbe y tendría infinidad de anécdotas que me fueron sucediendo en lugares tan dispares como Mombasa, Port Vila, Punta Arenas o la mismísima Basseterre (capital de San Cristóbal) porque, la guasa que se llevaba la chiquita, que quedó embarazada y acudía al juzgado para ser resarcida porque el chico decía que de niños nada. A la pregunta ¿y por qué lo hiciste? Oye, chico, eso está tan rico que es lo mejor que hice en mi vida, pero el niño lo hicimos entre los dos y él debe de pagar por ello. A la pregunta si la jueza la daría mil dólares mensuales… ¡Todavía ríe/reímos a mandíbula batiente!

Esta tierra insular fue descubierta por Cristóbal Colón en su segundo viaje de 1493 y cada vez me sorprendo más con las descripciones que realizaban aquellos hombres de fortuna embarcándose en tan singulares cáscaras de nueces sin saber si habría retorno. De hecho, la mayoría de los que partían, nunca más volvían a la península como tampoco lo harían muchos de los europeos que se embarcaron en busca de tierras de promisión ni se quedaban cortos al relatar los combates entre europeos y caribes.
Las islas no llegaron a colonizarse por los españoles. En este capítulo hay que trasladarse al Reino Unido, en 1623 pone sus primeros súbditos allí con la expedición que comandaba Thomas Warner; al año siguiente harían acto de presencia los franceses liderados por Belain d’Esnambuc que acabará siendo un hombre clave en la historia de todo lo que hoy conocemos como Caribe Francés [una gran estatua está en Fort de France, mirando al mar, desde el Parque de la Sabana].
Una constante en la historia de San Cristóbal fueron las luchas de los colonos europeos de las potencias litigantes del momento [Londres y París] hasta que decidieron unir sus fuerzas a partir de 1627, y se enfrentaron, en desigual combate, contra más de 3000 belicosos caribes que, a la postre, defendían sus dominios [me recordaba los grandes momentos del Cinema Pérez de mi adolescencia cuando llegaban los “buenos” a defender a los indios en aquellas célebres películas rodadas en el desierto almeriense y que hoy está en funcionamiento como parque temático de una época inolvidable del séptimo arte en la zona de Tabernas: todo el “gallinero” aplaudiendo aquella numantina defensa de sus territorios y la pregunta llegada la senectud es ¿por qué siempre nos poníamos a favor de los indios?] pero, tras la desigualdad correspondiente, llegaría el exterminio y los problemas entre ambas potencias no quedaron resueltos en cuanto a qué bandera colocar y, como solución de compromiso, una parte era francesa y otra inglesa: menos mal que no encontraron oro porque entonces la cosa aún habría sido más dura de roer.
Las rivalidades entre británicos y franceses no cesaron, la balanza se decantaría por Londres que acabó afianzando su posición en el XIX y allí estuvieron hasta 1983 cuando se convirtió en un país independiente con 50.000 almas que inmediatamente sería reconocido por la isla de Taiwán a la que le unen especiales relaciones, uno puede encontrarse con la ayuda que desde este lejano rincón de Asia les llega para numerosos capítulos de su vida cotidiana, frecuentemente son vehículos donados por la denominada isla rebelde y suelen ir pintados con la bandera de ambas tierras insulares. La superficie tampoco es gran cosa, algo más de 261 km² [St. Kitts 168 y Nevis 93].
Nada más amarrar estaba descendiendo por la rampa y mi primera sorpresa fue encontrarme la leyenda “El Gibraltar de las Indias Occidentales” en un flamante monumento que da la bienvenida al viajero que entra por la lujosa terminal de Port Zante, a sólo unos minutos del centro de esa coqueta capital insular. En cierta medida resume la historia de esta minúscula nación que goza de una vitalidad que ya la quisiera para sí el viejo continente [se ve que al adocenar al pueblo, éste pierde la chispa de la vida, el contacto con la realidad. ¡Y qué quieren que les diga! Entre los centenares de recién llegados como posesos, buscando el dichoso WIFI y los cachondos ciudadanos cristobalinos, me quedo, evidentemente, con lo segundo y, por eso, el tiempo vivido entre ellos, simplemente, voló.

A una isla, como suele ser habitual, hay dos formas de llegar, a unos cientos de metros de la capital está el Aeropuerto Internacional Robert L. Bradshaw [Nieves tiene sus propias instalaciones de esa categoría de infraestructuras aéreas] y en la mismísima capital está la terminal marítima que te deja en la parte histórica, una zona comercial con infinidad de tiendas y bares que no acabarás. En esa zona es habitual encontrarse asaderos de langosta al estilo tradicional a un precio todavía asequible para un jubilado que no tenga problemas con el marisco y acompañarlo de unas buenas cervezas cuyos precios van de 2 a 5 $, aunque no sea la moneda local, pueden utilizarse, pero siempre hay que preguntar si se puede pagar con ellos. Si te atienden empleados difícilmente podrás hacer la compra, así que uno acaba decantándose por negocios gestionados directamente por sus propios dueños mucho más asequibles al negocio que al color de “la pasta” del viajero.
Una imagen que te queda grabada es la de Circus Square a primera hora de la mañana del día de mi llegada, en la esquina aparca un furgón de caudales, bajan dos gorilas de espanto, con sendos mosquetones, que parecen sacados de la Banda de El Estudiante, de la época de los bandoleros de las sierras andaluzas, vaya que me pareció encontrarme en una escena del XVIII pero, con una pasmosa tranquilidad, comienzan a sacar los sacos de pasta que fueron introduciendo en el Edificio del Tesoro y, en esas estábamos, contemplando la escena, cuando aparece una descomunal mujer vestida de negro y montada en sus tacones de aguja que nos hizo, a esas tempranas horas de la mañana, perder de vista la escena del furgón y cambiar el ángulo de visión que nos llevaba a esa escultural mujer caribeña que cruzaba con energía ese centro neurálgico de la coqueta capital insular que, recordemos, había sido pasto de las llamas prácticamente en su totalidad en 1867. De allí hasta la iglesia anglicana y los juzgados: la gente disfrutando de la sombra de gigantescos árboles hasta que el silencio era roto por la potente voz de la oficial del juzgado que aparecía en la puerta y comenzaba a recitar una retahíla de nombres para entrar en la sala. Yo continuaría mi camino y en cada cruce, oteaba el horizonte, en busca de alturas para intentar adivinar hacia donde me llevarían mis siguientes movimientos.
Las antenas delataban las emisoras de radio y las torres los edificios religiosos que podrían servir para escudriñar su historia y, por qué no, refrescar nuestro cuerpo ante el implacable sol que, a las diez de la mañana, te obligaba a guarecerte por su inclemencia. Incluso me tropecé con la prisión de tiempos de su Graciosa Majestad, con placas y leyendas del XIX, comprobando con placer, que la idiocia de la memoria histórica no alcanzó aquellos idílicos rincones aunque, teniendo en cuenta las andanzas del Mr Bean español por Venezuela, no me extrañaría que les llegara el contagio en cualquier momento. Los buzones tampoco daban lugar a la duda VR [Reina Victoria] y uno acaba preguntándose ¿se habrán amortizado esas piezas de museo? Por supuesto, bien pintados, sin haber sido vandalizados y en perfecto orden de revista. ¿Porque qué sentido tiene cambiar una cosa si todavía funciona e incluso lo nuevo no lo superará en calidad? Sólo cuando alguien en la cadena de compras se nutre de la grasa o la pringue que deja el “parné” como decían algunos abuelos de mi infancia en el célebre Poyo de los Bollaos, se pueden explicar ciertas obras o reposiciones por mucha modernidad que nos quieran vender, lo público siempre lo pagan los mismos paganos y por lo tanto, mientras funcione, no debería ser tocado.
La isla tiene atractivos suficientes para entretenernos una semanita y, con tranquilidad. Si la estancia es más corta, entonces hay que escoger lo que queremos hacer y dónde dirigir nuestros pasos en sus apenas cincuenta kilómetros de carretera circular. Personalmente recomiendo el ferrocarril turístico que está a pocos kilómetros de la capital, unos vagones descapotables permiten realizar un viaje que suele durar unas tres horas sobre un tercio de la superficie insular.

Recordemos que este tren es uno de los más encantadores de todo el Caribe y se considera el último en funcionamiento de las Indias Occidentales que se explota con claras finalidades turísticas. En ese trayecto, casi al final, al lado izquierdo de la marcha nos aparecerá el Monte Liamuiga con casi 1200 metros y una gran influencia sobre la vegetación de la región. Por lo visto era el nombre con el que antiguamente se conoció esta isla y su significado sería Tierra Fértil, algo que aconteció hasta que el monocultivo de la caña de azúcar colapsó; en su momento álgido esa fuente agrícola empleó a varios miles de esclavos que fueron llevados en el XVI desde África, incluso el único rey que tuvo Haití era de aquí [Henri Cristophe], todavía se cultiva la caña y los lugareños también tienen sus huertos de donde extraen la gran parte de las hortalizas y frutas que necesitan; algunos árboles del pan simplemente se pudrían sin remisión, lo que significa que poca gana debería de pasar el propietario con esa descomunal fruta que te sacia la más grande de las hambres durante varios días.
Levantado entre 1912 y 1926, su misión era el transporte de la caña de azúcar hasta los ingenios azucareros para su transformación hasta que el cultivo colapsó y produjo la gran crisis de la industria azucarera, en la actualidad casi es un monocultivo Made in Cuba. La empresa que explota este trazado ferroviario es un tour operador que complementa el recorrido circular por carretera y te vuelve a dejar en Basseterre; con esta experiencia casi has tenido la oportunidad de recorrer la mayor parte de la isla, nos quedaríamos con una especie de península en la zona sureste desde donde se divisa la otra tierra que conforma el estado: Nieves y a la que se puede ir con relativa facilidad en más o menos una hora en sus constantes barcos y, a un precio que, a veces, apenas equivale a un desplazamiento desde cualquier pueblo español a su capital: en el Caribe eso es una aventura y, además, la mar de divertida.
Tras finalizar el recorrido con el tren turístico encontramos otro de los atractivos de la pequeña nación insular, se trata de una antigua Fortaleza Militar que está integrada en el patrimonio de la UNESCO [Brimstone Hill Fortress o “El Gibraltar de las Antillas”, sobrenombre que recibe por estar levantada sobre el risco, la enorme fortaleza se consideró inexpugnable en su día, pero en 1782 los franceses lograrían penetrarla] que, como ocurre con otras construcciones militares de siglos pasados, obliga a preguntarse muchas cosas, aunque la básica sea ¿de qué madera estaban hechos aquellos hombres? Se localiza en la zona oeste [muy cerca encontraremos otros puntos de interés como Olivee’s Mountain, Windfield Estates, Caribelle Batik o Bloody Point].
La instalación militar fue levantada durante varias décadas que casi dan para un siglo de historia, quedaba finalizada en 1794. Fue una de esas instalaciones militares que jugaron un papel de vital importancia durante todo el XVIII entre las continuas luchas de Londres y París. Hoy se trata de un mudo vestigio que obliga a poner un poquito de imaginación para tratar de ver su esplendor aunque, en el pasado, era una zona de gran importancia para los británicos por cuanto cerca de ella está la vieja Old Road Town que [en la época] fungía como capital de la parte inglesa.

Hoy mucha gente pasa de largo aunque merece un alto en el camino, sobre todo para poder visitar, tranquilamente, la célebre hacienda de los Caribelle Batik que pasan por ser los mejores del mundo, así que si uno tiene un par de horas de margen podría darse una vuelta por Romney Manor y charlar con los artistas que los fabrican, digamos de paso que se encargan de facilitar toda cuanta información precisa el viajero sobre estas preciosas y especuladas telas que tan graciosamente les caen a las chicas de la isla, sobre todo, en momentos de playa y calor. Otra opción es tomar el taxi y recorrer unos 50 kilómetros de carretera circular y habremos dado la vuelta a este país caribeño, pero esto lo haría en plan más pausado y una vez cubierto el recorrido del Tren Turístico; para ello tendríamos que partir hacia el Noroeste, siguiendo el camino de la costa y dejándonos atrapar por la historia en esa zona en la que estaba la frontera Old Road – Middle Island -aunque parezca un largo recorrido, en realidad apenas nos habremos movido diez kilómetros de Basseterre- y aquello parece otro mundo, allí podemos buscar la Iglesia de Santo Tomás, lugar en que reposan los restos de Thomas Warner: nada menos que dos décadas mantuvo quietos a los franceses, ese empecinamiento sería el que [en el XIX] daría la isla al imperio británico.
Si todavía nos queda tiempo para patearnos esta capital, podemos perdernos entre las calles comerciales por excelencia: Fort-Bank-Princess o la lujosa zona portuaria que acoge a los cruceros, a unos minutos tenemos también la terminal para los lugareños, la zona nos pueden dar varias horas de asueto aunque, el dichoso calor, nos obligará a buscar algún lugar para refrescarnos y algo para llevarse al gaznate.
Quizá convenga recordar que entre ambas islas apenas suman 50.000 habitantes (10.000 en Nieves) que viven casi en otro mundo, propio para los más individualistas o viajeros de lento caminar [otros te dirán que son viajeros exclusivistas] que buscan tranquilidad y no grandes complejos como suelen acoger al turismo de masas por muchos de los países caribeños [aquí, a menor escala, ese tipo de turismo lo encontraríamos en la península del sureste y que también nos lleva a un puertito para poder tomar barcos para Nieves]. Infinidad de ofertas y vida lenta hacen que uno no quiera partir. Vaya, que tienes la sensación de haber aterrizado en el centro del paraíso y su vida, si comparamos con los costes de otros países de la región, es bastante asumible para el viajero o el simple jubilado que se olvida de todo lo que padeció laboralmente para saborear este rico bocado.
A los que gustan de las playas, tienen un buen lote de ellas en la cara norte aunque no sean de postal y los ciclones hayan destrozado muchos de sus idílicos rincones donde la regeneración tiene un prodigioso poder en esta región.





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