Adora y Rafael con su nieta de comunión, hija de Encarna. ::F.A..

Francisco Ávila: ‘Adora la gitana’ (29)

A finales de los años cuarenta, la familia de Adora fue sorprendida de nuevo por la crecida de agua del río Genil. José Molinero fue quien se presentó en la vivienda a las cuatro de la mañana para avisarles de que sacaran a las mellizas y lo más necesario. Obligándoles a abandonar la choza donde estaban atrapados y guiándolos hasta unos secaderos que había a la entrada del cortijo de Trevijano, donde José, el regente del cortijo, les dio cobijo. Allí estuvo la familia durmiendo en el suelo, en unas alpacas de heno que tenía José para los animales. Rosario, la mujer de José, les sacó unas mantas y unas almohadas para el frío de la noche.

Fueron unos dos meses largos los que estuvo viviendo la familia de Adora de la caridad. Y de unos escasos jornales que les proporcionaba José el de Trevijano sin tener que salir del cortijo. Los inviernos eran largos y, en estas condiciones climáticas, se podía tirar más de tres meses sin parar de llover hasta que el tiempo diera una tregua y pudieran regresar a la choza.

Ese año, el desastre de la crecida del río no sólo afectó a la ribera donde estaba asentada su choza, sino que el agua llegó hasta la misma carretera de Málaga; perjudicando a todos los cortijos y haciendas de esa zona comprendida, desde la ladera de la Acequia Gorda, por encima del cortijo de Terroba, hasta dejar incomunicado el pueblo de Santa Fe, a la altura del Puente de los Vados.

Con la familia de Adora. De derecha a izquierda: Emilio, Encarna y Antonio.

Después, a finales de los cincuenta, cuando Lourdes y Encarna habían cumplido ya los catorce años, la choza se volvió a inundar a causa de todas las tormentas de verano y el consiguiente desastre causado por el desbordamiento del río; teniendo que permanecer de nuevo allí aislados hasta que se secara el agua en toda esta zona baja. Pero ahora disponían de comida y contaban con los dineros de los seis marjales de choperas que le habían comprado a mi padre. Por suerte, los habían vendido ya y así pudieron aguantar allí una temporada.

Con el tiempo, Rafael le compraría a Francisco Morcillo, «Paquito el de los Pajaricos», un marjal de terreno en la Barriada de Bobadilla cerca de su hijo —como era el deseo de la familia— casi por el mismo precio que le pagó a mi padre por los seis marjales de chopos negritos.

El haza no estaba sembrada en su totalidad, si no a mitad. Por detrás, al fondo, donde estaba el montón de piedras de nuestra finca, la familia me cuenta que lo escogió como un lugar apartado de la choza donde poner la garbera de leña que tenían para consumir en la chimenea; varetas de chopo y todo lo que se pudiera quemar con los guisos sin el compromiso de que ardiera la vivienda. Recuerdo que, anteriormente, esta leña la tenían a continuación del gallinero.

Estando en la choza viviendo, esa fue la última vez que se salió el río.

Me dicen que la cabra que tenían se salvó subida en lo alto de la garbera de leña, donde permaneció más de quince días con sus noches sin apenas probar bocado, hasta que el señor Molinero la vio. A la astuta cabra no se la llevó el rio gracias a este señor que se presentó a aquellas horas de la madrugada avisando al padre para que fuera a recogerla.

La cabra no era vieja, era joven. Tuvo sólo un parto de dos chotillos que se los quitaron a las dos semanas de nacer. Y, como no podía tirar de la ubre, fue cuando inventaron ponerle de mamar a las mellizas. Esa fue su salvación.

Al principio, cuando se vinieron a la Barriada de Bobadilla, se instalaron en un secadero de tabaco de Luis Amigo que Rafael padre fue restaurando para acoger a la familia. Pero María, la hija mayor de Adora y Rafael, seguía allí en la choza que hicieron en la vereda del jueves —el «jueves» es el nombre que reciben los ramales de la Acequia Gorda cuando el agua corre por turnos—. Años después, María se iría a Bobadilla junto a sus padres.

Cuando compraron el terreno, Frasco, el suegro de María, se quedó con dos marjales y medio. Y Rafael padre, siguiendo la línea de la fachada hacia abajo, compró un marjal para toda la familia. Entonces, el padre de Miguel les dejó a María y a su hijo el medio marjal para que en él se construyeran su vivienda, pues hasta ahora vivían en la choza. Y cuando el suegro de María era ya mayor se vinieron para cuidarlo, ya que había dos habitaciones donde vivía Frasco.

A partir de entonces, la familia, en los ratos libres y poco a poco, como todo el mundo en esa época, se fue construyendo su propia vivienda. Al principio, sólo estaban los cimientos y el alzado de pilares enrasados a media altura.

Después, el padre, con la ayuda de todos los hijos, se trajo de Zarabanda las vigas de cemento. Allí, donde hacían el cruce los tranvías, había un almacén o una fábrica en la que el padre tenía mucha amistad con el dueño. Y se las fue pagando, como es natural, poco a poco. Al principio era un secadero de palos, pero, con el tiempo, se le metieron las viguetas para reforzar el suelo cuadrado y seguir con la vivienda en alto: «¡Una historia grande!» —comentaba Emilio con unas lágrimas que, con la emoción, acudían a sus ojos.

La cabra

Para rebajar la emoción, le pregunté por la cabra:

— ¿La cabra? ¡Nos la comimos!

¿La cabra?…

«Cuando el animal se trajo aquí, hasta esta Barriada de Bobadilla, donde ella ya no podía campar a su libre albedrío como lo hacía en la alameda de los señores Peraltas…

El padre se la vendió a un hijo del Puris, que vivía en la calleja del Tío Arces, en Maracena. El joven cabrero tenía por costumbre venir a pastar con su manada de cabras por este sector, próximo a la Barriada de Bobadilla.

Hicieron el trato bajo la sombra de los árboles plátanos de la fábrica del Rubio. Allí al fresquito, la piara de cabras descansaba y rumiaba para llegar a Maracena con las ubres bien apretadas de leche. El trato se estipuló en ochenta reales, unas veinte pesetas de las antiguas que, para la época, era un dineral. Los dineros fueron invertidos en materiales de obra, a partes iguales entre los hermanos».

(Esta es mi versión más amable de los hechos y con la que yo me voy a quedar).

Adora y Rafael estuvieron viviendo solos durante un tiempo hasta que Rafael murió, quince años antes que Adora. A partir de entonces, Adora estaba al amparo de su hija Encarna, que era la que más tiempo estuvo viviendo con ella, hasta que murió la madre también. Los demás hijos ya se casaron y se fueron cada uno a su sitio. Excepto Antonio y una sobrina de su hermano Juan Carlos, que ambos viven a derecha e izquierda de Encarna.

En vida, Rafael padre sembraba algunas parcelas de hortalizas en Bobadilla. Se las arrendaba al padre de Agustín, el que tenía un taller de coches en la calle Santa Rita. Esa familia procedía del cortijo Navarrete y tenía la labor por donde está el Mercadona de Bobadilla.

Durante un tiempo, Rafael y Adora estuvieron con un burro vendiendo hortalizas por los barrios de Bobadilla y la Chana: melones, sandías y toda clase de verduras de su propia cosecha. Al igual que las canastas de mimbre de Adora, se las quitaban de las manos.

Rafael también trabajó como guarda nocturno cuando se hacían las pilas de patatas en el campo.

«Mi padre —recuerda Encarna— nos llevaba a mi Lourdes y a mí con él, que éramos niñas. Nosotras nos encargábamos de quitar las papas podridas y las menudas, y las echábamos a las espuertas para cuando venían a comprarlas los intermediarios. En aquel tiempo es que se criaban muy buenas papas y remolachas. No había tractores ni cosechadoras, todo se hacía a mano; los arroyos, la siembra, la siega, la trilla y la recogida de los frutos, todo a mano… El trabajo era duro, pero había mucha faena para las mujeres del campo.

También nos buscaban para sacar el lino y el cáñamo de las albercas que había en Trevijano. Y después llegaban gentes de fuera para despajarlo. Y al cortijo de don Ángel, que tenía una máquina para trillar el trigo en verano.

El padre nos acompañaba para que nadie se aprovechara de nosotras y nos pagaran lo justo… Aunque mi madre era más larga en el trabajo, más acostumbrada a las faenas más duras. Siempre nos aconsejaba lo que teníamos que hacer y con nuestro comportamiento».

Adora y Rafael con su nieta de comunión, hija de Encarna ::.F.A.

El paso de los años lo llevó muy bien Adora que, como vemos en la foto, tiene un aspecto excelente. El matrimonio posa esta vez junto a su nieta, también vestida para la ocasión.

Ya en la década de los ochenta el cambio de nivel de vida de la familia era evidente. Atrás quedaron sesenta años expuestos a las inclemencias del río y sus aguas devoradoras de corazones palpitantes durante el día y la noche.

En la memoria de cada uno de los entrevistados aún perdura el recuerdo de aquella infancia. Unas veces, amargo y otras veces…, por qué no decirlo, de añoranza de un pasado que, a pesar de tantas carencias y frustraciones, era su propia vida; la que habían dejado años atrás junto a las choperas de los señores Peraltas y que ya no volverían a ver jamás. Porque el destino, caprichoso, ha querido ponerlos a prueba arrancándolos de su lugar de origen. Como árbol sin dueño que, antes de que eche sus pobres raíces, es trasplantado a otro lugar desconocido al que no hay más remedio que acostumbrarse.

Francisco Ávila, Paco EL Poleo

Redacción

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