El relato del domingo, por Pedro Ruiz-Cabello (86): Paz interior

Yo siempre he ansiado vivir en paz interior; es una meta que he perseguido, un objetivo que me he trazado de continuo en medio de los avatares del mundo. He entendido que es la fuente principal de la felicidad, ya que sin ella la felicidad resulta incompleta.

Para hallar la paz interior, es necesario librar batallas con uno mismo, con todas las malas inclinaciones que dentro de uno hay. Algunas de esas batallas se pierden, pues es fácil que al final venzan la molicie o el egoísmo; sin embargo, nunca se ha de ceder en la lucha, porque se trata de una lucha continua.

La paz interior es, evidentemente, un estado del alma o del espíritu que a veces se alcanza y se disfruta, pero que luego por distintas circunstancias se puede perder.

En la vida se pasa por distintas fases, por etapas que presentan diversas características. Siempre se ha comparado con un camino, en el cual se suceden tramos muy diferentes; los hay llanos y rectos, pero también los hay tortuosos y empinados. Cualquier experiencia es válida, aunque al principio parezca enojosa o que no servirá para nada. El mismo dolor, por muy ingrato que sea, también puede valer, ya que con él uno se fortalece y aprende a resistir. Yo, que he sufrido bastante, lo puedo asegurar: se pasa muy mal cuando el dolor se experimenta, cuando parece que es una condena que hay que sufrir; pero una vez que se ha padecido y superado, se ven las cosas de otra manera.

No, nada hay fácil en la vida; cualquier conquista se realiza después de un largo esfuerzo. En ella son muy comunes también los fracasos, porque hay proyectos que no se cumplen o trabajos con los que no se alcanza un determinado propósito. Con los triunfos se aprende, por el contrario, bien poco, ya que no todo termina bien.

La paz interior se alcanza cuando se ha sufrido y se ha fracasado, cuando se ha pasado por periodos de prosperidad después de haber atravesado por otros de inmensa desolación. Es un estado que se logra cuando se han aceptado las debilidades propias, cuando uno ha comprendido que es limitado y que no siempre se realizan los sueños. Es esa aceptación lo que conduce a la paz, lo que lleva a uno a sentirse a gusto consigo mismo.

Los bienes materiales solo comportan una felicidad pasajera; son muchas veces un engaño, ya que pueden muy pronto desmoronarse. El ser humano se vuelve egoísta si su meta está fijada en ellos; crean en él desasosiego, temor, deseo insano de acrecentarlos, son fuente de angustias, de envidias, de rencores incluso. Los bienes espirituales, en cambio, contribuyen a que se alcance una felicidad duradera, producen en el alma una alegría que no depende de factores mundanos, una alegría que nace de lo más profundo y que se propaga cada vez con más impulso. Es un regocijo hondo el que reina entonces en el corazón, un regocijo que no se extingue y que impulsa a ser compartido con los demás, con quienes son esclavos de sus inclinaciones y de sus gustos.

Esa paz es gozo, es amor que invade y transforma y se extiende al prójimo. Por eso, no debe haber nada que se aprecie más en este mundo, en esta vida que aquí empieza pero que no se acaba si se vive con profundidad. Yo no aspiro a otra cosa; aunque por momentos no la tenga, lucho por volver a conseguirla, por volver a tenerla y a gozarla en mi interior. El ser humano es frágil pero también es fuerte si cree en su capacidad de transformación. Yo lo he experimentado; como ya he dicho, se trata en realidad de un camino que pasa por distintas etapas; lo importante es superar las más escabrosas para seguir caminando con la esperanza de que algún día se llegará al lugar en el que reinen para siempre la paz y el amor, en el que ya no haya más pruebas que vencer. Será entonces cuando se halle el descanso merecido, la justa recompensa por todos los trabajos padecidos, por los sufrimientos que se han tenido que soportar.

Son reflexiones que hago cuando ya he pasado por muchas de las etapas de las que se compone la existencia. En ocasiones, me ha asaltado el deseo de anotarlas, de irlas registrando puntualmente en un cuaderno; pero nunca lo he hecho, quizá por pereza o por falta de motivación. Es algo que he ido postergando, hasta que ahora me ha dado por escribirlas, aunque no son todas las que durante este tiempo se me han ocurrido.

Pedro Ruiz-Cabello Fernández

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